El dólar, China y la desdolarización. Pedro Barragán
En este comienzo de 2026, la desdolarización se ha consolidado como un eje central del debate económico y geopolítico global. Para muchos países, más allá de una consigna ideológica, se trata de una cuestión de soberanía económica y autonomía política frente a un sistema monetario impuesto y controlado por una potencia extranjera cada vez más agresiva, inestable y dispuesta a utilizar su moneda como arma. Durante décadas, el dominio del dólar estadounidense ha funcionado como un mecanismo estructural de subordinación financiera, drenando recursos, condicionando políticas internas y limitando márgenes de desarrollo. Hoy, ese orden muestra grietas visibles y permanentes, y la desdolarización, aunque incompleta, aparece como una oportunidad histórica para cuestionar una arquitectura diseñada en beneficio de unos pocos y reequilibrar el sistema internacional.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el dólar ha ocupado un lugar privilegiado como moneda de reserva, medio de pago y unidad de cuenta global. Tras el colapso del sistema de Bretton Woods en los años setenta, su participación en las reservas internacionales superaba el 80%. A comienzos del siglo XXI aún se mantenía por encima del 70%. Sin embargo, esta hegemonía ha comenzado a mostrar signos claros de agotamiento. Según datos del Fondo Monetario Internacional, en 2025 la participación del dólar en las reservas globales ha caído hasta alrededor del 57%, el nivel más bajo en décadas. No se trata de un derrumbe repentino, pero sí de una tendencia sostenida que refleja un cuestionamiento creciente a un sistema percibido como injusto y asimétrico.
Este privilegio monetario del dólar tiene grandes consecuencias y sistemáticamente regresivas para el Sur Global. Permite a Estados Unidos financiar déficits crónicos sin costos reales, emitir deuda sin restricciones severas y sostener una política exterior basada en la coerción económica y las sanciones. La deuda pública estadounidense, que en el año 2000 representaba cerca del 55% del PIB, supera en 2026 el 120%. Aun así, continúa siendo financiada en gran medida por el resto del mundo gracias al papel artificialmente central del dólar, lo que implica una transferencia constante de recursos desde el Sur Global hacia el núcleo del sistema financiero global.
Durante mucho tiempo, esta arquitectura ha sido aceptada como inevitable. La profundidad de los mercados financieros estadounidenses, la liquidez del dólar y la infraestructura construida a su alrededor se han utilizado para justificar un monopolio monetario de facto. Sin embargo, las crisis sucesivas han erosionado esa percepción. La crisis financiera de 2008, la pandemia, las guerras comerciales y el uso sistemático de sanciones han demostrado que el sistema monetario internacional no es neutral ni técnico, sino abiertamente político y de carácter imperial. La congelación de reservas soberanas, como ocurrió con Rusia en 2022, ha reforzado la idea de que ninguna nación es plenamente soberana mientras sus activos dependan de la voluntad de Washington.
En este contexto, la desdolarización emerge como una respuesta racional y defensiva frente a un orden monetario cada vez más hostil. Los países buscan reducir su exposición a un sistema que puede volverse hostil de forma abrupta. La diversificación de reservas es una de las expresiones más claras de este cambio. Mientras el dólar pierde peso relativo, otros activos ganan protagonismo, especialmente el oro, percibido como un refugio frente al abuso monetario.
Las cifras lo confirman. Entre 2010 y 2020, los bancos centrales compraban unas 450 toneladas de oro por año. Entre 2022 y 2024, las compras superaron regularmente las 1.000 toneladas anuales, alcanzando niveles históricos. En 2023 se registró un récord cercano a las 1.080 toneladas. Como resultado, el oro ha sobrepasado, a comienzos de 2026, a los bonos del Tesoro estadounidenses como valor de reserva de los bancos centrales por primera vez desde el siglo pasado, un hecho cargado de simbolismo político y financiero.
Este desplazamiento se refleja también en el precio del oro. En el año 2000, una onza costaba unos 280 dólares. En 2010 rondaba los 1.100, en 2020 superó los 1.900, en 2025 pasó de los 2.600 a más de 4.000 dólares y, en 2026, ha superado los 5.000. Este aumento no es una anomalía especulativa y refleja tanto una pérdida progresiva de confianza en las monedas fiduciarias dominantes, como una búsqueda de refugios menos expuestos al poder discrecional de una sola nación.
En este proceso, China ocupa un lugar central. Desde hace más de una década, ha reducido de forma deliberada su exposición al dólar, disminuyendo su tenencia de bonos del Tesoro estadounidense y aumentando sus reservas de oro. En 2013 poseía más de 1,3 billones de dólares en deuda estadounidense; en 2026 esa cifra se ha reducido aproximadamente a la mitad. Paralelamente, China impulsa el uso internacional del renminbi (el yuan chino), especialmente en el comercio energético y de materias primas, mediante acuerdos con Rusia, Irán y numerosos países de Asia, África y América Latina. El avance es gradual, pero responde a una estrategia de largo plazo .
Un ejemplo de estos acuerdos es la decisión de Zambia de estos días de aceptar la divisa china para el pago de impuestos y otras regalías. Según señala el diario South China Morning Post, esta medida convierte a Zambia en la primera nación del continente africano en formalizar este tipo de transacciones fiscales en la moneda china, reflejando la creciente tendencia de buscar poner fin a la dependencia del dólar estadounidense.
Los BRICS+ también juegan un papel relevante. Con cerca del 40% del PIB mundial en términos de paridad de poder adquisitivo y un peso decisivo en energía y materias primas, el bloque tiene capacidad para reducir el uso del dólar en sectores estratégicos. El avance más claro se da en el comercio en monedas locales y en la financiación a través del Nuevo Banco de Desarrollo, que incrementa de forma sostenida los préstamos en monedas nacionales.
Aun así, el dólar sigue siendo dominante. Aproximadamente el 54% de las facturas del comercio global se emite en dólares, participa en cerca del 88% de las transacciones de divisas y representa alrededor del 57% de las reservas oficiales. La desdolarización, por tanto, no implica una ruptura inmediata, sino un proceso desigual en el que la continuidad en el corto plazo convive con una erosión estructural de fondo.
No estamos ante una crisis inmediata del dólar, estamos ante una reconfiguración lenta pero profunda hacia un sistema monetario más fragmentado y menos subordinado. La caída gradual del dólar en las reservas, el auge del oro, la estrategia china y la proliferación de acuerdos en monedas locales señalan una transformación que ya está en marcha. Lo que hoy parece lento puede volverse irreversible.
La desdolarización no es, por tanto, una reacción coyuntural. Es la expresión financiera de un mundo que empieza a rechazar abiertamente la subordinación impuesta y busca un mayor equilibrio, una mayor autonomía y una mayor capacidad de decisión. El proceso está abierto, y su desenlace será una de las batallas centrales del siglo XXI.
(Aparecido en Público el 7 de febrero de 2026)









