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Europa paga la factura de la guerra tecnológica de Washington contra China. Pedro Barragán

Hay una contradicción cada vez más evidente en la política tecnológica de la Unión Europea. Bruselas proclama que quiere una Europa más competitiva, digitalizada y autónoma, pero simultáneamente impulsa restricciones que podrían obligar a las empresas europeas de telecomunicaciones a gastar hasta 40.000 millones de euros en sustituir equipos

La advertencia no procede de Pekín, sino de la propia industria europea.

Diecisiete altos ejecutivos del sector, entre ellos los responsables de Orange, Deutsche Telekom y Telefónica, han alertado en una carta sobre las consecuencias económicas de la revisión de la política europea de ciberseguridad. El principal problema son los miles de millones destinados a sustituir equipos que dejarán de estar disponibles para fibra óptica, 5G, 6G y otras infraestructuras esenciales para el futuro digital europeo.

Una factura que pagará Europa

La seguridad de las telecomunicaciones constituye una preocupación legítima. Pero reconocer esos riesgos no obliga a aceptar cualquier respuesta como sensata.

Una política no cargada de estereotipos de guerra geopolítica contra China debería identificar amenazas concretas, evaluar su gravedad y aplicar medidas específicas. Algo muy distinto es convertir el origen chino de determinados proveedores en un criterio determinante y obligar a retirar su infraestructura sin demostrar públicamente que la decisión guarda relación con algún tipo de riesgo.

Europa necesita enormes inversiones para modernizar sus redes. Gastar hasta 40.000 millones de euros en sustituir equipos representa, por tanto, además de una aberración económica un gigantesco coste de oportunidad.

La paradoja de la autonomía estratégica

Bruselas presenta buena parte de su política hacia China bajo conceptos como seguridad económica, resiliencia y autonomía estratégica.

Pero es una verdadera paradoja ver que Europa pretende aumentar su autonomía restringiendo proveedores chinos mientras continúa dependiendo de tecnologías y empresas norteamericanas en numerosos ámbitos de la economía digital.

La verdadera autonomía debería basarse fundamentalmente en aumentar la capacidad tecnológica europea mediante investigación, fabricación, innovación, inversión y mejores condiciones para que las empresas europeas crezcan y compitan internacionalmente.

Bruselas frente a sus propias empresas

La UE lleva años aumentando la presión sobre Huawei y ZTE por supuestos y nunca explicados motivos de seguridad. Motivos de seguridad que tan solo esconden discriminación y proteccionismo.

La protesta de los 17 ejecutivos europeos cambia sustancialmente el debate. Una parte relevante de la industria europea está advirtiendo a Bruselas de que determinadas decisiones adoptadas contra China pueden terminar perjudicando a las propias compañías europeas.

Una política europea alineada con Washington

El problema de fondo es que la ofensiva contra Huawei y ZTE difícilmente puede analizarse al margen de la guerra estratégica de Estados Unidos contra China.

Washington convirtió hace años la exclusión de Huawei de las redes occidentales en una prioridad de su política exterior y tecnológica. Esa campaña estadounidense precedió al endurecimiento europeo. Posteriormente, la Comisión Europea pasó a considerar que Huawei y ZTE presentan riesgos significativamente superiores a otros proveedores y en 2023 reclamó a los Estados miembros que acelerasen las decisiones para sustituir a los denominados proveedores de alto riesgo.

El resultado plantea una contradicción especialmente grave para la pretendida “autonomía estratégica” europea. La UE afirma querer actuar como un polo independiente en el nuevo orden mundial, pero adopta una orientación convergente con la estadounidense incluso cuando algunas de sus propias empresas advierten de que tendrán que asumir una factura multimillonaria.

Europa asume así los costes económicos de la guerra tecnológica de Estados Unidos contra China.

La factura de la decisión

La reacción de los 17 ejecutivos europeos resulta reveladora de la decisión europea. Hasta 40.000 millones de euros destinados a sustituir equipos chinos significan 40.000 millones que no estarán disponibles para otras inversiones.

Bruselas habla constantemente de cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos y China, pero impone a sus propias empresas enormes costes adicionales, para apoyar las políticas supremacistas norteamericanas, precisamente cuando necesitan movilizar cantidades extraordinarias de capital para desplegar fibra, 5G y futuras redes 6G.

El caso Huawei es además sintomático de una transformación mucho más profunda de la política europea hacia China. Durante décadas, la relación se ha construido alrededor del comercio, la inversión y la cooperación económica. Pero hoy se está desmontando mediante conceptos de la seguridad nacional ajenos al comercio como son el riesgo, la dependencia, la resiliencia, el desacoplamiento o la reducción de riesgos.

Europa depende del comercio internacional y necesita mantener relaciones económicas importantes tanto con Estados Unidos como con China. Convertirse en un apéndice económico de la estrategia estadounidense de contención de Pekín reducirá, en lugar de aumentar, su autonomía.

La protesta de los 17 grandes ejecutivos demuestra que la factura empieza a preocupar seriamente a quienes tienen que pagarla.

(Publicado en Lo Que Somos, el 18 de septiembre de 2026)

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