El momento histórico. Andrés Piqueras
Quiero hoy traer a colación reflexiones ajenas que creo nos pueden ayudar a entender la situación de la cual partimos y el panorama que se nos deriva de ella en adelante. La primera, concierne al campo de la geopolítica, para ver cómo poder analizarlo y entenderlo adecuadamente desde el prisma marxista. A partir de ahí, y con el mismo método de análisis, nos detendremos en la dimensión interna de ciertas sociedades europeas y en la opción electoralista a la que quiere conducirnos la clase capitalista. Mis comentarios acompañarán unos y otros textos.
Voy a empezar con unas palabras de Ignacio Ramonet, que si bien no realiza análisis marxistas, nos sirven aquí para introducir el tema.
“….lo que estamos viviendo no es simplemente una nueva crisis internacional. Ni siquiera una policrisis. No es solamente una nueva fase de la rivalidad entre grandes potencias. Tampoco es únicamente una nueva revolución tecnológica. Lo que está ocurriendo es algo más profundo.
Estamos asistiendo a la convergencia, en un mismo momento histórico, de varias grandes rupturas que normalmente se producen separadamente: una transformación del sistema geopolítico internacional; una transformación de la economía-mundo; una revolución tecnológica; una transición energética; una mutación demográfica; una crisis climática y ecológica; y una profunda modificación de las formas de producción, de comunicación y de organización social.
Y lo extraordinario de este nuevo momento es que todas estas transformaciones están ocurriendo simultáneamente y se están influyendo unas a otras (…) Lo que estamos viviendo es la transición de un sistema histórico hacia un nuevo sistema histórico cuyo perfil todavía no está completamente definido. Y, precisamente por eso, este es un momento gramsciano en el que la política vuelve a adquirir una importancia extraordinaria, fundamental. Porque cuando las reglas de una época empiezan a dejar de funcionar y los nuevos paradigmas todavía no están establecidos, se abre un período de disputa” (artículo completo en https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/10/11/opinion/un-nuevo-sistema-historico).
Pero lo que Ramonet se deja o descuida es, por la mencionada falta de materialismo histórico-dialéctico de sus análisis, justo lo que el Instituto Tricontinental recalca en un artículo reciente [“Más allá de la polaridad: hacia una teoría marxista del orden mundial” (https://observatoriocrisis.com/2026/10/20/mas-alla-de-la-polaridad-hacia-una-teoria-marxista-del-orden-mundial/), y que yo voy a poner aquí en mis términos, al menos para recalcar 5 puntos:
1.El análisis de clase es imprescindible aun a escala global.
2. Las formaciones socio-estatales están compuestas por pugnantes intereses y acciones de clase dentro de cada clase (con sus correspondientes fracciones de clase) y por intereses fundamentalmente antagónicos entre clases.
Marx denominó “formaciones socio-estatales” a las sociedades para indicar que estaban integradas por clases y composiciones sociales diferentes, así como atravesadas por numerosos poderes y desigualdades, y estructuradas en torno a variadas sedimentaciones económico-energéticas-políticas, hasta el punto de llegar a compendiar diferentes modos de producción bajo un mismo modo de producción dominante. En realidad, aquellos primeros ya han perdido la capacidad de ser considerados “modos de producción”, quedando más bien como “formas de producción” subordinadas al modo de producción capitalista, dominante.
3. Además, los intereses y luchas a escala local se combinan con ramificaciones, alianzas, contraposiciones y vectores dominantes que provienen de la arena global.
4. Nada de ello es entendible sin atender a la infraestructura básica que está en el interfaz entre sociedad y naturaleza: la energía y recursos necesarios para que la sociedad exista, más la tecnología que esa sociedad es capaz de emplear en cada momento histórico para interaccionar con el medio.
La forma de apropiación de los bienes naturales y sociales y los intereses estructurales que se derivan de ello, forman el núcleo básico estratégico que vincula lo estatal a lo global, configurando lo geoestratégico [con sus componentes geoeconómico y geoecológico].
5. A partir de estas consideraciones, hablar, sin más, de “multipolaridad” o no, es una simplificación poco marxista. Los Estados no son entes homogéneos, sino la sedimentación supraestructural de muy diferentes relaciones de poder, de intereses y de luchas. Lo importante, precisamente, es hacia qué conducen las luchas de clase en cada formación socio-estatal, y cómo se articulan o vinculan a las luchas en otras formaciones socio-estatales, interestatalmente y a escala global.
