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Cuba. El horizonte y la roca. Geraldina Colotti

Hay una imagen que define la ontología de Cuba mejor que cualquier estadística: la de una isla que es, al mismo tiempo, la línea del horizonte para quien sueña con otro mundo, y la roca contra el que chocan, desde hace más de sesenta años, las oleadas de un imperio que no tolera la existencia de un baluarte de soberanía a pocas millas de sus costas. Cuba no es solo un país; es una fisura en el muro del pensamiento único atlantista, un centinela que impide que el mar Caribe vuelva a ser, según los deseos de la Doctrina Monroe, un lago privado de Washington. Para entender la agresión actual, debemos sumergirnos en la perspectiva histórica que hace de Cuba el corazón simbólico del continente. Como en el caso de Venezuela, el ataque estadounidense no apunta solo a los recursos; apunta a erradicar una idea. Cuba ha enseñado al mundo que la soberanía no se mide a través del PIB, sino a través de lo que podemos definir la dignidad como recurso natural. Es el legado de José Martí y de su Nuestra América: la idea de que la emancipación no es un regalo de los vecinos poderosos, sino un parto soberano de los pueblos.

Cuba ha transformado esta dignidad en praxis a través del internacionalismo. Como decía Fidel Castro, ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad. Cuando hablamos de la ternura de los pueblos, no citamos una fórmula poética, sino a los médicos cubanos que llevan vida donde el imperialismo siembra drones. Esta capacidad de exportar salud es el mayor insulto a la ética del capital. Precisamente en este 2026, el mundo celebra el centenario del nacimiento de Fidel Castro. Un aniversario que no pertenece al pasado, sino al futuro de la geopolitica global. Lo recordó con fuerza el presidente ruso Vladimir Putin al recibir al canciller cubano Bruno Rodríguez: evocar a Fidel hoy significa reconocer la visión de futuro de un líder que, junto a Chávez, había previsto el fin del unipolarismo y la necesidad de un mundo multicéntrico. Fidel es el puente ideal entre la resistencia del siglo XX y el nacimiento de los BRICS+. Precisamente en este 2026, la participación de Cuba como País Socio de los BRICS+ demuestra que la isla no es un fragmento aislado en el tiempo, sino un nodo vital en la red del nuevo mundo multipolare. Su relación con China y Rusia, mediada por esta nueva arquitectura global, es la construcción de una defensa colectiva contra la hegemonía del dólar.

Después de la dirigida contra Venezuela, la agresión de EE.UU. a Cuba responde a una lógica de efecto dominó: golpear a Cuba para decapitar el pensamiento crítico regional, borrar a la Nicaragua sandinista y restaurar la Doctrina Monroe en todo el continente. Existe un vínculo orgánico entre la resistencia cubana y la venezolana: son vasos comunicantes. Cuba actúa como escudo ético para Venezuela, y Caracas ofrece el oxígeno energético para romper el asedio. La agresión militar y las bombas cognitivas lanzadas contra la isla sirven para debilitar a todo el eje de la resistencia. Quien no entienda que la suerte de La Habana y de Caracas es indissoluble, no ha comprendido la naturaleza de la guerra híbrida y multidimensional en curso. En este marco, el bloqueo actúa como un arma de exterminio silencioso. En el bienio 2025-2026, los daños estimados superaron los 5 mil millones de dólares anuales. La inclusión absurda de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo es el sello de una arquitectura del terror financiero. No es presión económica; es un intento de inducir el colapso sistémico para luego presentarlo mediáticamente como el fracaso del socialismo. Pero la roca resiste porque su estructura está hecha de conciencia colectiva.

