ArtículosImperialismo e InternacionalismoVíctimas y Resistencias

La arquitectura del vasallaje imperial y el despertar de la Europa de los trabajadores. Geraldina Colotti

El imperialismo euroatlántico atraviesa una de sus crisis de legitimidad más profundas desde la Segunda Guerra Mundial. Detrás del aparato discursivo que enarbola las banderas de la «democracia» y la «legalidad internacional», los hechos revelan de forma sistemática la existencia de un entramado de subordinación colonial, compra de élites y operaciones clandestinas diseñado para mantener la hegemonía del capital angloamericano e israelí a costa del bienestar de las mayorías trabajadoras.

Sin embargo, a medida que las grietas del edificio imperial se hacen más visibles desde los Balcanes hasta el Mediterráneo, la lucha de clases emerge en el continente como el único sujeto capaz de romper el curso de la guerra y la miseria.

El resultado de las recientes elecciones presidenciales en Bulgaria ofrece un diagnóstico inequívoco del agotamiento social provocado por el alineamiento irrestricto con la OTAN. Con la victoria de Iliyana Yotova, quien obtuvo un 57,7% de los votos frente al candidato europeísta Andrey Gyurov en un contexto marcado por el despliegue bélico en el Mar Negro, la clase trabajadora búlgara ha expresado un rechazo tácito al sometimiento militar de su país.

Aunque la contienda electoral se dio bajo los límites formales de la democracia burguesa y con un elevado abstencionismo —fruto del desencanto hacia un sistema político fragmentado—, el triunfo de un discurso que demanda diplomacia y restablecimiento de relaciones pragmáticas con Moscú evidencia una realidad inocultable: los pueblos del este europeo rehúsan seguir siendo utilizados como carne de cañón para las aventuras expansionistas de Washington y Bruselas.

Este triunfo no representa únicamente un movimiento electoral coyuntural, sino el síntoma más agudo de una crisis sistémica que hunde sus raíces en la integración subalterna del país en la Unión Europea y en la OTAN. Desde su ampliación hacia el Este, Bruselas ha tratado a Bulgaria no como un socio en pie de igualdad, sino como una periferia económica explotada: un laboratorio de mano de obra barata, despojado de su soberanía energética e industrial mediante las privatizaciones salvajes impuestas por la tecnocracia europea.

El diktat atlántico ha obligado a Sofía a soportar el costo de las destructivas sanciones contra Rusia —país con el que mantiene profundos lazos históricos, culturales y económicos—, desangrando los sectores agrícola e industrial y acelerando una fuga de cerebros sin precedentes. El voto por la paz y por el restablecimiento de las relaciones con Moscú no es, por lo tanto, una simple preferencia geopolítica, sino una urgente necesidad de supervivencia material para la clase trabajadora búlgara, asfixiada por una Unión Europea convertida en sucursal económica y militar del Pentágono.

Este cansancio popular encuentra su explicación teórica e histórica en la naturaleza misma del dominio estadounidense sobre el continente. Las recientes declaraciones del coronel retirado Lawrence Wilkerson —exjefe de gabinete del secretario de Estado de EE.UU. Colin Powell— han venido a confirmar lo que el análisis marxista de la geopolítica ha señalado durante décadas: la llamada «alianza trasatlántica» no es un pacto entre naciones soberanas, sino una estructura de dominación colonial.

Wilkerson admitió sin ambages la compra sistemática de directores de periódicos, líderes sindicales cooptados, parlamentarios e incluso Secretarios Generales de la OTAN mediante el uso masivo de recursos financieros a través de agencias como la USAID y la acción encubierta de la CIA, el MI6 y el Mossad. La estrategia descrita con brutal franqueza —«enseñar a los perros a ladrar»— ilustra con precisión cómo el imperialismo crea una superestructura política y mediática servil a sus intereses financieros y militares, aun cuando ello suponga el desmantelamiento económico y social de las propias naciones europeas.

Esta misma red de inteligencia y complicidad de clase quedó al descubierto tras revelarse los detalles de la fuga del senador de la ultraderecha brasileña Flávio Bolsonaro, que tenía pasaporte italiano, hacia Estados Unidos tras ser inhabilitado y requerido por la justicia de su país. La reconstrucción de la llamada «Operación Alba» reveló el papel central desempeñando por Menachem «Booky» Halevy, exagente del Mossad, quien articuló la logística transfronteriza y la evasión de los controles migratorios.

Resulta de suma gravedad geopolítica que apenas unos días antes de ejecutar dicha operación de evasión ilegal, Halevy haya transitado impunemente por Roma el pasado 16 de febrero de 2026 antes de volar hacia São Paulo. El paso del agente sionista por la capital italiana suscita interrogantes inevitables: ¿sirvió la capital imperial de puente logístico y financiero? ¿Contó con la complacencia encubierta o la omisión deliberada de las estructuras de seguridad del gobierno ultraderechista de Giorgia Meloni?