Pero dejemos que lo diga en sus palabras el Instituto Tricontinental:
“Una teoría marxista de la geopolítica no debería partir del número de Estados poderosos, sino de la totalidad de las relaciones sociales capitalistas desarrolladas históricamente. Se preguntaría cómo se produce, se apropia y se transfiere el excedente; cómo se organizan la propiedad y el control a lo largo de las cadenas de valor; cómo las finanzas disciplinan a los Estados y a los hogares; cómo la raza, la casta, el género y la ciudadanía segmentan a la clase trabajadora global; y cómo se trasladan los costos ecológicos a las regiones dominadas.
Examinaría el cambiante equilibrio de fuerzas dentro de cada Estado, lo ubicaría dentro de las relaciones desiguales de la cadena imperialista, rastrearía cómo determinados bloques de capital permanecen anclados a nivel nacional mientras acumulan transnacionalmente, y analizaría cómo las instituciones estatales buscan las condiciones para la acumulación, la legitimidad política y la seguridad en diferentes circunstancias históricas.
Aplicado al orden mundial actual, este método rechaza considerar a China, Rusia, India o Brasil como social o políticamente equivalentes simplemente por participar en los BRICS+ o por favorecer un orden menos dominado por Estados Unidos. En cambio, se pregunta en cada caso cómo surgió históricamente cada Estado, qué clases y fracciones de clase conforman su bloque de poder, cómo las diferentes formas de propiedad y planificación configuran la acumulación, cómo la lucha obrera y campesina la limita, cómo se relaciona el capital interno con las finanzas internacionales y si sus acciones externas reproducen o debilitan la jerarquía imperial.
Solo un análisis de este tipo puede explicar por qué los Estados coinciden en algunos aspectos y divergen en otros, en lugar de inferir su política a partir de su posición en un mapa geopolítico. Dicha teoría también distinguiría entre luchas y proyectos políticos que con demasiada frecuencia se engloban en la categoría de «competencia entre grandes potencias». Estos incluyen conflictos entre fracciones del capital, proyectos de desarrollo soberano, experimentos socialistas, movimientos de liberación nacional y luchas contra las corporaciones transnacionales por parte de trabajadores, campesinos, mujeres, pueblos indígenas y otros sectores afectados.
Su contenido político no puede deducirse de su oposición a Washington, ni toda afirmación de soberanía puede considerarse emancipadora. Las preguntas relevantes son concretas: ¿debilita un proyecto los mecanismos de dominación imperial? ¿Amplía el control popular sobre la producción y la riqueza social? ¿Reduce la dependencia y la jerarquía, o reproduce la explotación bajo una nueva bandera? Un Estado puede aumentar su autonomía estratégica sin transformar sus relaciones internas de explotación.
Por el contrario, un mayor control soberano sobre las finanzas, los recursos, la tecnología o la infraestructura puede crear las condiciones para que las fuerzas populares impulsen transformaciones más profundas. Ninguno de estos resultados puede deducirse únicamente de la oposición de un estado a Estados Unidos. Por esta razón, las luchas por la soberanía nacional no pueden descartarse como meras distracciones de la lucha de clases.
En los Estados subordinados al sistema imperialista, el control de las finanzas, los recursos, los alimentos, la tecnología, la infraestructura y la política exterior puede ser indispensable para cualquier programa popular.
Un debilitamiento de los eslabones de la cadena imperialista puede ser valioso incluso cuando lo inicia un Estado capitalista, ya que puede reducir las restricciones externas y modificar las condiciones de la lucha interna. Sin embargo, su significado político depende de qué fuerzas de clase lo lideren, quién obtenga el control de las capacidades soberanas recuperadas y si la organización popular puede transformar la autonomía estatal en transformación social.”
¿Cómo se traduce todo esto en la contienda interna en cada Estado, sobre todo cuando el capital busca a toda costa que nos dejemos seducir por su reclamo electoral -o que toda nuestra protesta se haga electoralista?
Un artículo muy oportuno para complementar el análisis del Instituto Tricontinental es el artículo del filósofo y politólogo italiano Eros Barone (que también hemos publicado en el Observatorio de la Crisis) “La crisis del imperialismo, la guerra y la diferencia que debe marcar el movimiento popular” (https://observatoriocrisis.com/2026/10/21/la-crisis-del-imperialismo-la-guerra-y-la-diferencia-que-debe-marcar-el-movimiento-popular/).
