Israel, estado medieval con tecnología punta. Pedro López
Si algo impresiona, entre otras cosas, de la Edad Media, es la crueldad en la guerra y en la tortura. Junto a ella, la humillación; había que destruir a la persona física y psicológicamente, asegurarse de que no pudiera levantar cabeza después de pasar por el infierno de la tortura y de los tratos degradantes. Hay muchos museos dedicados a las prisiones y a las torturas, dos elementos inevitablemente asociados. Entre las muestras de estos museos, destacan las torturas que practicaba la Inquisición para obtener de los torturados y torturadas el acatamiento ante las declaraciones que les preparaban. Estando la Iglesia de por medio, gran parte de estos episodios tenían que ver con mujeres que se salían del patrón conductual de una sociedad ridículamente devota y que eran acusadas de tener contactos con el demonio, ese fantasma creado por la religión para asegurar el sometimiento de la plebe.
Es cierto que la Edad Media lleva ese estigma, siendo igualmente cierto que la tortura ha estado en todas las épocas de la historia, rivalizando entre ellas en términos de crueldad. Pero ciertos iconos históricos han quedado en este asunto, como la Inquisición, el nazismo, el franquismo, Camboya y sus jemeres rojos o la Argentina de Videla y el Chile de Pinochet1.
La civilización no suprime la barbarie, sino que la perfecciona, dijo Voltaire. Y aquí entra un país extraordinariamente avanzado en la tecnología relacionada con la guerra y la represión, el espionaje, técnicas de lucha especialmente salvajes como el Krav Maga, prácticas genocidas… en fin, todo lo relacionado con la destrucción del presunto enemigo, un concepto extraordinariamente elástico. Este país es Israel, y una noticia reciente nos ilustra al respecto, noticia que ya saltó hace unos meses, pero que ha estado en barbecho a la espera de que un tribunal israelí resolviera una denuncia. La “revolucionaria” idea consiste en poner un foso con cocodrilos rodeando una cárcel situada en medio del desierto de Néguev, donde se ubica la cárcel de Ketziot, la más grande del país, ya que, según el ministro ultra Itamar Ben Gvir, “los terroristas de Nujba –un grupo de Hamás- tienen mucho miedo de los cocodrilos”. Por lo visto, los demás no tenemos miedo de los cocodrilos y no tendría ningún efecto que tropezáramos con ellos en medio del agua.
En los años cincuenta-sesenta del pasado siglo la psicología social vivió en Estados Unidos un gran desarrollo debido a la cantidad de científicos exiliados de Europa que llegó a este país. En aquellos años la gran pregunta después del nazismo era cómo se podía llegar al nivel de crueldad de los nazis con los prisioneros. Asunto avivado por el juicio del criminal nazi Adolf Eichmann en 1961. Dos experimentos marcaron bastante esos años: el experimento de la obediencia a la autoridad y el experimento de la prisión de Stanford. Los dos fueron llevados a cabo por psicólogos estadounidenses. En el primero, Stanley Milgram (1983-1984) diseñó en 1961 una situación en la que los sujetos que intervinieron creían estar participando en un experimento sobre memoria, cuando en realidad participaban en un experimento destinado a observar hasta dónde podría llegar la crueldad de un sujeto que hacía unas preguntas y cada error del que respondía debía ser castigado con una descarga eléctrica, suave en el primer error y subiendo el voltaje a medida que se cometían más errores, hasta llegar a un nivel peligroso; en realidad, no se aplicaban descargas, pero el sujeto que creía administrarlas no lo sabía. De lo que se trataba era de saber hasta dónde podía seguir infligiendo dolor a un prójimo el sujeto engañado, al que se le había asegurado que si decidía interrumpir su participación no se le retiraría el dinero que cobraba por participar.
En el segundo experimento, a cargo de Philip Zimbardo (1933-2024) realizado en 1971 se trataba de crear una situación social simulando las condiciones de una cárcel y dividiendo a una clase de alumnos de psicología en funcionarios de prisiones y presos. La situación abocaba a diversas formas de maltrato (maltrato verbal, torturas, humillaciones…) sobre personas en situación de encarcelamiento. Se trataba de observar cómo los supuestos funcionarios se metían en el papel y maltrataban a sus compañeros cada vez más. Hubo que cancelar el experimento días antes de lo que estaba previsto.
Ambos casos tuvieron una segunda parte interesante décadas después. Philip Zimbardo publicó en 2007 El efecto Lucifer: entender cómo la gente buena se vuelve malvada. Lo escribió tras la guerra de Iraq, centrándose en cómo soldados “normales” torturaban a los presos. En el libro recordaba el experimento de 1971 y lo comparaba con las torturas en la cárcel de Abu Graib, destacando que esos comportamientos se debían al contexto estimular.
Milgram murió en 1984 relativamente joven, con cincuenta y un años. No obstante, su experimento generó mucho interés y se replicó en una situación distinta en 2009 (un concurso de televisión en vez de un supuesto equipo científico) con otro experimento llevado a cabo en Francia por un equipo de científicos franco-suizo. El experimento está en YouTube y el falso concurso junto con el documental resultante llevó como título El juego de la muerte.
Tanto el libro de Zimbardo como el experimento de Milgram adaptado casi medio siglo después incluyen profundas reflexiones relacionadas referentes al grado de crueldad que puede desarrollar, ¡atención!, cualquier ser humano si se dan las condiciones “adecuadas”, en las que interviene el contexto y la presión social. Esto no es algo inevitable, sino que la sociedad y las autoridades deben conocerlo y activar herramientas educativas y de socialización.
Hace un par de décadas tuvimos durante el gobierno Zapatero un agrio debate político al calor de una ley educativa que incorporaba un área para la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, una buena herramienta para combatir precisamente los prejuicios, los estereotipos y el odio resultante de ellos, que llevan a la polarización que vive no solo nuestro país, sino gran parte del planeta en los últimos años, una ola que va en ascenso.
No sé qué modelo educativo hay en Israel, aunque algo me puedo suponer, ya que el país está integrado en nuestra civilización occidental y en una ola mundial que centra la educación en valores técnicos y de competitividad por encima de cualquier consideración ética o social que pueda frenar una carrera competitiva que pasa por encima de cualquier valor no ya social, sino simplemente humano.
Esta carrera salvaje impulsada, según se nos cuenta, por el mercado, pasa por encima de prácticas bárbaras contra las poblaciones (deterioro ambiental, envenenamiento de aire, mar y tierra, accidentes laborales, impacto en la salud de los trabajadores, desplazamiento de poblaciones por la ocupación de terrenos ambicionados por multinacionales, etc.). Quizás si el foco se pusiera en el respeto a los seres humanos, el reconocimiento de sus derechos, la imposición de reglas internacionales debatidas y consensuadas por todos los países, la prohibición de guerras para resolver conflictos, etc., podríamos recuperar algo del optimismo que hemos podido tener hace unas décadas y que ha desaparecido en nuestras narices. Mientras siga la ley del más fuerte, con capacidad para neutralizar a la comunidad internacional este escenario no puede calificarse más que de salvaje, por mucha tecnología que se le ponga. Israel y su guardaespaldas, Estados Unidos, son el ejemplo palpable.
(Publicado en Nueva Tribuna el 9 de septiembre de 2026)
Por cierto, un libro interesantísimo no muy conocido, es Calle Londres 38, del extraordinario jurista británico Philippe Sands; sin serlo, se lee como una novela. ↩









