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La religión y las guerras, siempre tan cerca, pero que no falte la oración. Pedro López

Como hemos visto, una veintena de líderes religiosos acompañaron hace una semana a Trump en el despacho oval con el objeto de rezar por él y sus victorias bélicas… a las víctimas no las alcanzaba su piadosa actitud. Bajo la invocación del pastor evangélico Greg Laurie apoyaron las letales aventuras de Trump en su curioso camino hacia el Nobel de la Paz, un camino que, igual que en la famosa 1984, nos quiere convencer de que “la guerra es la paz” sin la mínima prueba. Las fotos y vídeos mostraban a todos los reunidos en esa actitud compungida que tan bien casa con la hipocresía del fanatismo religioso.

La historia del apoyo de las religiones a las mayores tiranías es larga y obscena. Pudimos ver cómo la Iglesia católica apoyó la dictadura de Videla en Argentina, la de Pinochet en Chile o la odiosa travesía franquista en nuestro país durante cuatro décadas. Otras religiones no se han quedado atrás, pero centrándonos en las tres del libro, tanto el islam como el cristianismo y el judaísmo han apoyado igualmente regímenes tiránicos, guerras o genocidios.

Las dictaduras con frecuencia nacen de golpes de estado y/o guerras civiles, pero cuando hablamos de guerras entre países, igualmente las religiones han sido todo lo belicosas que podemos suponer. En 2025 Vicenç Fisas, primer presidente de la Asociación Española de Investigación por la Paz, investigador y analista en procesos de paz, así como coordinador de varias campañas de desarme para movimientos como Amnistía Internacional o Médicos Sin Fronteras, publicó los libros Los conflictos etnopolíticos y Geopolítica de los dioses: la religión en los conflictos armados del siglo XXI.

En ellos cita más de sesenta casos de conflictos armados en el siglo XXI con la religión jugando un papel relevante. Quizás la religión -entendiendo aquí el fanatismo religioso- añade un plus frente a otros factores porque representa al enemigo como revestido con el disfraz del mal absoluto, ya que se supone que contradice el mensaje que el atacante presume que ha recibido de su dios. Incluso se da el caso de que las facciones dentro de una misma religión pueden ser tratadas con más virulencia que otras religiones, al ser considerados sus miembros traidores al mensaje verdadero del dios en cuestión.

Es claro que el que empuña las armas y asesina en nombre de su religión considera al que no la comparte enemigo e infrahumano, y ello parece legitimar asesinarle sin contemplaciones y sin remordimientos de conciencia. Inseparable de esto es el sentimiento compartido de “pueblo elegido”, que dirigentes como Trump o Netanyahu (y sus respectivos antecesores), comparten.

Decía en un artículo reciente el amigo Waleed Saleh: «es de sobra conocido que la religión siempre ha dividido a la humanidad y seguirá haciéndolo, y por esto hay que confinarla al ámbito privado en casa y en los templos y nunca en la esfera pública».

Este es el sentido de la laicidad, proteger la libertad de conciencia y hacer posible una convivencia pacífica entre la ciudadanía, libre de odios hacia quien no piensa, siente o cree lo mismo que nosotros, de manera que no surja el aire tóxico de la polarización que estamos viviendo. Esto debería pasar, entre otras medidas, por sacar de los colegios la asignatura de religión, ámbito de adoctrinamiento, división y polarización que con el tiempo deriva con frecuencia en grupos ultrarreligiosos que alimentan a la extrema derecha; los que peinamos canas nos acordamos de formaciones como los Guerrilleros de Cristo Rey o Fuerza Nueva en la Transición, repletos de jóvenes salidos de colegios privados de élite, pulcros y de misa de domingo, pero de una tremenda agresividad fascista, algo que muy preocupantemente parece estar volviendo.

(Publicado en Nueva Tribuna, el 16 de marzo de 2026)

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