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La batalla de lo simbólico. Farruco Sesto

(Apunte personal)

Me tocó venir al mundo en un tiempo y lugar, donde la función del universo simbólico que nos rodeaba era lavarle la cara a la opresión y engalanarla ante las multitudes.

Aunque en aquellos, mis primeros, años, por supuesto que yo no podía saber eso, con el despertar de la conciencia comencé poco a poco a darme cuenta de ello y a desarrollar un cierto espíritu iconoclasta, por definirlo de alguna manera.

Fui asumiendo, como una idea básica, que la gran mayoría de los emblemas, signos y expresiones consideradas sagradas, no eran sino instrumentos utilizados por los poderosos para domesticar a la multitud. Y que les funcionaban.

Con el cultivo de tal desafecto mío por las representaciones establecidas, empecé a rechazar indiscriminadamente el mundo de lo simbólico, particularmente en todo lo que se relacionara con la política, la ética y el poder. Y confieso que me mantuve en esa posición por un tiempo largo.

No fue sino hasta ya más adelante, a través de ciertas vivencias, que fui comprendiendo por fin, y ahora sí, creo, ya de manera definitiva, que, entre todas las batallas que se nos iban presentando, tanto reales como metafóricas, también había una que había que librar para ganarla y que era, justamente, la que se daba en ese campo particular de lo simbólico.

Así que, cuando, por ejemplo, Alfredo Maneiro, en ocasión de un viaje mío a Londres, me aconsejó que no dejase de visitar la tumba de Marx, me di cuenta de que en ello había una espiritualidad de la razón sensible, alternativa a la falsa espiritualidad del poder, que también se podía expresar con símbolos. ¿Porque qué otra cosa significaba si no? Y cuando años más tarde, el mismo Alfredo me llevó al cementerio del Pere-Lachaise, en Paris, para visitar el lugar donde reposan los ciento y tantos comuneros fusilados y enterrados allí mismo, el sentimiento de lo sagrado me invadió de nuevo, pero ahora sí, ya no como instrumento de sumisión, sino de liberación.

Fue luego con el comandante Chávez, que lo terminé de comprender del todo. Con sus juramentos, con sus samanes y camorucos, con sus himnos y canciones, (¿Quién de nosotros no se emociona oyendo “Patria, patria, patria querida”?) con sus fechas históricas, su octava estrella, que es la de Bolívar, su caballo a la izquierda, sus nombres bien pensados para las misiones, sus espíritus de la sabana, su Jesús revolucionario, su Florentino y el diablo, y aquel otro diablo dejando olor a azufre en la ONU…

Todo esto quise narrarlo para terminar con la siguiente consideración: la de que, para muchos de nosotros, Rusia, en sí misma, es todavía un símbolo entrañable de muchas cosas, más allá de las vueltas que da la historia y los tropiezos de la humanidad en su larga marcha hacia la emancipación.

(Publicado en Correo del Orinoco, el 4 de agosto de 2022)

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