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Seminario de primavera 2025. Sesión 7

Política de bloques y multilateralismo

Sesión 7, 22 de junio de 2025

Tema: La construcción del discurso antiimperialista e internacionalista

Grabación en audio: https://go.ivoox.com/rf/151507470

Ponencia presentada por Joaquín García Arranz, Ingeniero de Telecomunicaciones, miembro del FAI, enriquecida con las aportaciones de los asistentes y revisada por el propio ponente.

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Esta presentación se divide en dos partes: una primera sobre el antiimperialismo como exigencia y una segunda sobre el internacionalismo. Analizaremos la dinámica actual del sistema capitalista en crisis y la respuesta que debemos construir desde una perspectiva internacionalista.

El antiimperialismo como exigencia ética y práctica

El imperialismo, que ya fue caracterizado como la fase superior del capitalismo, sigue describiendo las dinámicas profundas de poder en las que nos movemos, no es un concepto del pasado. Desde sus inicios, el sistema capitalista ha buscado la rentabilidad a través de la explotación y la sumisión, expandiéndose y traspasando fronteras nacionales. Hoy, el sistema neoliberal se agota, y nos enfrentamos a una nueva dinámica de crisis en la que el gran capital transnacional anglocéntrico busca mantener su hegemonía saltando por encima de todo tipo de tratados, convenios y organizaciones internacionales, no en vano Henry Kissinger ya lo dejó claro: «el imperio no está interesado en participar en un sistema internacional, aspira a ser el sistema internacional.»

A lo largo de las últimas décadas, el imperialismo ha disimulado su opresión con términos como «democracia», debilitando nuestra capacidad de análisis. Han quitado términos como «imperialismo» y degradado otros como «solidaridad», haciendo del lenguaje una herramienta fundamental de su dominación. Por ello, debemos recuperar los conceptos de antiimperialismo e internacionalismo, que tienen una vigencia fundamental en la actualidad.

En momentos de crisis profundas el capitalismo utiliza la guerra como mecanismo de dinamización, como se ha visto históricamente. Las fórmulas económicas para superar las crisis se agotan, y ni siquiera la inyección masiva de capital puede regenerar un sistema que reproduce nuevas crisis inflacionarias y de deuda.

A esto se suman otros elementos de decadencia multiforme: la desindustrialización, la pérdida de liderazgo tecnológico y comercial del hegemón anglocéntrico, las fracturas internas en Estados Unidos, o la constante externalización de sus costes a través de la violencia y la guerra. Como ya advirtió John F. Kennedy en 1962, el dominio del 95% de la población mundial por parte de un pequeño porcentaje solo puede lograrse con un uso desmedido de la violencia. La decadencia de la hegemonía anglocéntrica no se dará de buena fe, sino de forma violenta, una dinámica a la que asistimos cada día.

Mientras tanto, en el Sur Global, corren otros vientos. Iniciativas como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái desafían el orden unipolar. El hegemón anglocéntrico responde escalando la guerra o generando escenarios de Guerra Fría entre bloques. Ante esta perspectiva de sumisión, ser antiimperialista es una exigencia ética y práctica. El antiimperialismo es un eje vertebrador de nuestra lucha, pero no el único. El otro es el internacionalismo.

La necesidad del internacionalismo: más allá de la multipolaridad

El internacionalismo es el motor que debe impulsar la construcción de una nueva multipolaridad, para que no quede reducida a una simple reconfiguración de bloques jerarquizados, repitiendo el esquema de la Guerra Fría, sino una multilateralidad genuina y horizontal. Como destacó Deng Xiaoping, China no debe aspirar a ser el nuevo hegemón, sino a construir relaciones internacionales basadas en la soberanía, la no agresión y el diálogo, como reflejó el Acuerdo de Panch Sheel de 1954.

El internacionalismo no es un simple concepto teórico, sino una práctica y un valor que va más allá de la «internacionalización» del capitalismo. Éste ha silenciado el internacionalismo, induciéndonos a replegarnos en luchas fragmentadas, olvidando que lo local y lo nacional, si bien son condiciones necesarias para la transformación, no son suficientes. El internacionalismo nos permite establecer una continuidad entre lo local y lo global, entendiendo que la agresión imperialista abarca todos los planos y requiere una respuesta integral.

Como se señaló en el debate, la ausencia de una visión internacionalista ha permitido al imperialismo destruir la solidaridad entre los pueblos, debilitando a su vez revoluciones y proyectos antiimperialistas. Esto se ha manifestado en la manipulación de la opinión pública contra países como Venezuela, Nicaragua e Irán. Una perspectiva internacionalista nos obliga a defender a los pueblos que resisten al imperialismo, incluso si esos proyectos tienen desafíos internos.