“…el capitalismo no solo genera descontento social explotado por la extrema derecha, sino que también crea las condiciones políticas que permiten a las fuerzas nacionalistas y reaccionarias desviar dicho descontento de la lucha contra el poder capitalista (…) Los llamamientos a una amplia alianza de fuerzas «progresistas» y «democráticas», a la creación de un «campo amplio», se convierten así en un medio para confinar la oposición popular dentro de los límites de la política burguesa: la cuestión del poder capitalista desaparece, sustituida por la de quién, entre los políticos, debería ejercerlo.
La contradicción se hace aún más evidente cuando la Unión Europea condena oficialmente el fascismo, equiparando, en una aberrante analogía histórica, el comunismo con el nazismo, tolerando la destrucción de monumentos antifascistas y convirtiendo el anticomunismo en un arma de su arsenal ideológico. Ha llegado el momento de denunciar abiertamente la naturaleza totalmente artificial de una forma de antifascismo que pretende combatir a la extrema derecha mientras, al mismo tiempo, trata como intocables las relaciones capitalistas que la sustentan (…)
La extrema derecha y sus oponentes simétricos, que se autodenominan demócratas, pueden tener diferencias reales en políticas específicas y en ciertas alineaciones internacionales, pero estas diferencias se desarrollan dentro del mismo sistema social, cuyas relaciones de explotación fundamentales ninguna de las partes pretende abolir. Es precisamente aquí donde la experiencia histórica del movimiento comunista adquiere especial relevancia, puesto que la lucha contra el fascismo ha estado inextricablemente ligada a algunos de los capítulos más heroicos de la historia del movimiento comunista internacional.”
Aprovechemos estas últimas palabras para enfatizar que coinciden justamente con lo que hemos venido analizando y reivindicando aquí. El momento histórico que vivimos aun sufre las consecuencias de la caída de la URSS.
La mayor parte de las fuerzas políticas de la III Internacional se entregaron tras la caída del primer Estado obrero del mundo y, huérfanos de dirección política internacional (China no se ha aplicado a ello), no hemos logrado construir nada que pueda recomponer esas fuerzas o, en su caso, relevarlas. Lo cual ha dejado el campo libre para todo tipo de oportunismos políticos que, como en el campo biológico, buscan aprovechar los nichos que quedan vacíos.
El “pijismo” (agentes de posición acomodada que dicen representar al conjunto de “la gente” -como les gusta llamar a la población-, al tiempo que alardean de la imposible defensa de objetivos interclasitas), el “trepismo” o arribismo acentuado y el “personalismo” más descarado en la política actual de las que están encantadas de ser izquierdas del Sistema, son sólo muestras de ello, aunque tampoco podemos desconocer la ingeniería social al respecto que es pergeñada desde las distintas esferas del Poder, para encandilar el descontento social de las personas que se sienten de izquierdas y no tienen organización alguna de clase.
Y es por ello que se evidencia cada vez más primordial rehacer o re-erigir esas organizaciones de clase, capaces de dar un sentido anticapitalista, socialista, a las luchas sociales que no podrán sino ir en aumento frente a la destrucción de las condiciones de vida que provoca la degeneración del capitalismo, su timba financiera y sus guerras.
O eso, o será la opción fascista del capital la que se apropie de ese descontento social, como ya está haciendo.
En esa reconstrucción de las organizaciones y partidos comunistas es imprescindible también su articulación tanto a escala estatal como interestatal, combinando también la lucha social con el internacionalismo para poder tener alguna oportunidad frente a la Barbarie global que desata el capital.
En cuanto al voto, es lógico que quien quiera pueda decidir votar por las distintas izquierdas del Sistema como mal menor (siempre se prefiere al ‘poli bueno’ que al malo, claro), pero esa decisión debería estar acompañada de la suficiente lucidez como para al mismo tiempo que se vota con una mano (y la nariz tapada), contribuir con la otra al proceso de organizarse socialmente en la superación de este orden social.
De lo contrario sólo estaremos dando nuestro permiso a la clase capitalista para que destruya nuestras condiciones de vida de una manera puede que más lubricada, en vez de más bestia, pero con resultados finales semejantes.
Es tiempo de comunistas. Nuestro tiempo.
(Publicado en Observatorio de la crisis, el 25 de octubre de 2026)









