FIDEL Y LA DEFINICIÓN DE PATRIA. Farruco Sesto
Desde Galicia, pensando en Cuba, Venezuela, Palestina, Yemen, Irán…
Hoy, que viendo como están las cosas a nuestro alrededor y hermanado con tantos pueblos del mundo que sufren los ataques imperiales, entre ellos Cuba y Venezuela, me siento revolucionariamente un patriota, quiero apuntar cómo la patria, la de cada uno, la de todos nosotros, vivida y sentida en su existencia real, más que como idea en sí, puede ser algo por lo valga la pena vivir, e incluso morir.
Y contarles también como eso lo aprendí de Fidel. De él, sobre todo.
Para ello comienzo estas notas con un recuerdo personal. Estando en la Embajada de Cuba en Venezuela en una reunión de trabajo con el embajador Rogelio Polanco, en un momento dado le suena su teléfono móvil y él se retira de la reunión para atender la llamada. Al cabo de unos minutos regresa con su teléfono en la mano y me dice: “el Comandante en Jefe quiere hablar contigo”. En un principio, creo que es el Presidente Chávez, pero en lo que cojo el teléfono, me doy cuenta de que quien está al otro lado es Fidel. Me saluda y comienza a hacerme preguntas, como él acostumbra y también a animarme, a animarnos, con aquel optimismo, sobre los distintos problemas de la revolución bolivariana en ese momento. Recuerdo que, entre otras cosas, me habló del tema eléctrico. Yo le escuchaba fascinado. Tras un tiempo que debió seguramente haber sido de alrededor de un cuarto de hora, sentí la necesidad de hacerle un pequeño reconocimiento personal, pues era una oportunidad preciosa, diciéndole:
-¿Sabe? Comandante. Yo me hice revolucionario cuando era adolescente, en muy buena parte, gracias a su ejemplo que he tratado de seguir toda mi vida.
Me respondió: – todavía somos unos adolescentes.
Hasta aquí el recuerdo, tal como lo he narrado en otro lugar, con la imagen, traída hasta la conversación, de mi adolescencia en Galicia, marcada por la presencia noticiosa de Fidel Castro en la Sierra Maestra y luego en la Habana. Habiendo sabido entonces, en aquella hoy lejana época, que el comandante guerrillero era hijo de padre gallego, tal vez sentí un orgullo especial por ello y se facilitó mi identificación con él.
Debo anotar también, como parte del relato, que aquella adolescencia mía transcurría en pleno franquismo. Y que por mis antecedentes familiares y mis inquietudes intelectuales de muchacho que, como tal, comienza a vivir explorando y confrontando la realidad, tenía ya plena conciencia de la dictadura que nos condicionaba la vida. Estamos hablando de los años cincuenta del siglo pasado en Galicia. Hasta que recién cumplidos los 18 años, tuve que emigrar a Venezuela donde encontraría, pasado el tiempo, además de un lugar donde vivir, una patria fascinante a la que entregarme.
Pero entonces no sabía bien qué cosa era una patria.
Pues la idea de patria que se me había venido inculcando y que prevalecía en el ámbito público de aquella Galicia de mi juventud, era una idea que ya entonces rechazaba y que hoy pudiéramos afirmar que corresponde a una visión política de derecha en el culto a un poder afecto a privilegios y desigualdades. Un poder, además, en aquel caso, con claras resonancias imperiales. Aquella frase del fundador de la Falange Española que aún hoy conservo en la memoria: “España como unidad de destino en lo universal”, marcaba ese concepto grandilocuente, que no tenía nada que ver con lo que yo buscaba en mis pensamientos y lecturas.
Y si, por un lado, leía en un pequeño ejemplar del Manifiesto Comunista llegado clandestinamente a mis manos que “los obreros no tienen patria”, por otro lado, comenzaba a escuchar que la propia Galicia era una nación, en cierta forma subterránea, con sus héroes y sus mártires, sus emigrados y sus exilados. Y a conocer que algunos de ellos, me refiero a los exilados de cuyas voces llegaban ecos, hablaban de una patria sojuzgada.
De modo que todo esto me generaba muchas dudas o, tal vez, confusión.
Mi visión comenzó a cambiar aclarándose, justamente, cuando llegué a Caracas. Y no fue por el ejemplo de la democracia representativa (y represiva) de la IV república sino, sobre todo, a través del seguimiento que, desde la distancia trataba de hacerle a Fidel y, en general, a la revolución cubana, considerando a Cuba mi referencia revolucionaria como modelo de país. Estamos pendientes de sus avances y sus problemas. Me acuerdo, en plena crisis de los cohetes, de haber escuchado en directo el discurso de Fidel a través de Radio Habana, Cuba, Territorio Libre de América Latina, en una transmisión en onda corta. “Cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon los hierros en remojo de aceite”, es una frase que me quedó grabada, si es que no me falla la memoria.
Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de que el concepto de patria podía ser completamente distinto de lo que hasta entonces pensaba.
Porque aquella aquella frase de Fidel Castro, “Patria o muerte”, lanzada en 1960, y con la que cerró también la Segunda Declaración de la Habana, “Patria o muerte, venceremos”, me hizo comprender que había un concepto de patria, el de una patria real, no una entelequia, que era fraterno, que era igualitario, y del que enseguida me apropié para mis luchas personales.
Y por allí nos fuimos en el convencimiento y en la búsqueda.
¿Patria? Martí describió ese concepto en 1985 en una frase extraordinaria, que a mí me motiva particularmente: “Patria es humanidad”, para añadir a continuación que “es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer”.
Simón Bolívar dijo que “la patria es América”, añadiéndole un gran contexto que explica muchas cosas.
Hugo Chávez, muchos años después, en un momento dado y muy especial de su vida, durante una especie de despedida de su pueblo, habría de exclamar: “Ahora, sí, tenemos Patria.”
¿Y Fidel? Fidel lo hizo de manera magistral en su discurso del Primero de mayo de 1961 en la Habana, que vale la pena citar en extenso:
«Aquí se acostumbraba a hablar mucho de patria por parte de una serie de señores que tenían un concepto muy raquítico de lo que es o debe ser la patria. Y siempre estaban hablando de la patria, y estableciendo la obligación y el deber de defender la patria. Pero ¿qué patria? ¿La patria de unos pocos? ¿La patria de un puñado de privilegiados? (…) ¿A cuál patria, señor, se refería usted? ¿La patria donde unos pocos tienen todas las oportunidades y unos pocos se apropian del trabajo de todos los demás, o la patria del hombre que no tiene ni siquiera un trabajo, la patria de la familia que vive en un barrio de indigentes, la patria del niño hambriento y descalzo que pide limosnas por las calles? ¿A qué patria se referían y qué concepto era ese de la patria? ¿La patria que era propiedad de unos pocos con exclusión de toda la oportunidad y de todo beneficio para el resto del país, o la patria de hoy, donde nos hemos ganado el derecho a dirigir nuestro destino, donde nos hemos ganado el derecho a construir el futuro que necesariamente tendrá que ser mejor que el presente? Pero la patria donde no podrá decirse más que sea propiedad de unos cuantos, que sea para disfrute de unos cuantos; la patria que será de ahora en adelante y para siempre como la quería Martí, cuando dijo: «con todos y para el bien de todos» (…) Ahora sí nosotros podemos hablar de patria y ahora sí nosotros podemos tener un concepto verdadero de la patria, porque cuando decimos: defendemos la patria y estamos dispuestos a morir por la patria, ¡estamos dispuestos a morir por una patria que no es de unos cuantos, sino que es de todos los cubanos!»
Fue entonces cuando releyendo una vez más, el manifiesto comunista, pude advertir que aquella frase “los obreros no tienen patria” no era tan simple, pues iba va acompañada de una reflexión que redondeaba el argumento. “A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.”
Y más adelante, escuchando con atención a Chávez, aprendí también algunas otras cosas y terminé de perfilar el concepto al comprender que la gran patria humana que a todos nos abarca, se compone de territorios, grandes o pequeños, a veces inmensos, a veces casi diminutos, que albergan historia, que albergan cultura y que, por lo general, albergan también contradicciones y, con ellas, sueños y proyectos propios.
Aprendimos que la historia es el tiempo en el territorio. Lo dijo exactamente así Hugo Chávez en su momento. Y que, de esa manera, la historia, la geografía y la cultura en toda su magnitud se entrelazan íntimamente para convertirse en una sola entidad a la que llamamos patria, ¿no es cierto?, a la que Chávez terminó de dotar de un contenido emancipador que, en el caso de Venezuela, viene de lejos, desde las luchas de independencia comandadas por Simón Bolívar, e incluso desde antes, y que debe ser continuado generación tras generación. Y todo por amor, pues: :»No hay amor más grande que el que uno siente aquí en el pecho por una causa, por una Patria, por una gente, por un pueblo, por la causa humana» . No en balde Chávez era tan Fidelista y tan Guevarista. “Déjeme decirle a riesgo de parecer ridículo que el verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor”.
Escribo estas notas en Galicia, en tiempos difíciles. En la oficina donde estoy, tengo detrás de mi, enmarcadas, cuatro fotografías donde estoy con Fidel, con Raúl, con mi comandante Chávez. También con Nicolás Maduro y Diosdado Cabello que se abrazan en la imagen.
Son tiempos complejos, muy complejos, en verdad. Menos mal que tenemos guías y banderas.
Vigo. Marzo 2026
(Publicado en el libro VOCES CON FIDEL. MEMORIA Y LEGADO REVOLUCIONARIO. Coordinado por Pascual Serrano y David Rodríguez. Valencia, 2026)