El internacionalismo, en esencia, es una respuesta organizada que entrelaza y da cohesión a las luchas fragmentadas. Es la fase superior de la fraternidad que debe unirnos como pueblos. Como dijo Fidel Castro, “es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”, es una forma agradecida de vivir que además nos recuerda que no enfrentamos esto solos.

Sentido revolucionario y la construcción de la resistencia

El internacionalismo debe tener un sentido revolucionario que lo sustente. No puede ser una respuesta reactiva, sino una apuesta proactiva por la dignidad de los pueblos. El imperialismo busca constantemente construir un enemigo, romper lazos de convivencia, debilitar la institucionalidad y aislar. Frente a ello, la resistencia debe defender la identidad propia, construir proyectos comunes, fortalecer la soberanía popular y abrirse a una solidaridad transfronteriza.

Es crucial entender que el nacionalismo no es siempre reaccionario. Como planteó una de las asistentes, la defensa de la nación puede ser complementaria con el internacionalismo. El lema «Para defender a Cuba, hay que defenderla fuera» ilustra esta idea de que la defensa de la propia nación está intrínsecamente ligada a la defensa de los otros pueblos.

La solidaridad es un arma imprescindible en esta lucha. El sistema ha promovido una solidaridad asistencial y anónima que perpetúa la dependencia, y la ha atravesado de intereses políticos, como ha puesto de manifiesto el papel de la USAID. Debemos recuperar su verdadero significado, que está ligado a la lucha y a una conciencia de clase llamada a construir fraternidad. La solidaridad internacionalista busca empoderar a los pueblos para que sean ellos mismos quienes resuelvan sus problemas.

En el contexto actual hay que reconocer que los avances de las tecnologías pueden poner en manos del internacionalismo herramientas útiles que permiten, por ejemplo, disponer de una interconexión sin precedentes. Sin embargo, no deben sustituir la materialidad y la presencialidad de las luchas. Las revoluciones son eventos físicos y colectivos; no son virtuales, ni individualizados.

También debemos tener claro que la ortodoxia y el purismo ideológico son barreras para la convergencia en la acción. Es necesario hacer un esfuerzo por superar estas divisiones, sin perder la esencia de nuestra lucha. Debemos aprender de los errores del pasado, como las rupturas en las Internacionales, y consolidar principios como la unidad, el reconocimiento del capitalismo como enemigo común y la necesidad de una emancipación que no se agota en el mundo del trabajo.

Autoras como Nancy Fraser nos recuerdan además el carácter multidimensional de la crisis del capitalismo, que se manifiesta en la crisis de los cuidados, la crisis ecológica o la crisis política, y nos recuerda la necesaria confluencia de las luchas de emancipación, ya que ninguna, por sí sola, es suficiente. Esa confluencia debe tener en el internacionalismo todo un eje vertebrador.

Hacia una praxis transformadora

Para avanzar, debemos enfrentar la crisis de poder, en la que impera la acumulación de fuerzas sin principios éticos. Nuestro objetivo debe ser evitar que la masa política se desplace hacia la derecha, situando al ser humano en el centro de la acción política. El motor del internacionalismo es la generosidad sin límites, un rasgo humano que ha sido clave para la supervivencia de la especie.

Finalmente, el internacionalismo debe ser una praxis que incluya a la multiplicidad de sujetos sociales —colectivos feministas, ecologistas, indígenas y populares— y eleve sus luchas a una visión anticapitalista y antiimperialista. Se trata de organizar a la gente para que sean ellos mismos quienes afronten y resuelvan sus problemas.

Las aportaciones de los asistentes a la sesión han demostrado que, aunque la hegemonía anglocéntrica se debilita, la respuesta que construyamos no está exenta de desafíos. Preguntas como si el proteccionismo de EE. UU. aislará al país o fortalecerá a China, o si Europa se acercará a los BRICS para liberarse de su dependencia, son cruciales. También es fundamental seguir debatiendo sobre si la política exterior de países como China o Rusia tiene un componente verdaderamente internacionalista.

En definitiva, la economía necesita de la política, ésta de la ética y la ética necesita de la militancia que la hace posible. Necesitamos forjar militantes que impulsen la unidad, abandonen los dogmas que no responden a la realidad actual, cultiven la sensibilidad y combinen la capacidad de lucha con la ternura.

Hagamos del internacionalismo un ejercicio de dignidad para todos los pueblos.


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