El caso desnuda la convergencia de un eje reaccionario multinacional donde convergen el aparato militar de Tel Aviv, los intereses de la administración estadounidense y los sectores “sovranistas” europeos. Mientras predican el «respeto a las fronteras» para perseguir a los migrantes pobres, la oligarquía global instrumentaliza sus agencias de inteligencia para blindar y sustraer de la justicia a sus alfiles fascistas en el Sur Global.

Frente a este escenario de sumisión institucional, corrupción de las élites y encubrimiento reaccionario, las clases populares de Europa han comenzado a articular su propia respuesta desde la calle. Las masivas manifestaciones recientes en Italia contra el elevado costo de la vida y la economía de guerra representan la verdadera alternativa histórica frente al parasitismo de los gobiernos vasallos.

Hay que considerar que la ex socialdemocracia italiana arrodillada al gran capital internacional —representada por el Partido Democrático— juega un papel de continuidad con la reacción burguesa. No estamos solo ante una fuerza política que ha gestionado históricamente el ajuste neoliberal y la precarización laboral, sino ante cuadros directivos que participan orgánicamente en los negocios del rearme, como demuestra el hecho de que figuras de su primer plano, como Lorenzo Guerini, ocupen cargos directivos y de peso en la industria bélica italiana.

Ese mismo Partido Democratico, a través de sus representantes institucionales elegidos por los italianos en el exterior, se ha erigido sistemáticamente en punta de lanza de todas las agresiones reaccionarias contra la Revolución Bolivariana. Son los mismos que aplauden el bloqueo criminal, que financian a los sectores fascistas de la oposición venezolana, que chantagean a Cuba para que se “abra” al capitalismo, y que apoyan sumisamente el golpismo internacional al servicio de Washington, mientras vacían los bolsillos del pueblo trabajador en Europa para alimentar la maquinaria de guerra.

Es precisamente en este vacío político donde se produce un fenómeno sociológico y político alarmante que requiere nuestra atención teórica: la formación de lo que en Italia podemos definir como el «MIGA» (Make Italy Great Again), la réplica doméstica del movimiento trumpista norteamericano.

Asistimos a una trágica paradoja histórica: ante la ausencia de una alternativa revolucionaria de masas con la capacidad de canalizar la rabia popular contra el sistema capitalista, amplios sectores del proletariado, golpeados por la desindustrialización, la miseria y el abandono estatal, terminan dando una respuesta desviada a problemas absolutamente legítimos. Desesperadas ante el deterioro de sus vidas, fracciones de la clase trabajadora terminan votando por sus propios opresores, seducidas por la demagogia chovinista, el racismo de Estado y la ilusión de un «proteccionismo nacional» que en la práctica solo sirve para reforzar las cadenas de la explotación salarial.

Desde la llegada de Donald Trump en la Casa Bianca han acelerado la convergencia ideológica de estos sectores con el capital financiero estadounidense más agresivo. El trumpismo a la italiana promete orden y soberanía nacional, pero entrega el país al capital especulativo, persigue a los jóvenes de las periferias categorizados despectivamente como maranza y criminaliza a los trabajadores migrantes que constituyen la fracción más explotada del proletariado metropolitano.

Pese a esta dura correlación de fuerzas y el intento de las burocracias sindicales por contener la rabia, el conflicto de clases no se ha extinguido; por el contrario, cruje bajo la superficie y emerge con fuerza en la calle.

En los últimos meses hemos sido testigos de jornadas de huelga, paros masivos y bloqueos promovidos por el sindicalismo de base, los movimientos estudiantiles y las organizaciones territoriales. Es de destacar el papel de la juventud proletaria y de los jóvenes de segunda y tercera generación que, tras haber sido el motor de las multitudinarias marchas de solidaridad con el pueblo palestino contra el genocidio sionista, hoy convergen de forma natural en los frentes de lucha contra la economía de guerra y el encarecimiento de la vida.

Los trabajadores y trabajadoras europeos comprenden cada vez con mayor claridad la relación directa entre el gasto militar desbocado, las sanciones económicas impuestas por mandato imperial y la inflación sofocante que carcome sus salarios. La protesta popular italiana no solo impugna las políticas de austeridad e inflación provocadas por el conflicto, sino que rechaza de plano el papel de Europa como plataforma logística del sionismo y del belicismo trasatlántico.

En la dialéctica de la historia, mientras las élites gobernantes continúan actuando como vasallos comprados por el capital extranjero, la clase obrera en las calles de Europa empieza a levantarse como el verdadero sujeto de la resistencia antiimperialista, demostrando que la paz, la soberanía real y la justicia social solo vendrán de la mano de la movilización popular.

La experiencia de las luchas en Europa nos enseña que no hay espacio para la conciliación de clases ni para las ilusiones reformistas. La lucha por el salario, por la sanidad pública y por la vivienda no puede separarse un solo milímetro de la lucha contra la OTAN, contra el genocidio imperialista y contra la fascistización del Estado.

La clase trabajadora europea no tiene más que una salida: romper la trampa de la concertación, superar la desmovilización impuesta por las burocracias sindicales y reconstruir el frente de clase internacionalista.

(Publicadso en Resumen Latinoamericano, el 6 de noviembre de 2026)

Leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.