Y el imperio ha hecho mal sus cálculos. La reacción de América Latina y del mundo no se ha hecho esperar. Mientras los gobiernos progresistas de la región alzan su voz en los foros internacionales, de los movimientos populares europeos nace una respuesta concreta que emula el heroísmo de la resistencia palestina. Se está preparando una Flotilla de la Libertad, barcos cargados de ayuda, combustible y, sobre todo, de militantes dispuestos a romper física y políticamente el asedio naval. Esta iniciativa desplaza el paradigma: Cuba ya no es solo un pueblo al que ayudar, sino una trincea que custodiar. Al igual que con Gaza, la flotilla declara al mundo que el bloqueo es un crimen contra la humanidad y que la sociedad civil global no piensa quedarse de brazos cruzados mientras un pueblo es estrangulado por hambre.

Sin embargo, hay que desenmascarar la insidiosa dinámica de la guerra cognitiva que utiliza una revolución contra otra. Existe hoy un paradójico y ritual redescubrimiento de Cuba por parte de ciertos sectores de la izquierda europea que, hasta ayer, la miraban con recelo, y que ahora la usan como arma para atacar el presunto giro moderado de Venezuela. Es una manipulación mezquina que utiliza a Cuba como un fetiche de pureza ideológica para golpear a Nicolás Maduro y a Delcy Rodríguez, acusándolos de excesivo pragmatismo al negociar, con una pistola en la sien, su propia supervivencia. Estos críticos, a menudo atrincherados en una izquierda que solo ama las revoluciones inmóviles o que solo ama llorar sobre las masacradas, blanden hoy la imagen de una Cuba coherente para denunciar una supuesta traición de Caracas. ¿Pero dónde estaban estos partidarios de última hora mientras Venezuela era despojada de sus recursos y agredida militarmente? ¿Por qué no entienden que la flexibilidad táctica de Caracas es hija del mismo asedio que Cuba combate desde hace sesenta años, pero con la desventaja de no haber expulsado por la fuerza a su propia burguesía?

Estos sectores puristas fingen no ver que las reformas económicas en Cuba –la apertura a las Mipymes y las reformas monetarias– y las negociaciones soberanas de Venezuela son dos caras de la misma moneda: la defensa del poder popular en un momento de asimetría extrema y bajo la completa hegemonía del mercado capitalista a nivel internacional. Contraponer La Habana a Caracas es un favor rendido al imperialismo. Quien hoy alaba a Cuba solo para menospreciar a Venezuela está tratando de cortar los vasos comunicantes de la resistencia latinoamericana. Está intentando apagar el motor de la solidaridad recíproca, ignorando que sin el petróleo y el apoyo político venezolano el asedio a Cuba sería aún más feroz, y sin el ejemplo ético de Cuba, Venezuela estaría más sola en la tormenta. La transformación económica interna de Cuba es un acto de realismo revolucionario, una táctica de supervivencia en un mundo dominado por el mercado capitalista que ha aislado a la isla. La verdad es que no se puede estar con Cuba si no se está con Venezuela. La resistencia es una, indivisible y multipolar. Quien intenta dividirlas, quien juega al juego del buen “revolucionario” contra el mal negociador, no está haciendo otra cosa que preparar el terreno para la derrota de ambos. Es la consabida izquierda de la duda que, incapaz de actuar en su propia casa, exige el martirio ajeno.

Defender a Cuba significa defender su capacidad de adaptarse sin traicionar su propia misión: garantizar la dignidad a pesar del asedio más largo de la historia. Como enseñaba Fidel, la revolución es la lucha por cambiar todo lo que deba ser cambiado, pero sin ceder jamás los principios. En conclusión, en este siglo de Fidel, Cuba sigue siendo el horizonte porque su resistencia es la única medida de nuestra libertad. Sigue siendo la roca porque, mientras La Habana no caiga, el imperialismo nunca podrá proclamar el fin de la historia. Como escribió Martí: «Un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército». La agresión que se perfila es el último suspiro de un imperio senil que teme la solidaridad global y la memoria viva de Fidel Castro. Pero la dignidad no es una condición pasiva, es un acto de guerra contra la injusticia, que invita a los pueblos a cumplir con su parte.

(Publicado en Resumen Latinoamericano el 19 de febrero de 2026)

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