China y el probable fracaso de Trump en Venezuela y Groenlandia. Pedro Barragán
En los últimos meses hemos visto cómo la política exterior estadounidense ha dado un giro profundo bajo la segunda presidencia de Donald Trump. Lo que comenzó el año pasado como un discurso grandilocuente se ha ido traduciendo en definiciones estratégicas y agresiones políticas y militares de enorme impacto geopolítico. Ha publicado un documento estratégico (la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos) que redefine las prioridades globales de Estados Unidos y ha iniciado una serie de agresiones y movimientos destinados a reforzar su control sobre el hemisferio occidental. Este giro hacia el continente americano ya supone en realidad una retirada significativa respecto a las ambiciones anteriores norteamericanas de policía global, pero incluso en esta versión reducida, los objetivos de Trump están llenos de contradicciones que hacen muy probable su fracaso.
El documento estratégico publicado por la Casa Blanca parte de la premisa de que Estados Unidos debe concentrar sus esfuerzos en asegurar su primacía en el hemisferio occidental, limitando la influencia de potencias externas y recuperando una lógica cercana a la vieja Doctrina Monroe (doctrina diseñada a principios del siglo XIX y que parece poco útil en el mundo interconectado del siglo XXI). Pasa de aspirar a moldear el orden mundial a intentar dominar solo «su» hemisferio, lo que es, en sí mismo y como hemos indicado, una retirada implícita de Asia y Europa. Pero incluso este objetivo más acotado resulta difícilmente alcanzable en un mundo profundamente interdependiente.
El hemisferio occidental
El primer problema del nuevo enfoque es conceptual. El hemisferio occidental ya no es un espacio políticamente cerrado ni económicamente aislable. China es hoy un elemento central en América Latina, el principal socio comercial de varios países, el financiador de infraestructuras críticas y el proveedor de tecnología, energía y crédito. Pretender excluir a China de la región no solo implica una confrontación diplomática directa, sino también enfrentarse a los intereses materiales de gobiernos que dependen cada vez más de esa relación (hasta el argentino, pro Trump, Milei viaja este año a China para preservar los vínculos económicos vitales con Pekín).
La estrategia de Trump no ofrece una alternativa creíble a esta realidad. No hay un plan económico equivalente, ni una red de inversiones comparable, ni una propuesta de cooperación que pueda sustituir el papel chino sin generar costes enormes para los países latinoamericanos. La dominación hemisférica que plantea el documento no es una política de atracción, es una política de presión, y eso reduce drásticamente sus posibilidades de éxito.
Venezuela
El caso venezolano ilustra de forma clara estas limitaciones. La intervención directa de Estados Unidos, presentada como una demostración de fuerza y determinación, se ajusta a la lógica del documento estratégico de eliminar focos de influencia externa y reafirmar la autoridad estadounidense en la región. Sin embargo, el resultado es una situación sin salida clara.
Incluso con un cambio de liderazgo, forzado tras el secuestro de Maduro, Venezuela sigue siendo un país profundamente fracturado, con una economía devastada y una sociedad exhausta. La presencia estadounidense no resuelve estos problemas estructurales y, además, refuerza la idea de ocupación que encuentra eco en buena parte de la región. A esto se suma otro elemento clave como son las conexiones económicas significativas existentes entre China y Venezuela que no desaparecerán simplemente porque Washington lo desee.
Estados Unidos se enfrenta así a un dilema clásico. Retirarse supondría reconocer un fracaso político. Permanecer implica asumir costes crecientes, tanto en recursos como en legitimidad regional. En ambos casos, la promesa de restaurar el control hemisférico se terminará diluyendo, y la intervención acabará convirtiéndose en un ejemplo de aberración estratégica.
China ante la hegemonía hemisférica de EE. UU.
Más allá de Venezuela, el factor chino es el gran obstáculo silencioso de la estrategia de Trump. China no actúa en América Latina a través de bases militares o imposiciones políticas, sino mediante el comercio, la financiación y las infraestructuras. Esa presencia es menos espectacular, pero mucho más difícil de revertir.
Expulsar a China del hemisferio occidental exigiría a Estados Unidos algo que la estrategia de Trump no contempla, como es la cooperación sostenida, las inversiones a largo plazo y una relación menos jerárquica con los países de la región. Sin ello, cualquier intento de presión directa solo empujará a muchos gobiernos a profundizar su vínculo con Pekín como contrapeso.
El documento estratégico, al reducir la política exterior a una lógica de dominio y exclusión, ignora que la influencia china es el resultado de décadas de ausencia relativa estadounidense en el terreno económico.
Groenlandia
Si Venezuela puede representar un error táctico prolongado, Groenlandia es el error estratégico más evidente. Para Trump, el control de Groenlandia, a la que incluye en el hemisferio occidental, se ha convertido en una obsesión simbólica y geopolítica. La isla es clave por su posición en el Ártico, sus recursos y su valor militar. Pero precisamente por eso, cualquier intento de anexión forzada tendrá consecuencias profundas.
Si Estados Unidos no logra hacerse con Groenlandia, Trump habrá fracasado en uno de sus objetivos más visibles, dejando tras de sí una estela de tensiones diplomáticas innecesarias. Pero si lo logra, el precio será aún mayor. Una anexión de este tipo, si se produce, será percibida como una agresión directa contra un aliado y marcará un punto de no retorno en las relaciones transatlánticas. Y podría suponer la ruptura del vínculo político y estratégico con Europa durante una generación.
Además, no hay que olvidar la oposición interna en Groenlandia y Dinamarca. Forzar un cambio de soberanía no solo sería un problema internacional, sino también un conflicto social y político de larga duración.
Y, por último, si Washington insiste en tratar a Groenlandia como botín, no debería sorprenderse de que Europa empiece a mirar hacia China seguramente sin entusiasmo, pero con la resignación de quien busca un paraguas frente al aliado que la atormenta.
El límite del unilateralismo en un mundo interdependiente
El denominador común de todos estos fracasos potenciales es el mismo y se derivan de una visión unilateral de la política internacional en un mundo que ya no funciona así. El intento de imponer una hegemonía hemisférica por la fuerza, ignorando redes económicas, alianzas políticas y equilibrios sociales, está condenado a generar resistencias constantes.
China no necesita enfrentarse directamente a Estados Unidos para debilitar esta estrategia. Le basta con tratar de permanecer y de seguir invirtiendo y ofreciendo alternativas mientras que Washington solo ofrece presión.
La política exterior de Trump parte de una ambición ya reducida respecto al pasado, pero sigue siendo irreal. El documento estratégico reconoce implícitamente que dominar el mundo es imposible, pero no asume que dominar el hemisferio occidental también lo es en las condiciones actuales.
En Venezuela, Estados Unidos se enfrenta a un callejón sin salida. En Groenlandia, cualquier desenlace implica el fracaso. Y en todo el hemisferio, la presencia económica y política de China actúa como un límite estructural que no puede eliminarse por decreto. La estrategia de Trump, basada en la coerción y el unilateralismo, ignora estas realidades y, precisamente por eso, es muy probable (además de deseable) que fracase.
(Aparecido en Público, el 23 de enero de 2026)









