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¿Qué esta pasando en la RDC? Rosa Moro

La misma guerra silenciada que lleva sufriendo desde hace 30 años.

El vasto territorio de la República Democrática del Congo (RDC) es, probablemente, la zona más rica del planeta en recursos naturales, sobre todo en su parte este, coincidente con la cola final de la falla tectónica del Valle del Rift, donde los minerales emergen desde más profundidad y en mayor concentración. A su vez, sus pueblos son de los más pobres del mundo, según las mediciones de desarrollo y pobreza de la ONU. Frente a la narrativa normalizada de “la maldición de la riqueza” hay que recordar que la verdadera maldición no es la riqueza natural, es el sistema capitalista, que prioriza los beneficios económicos frente a la vida de las personas.

Desde que Estados Unidos y Bélgica, con apoyo de todas las potencias occidentales, acabaron con el sueño de independencia del gran Congo, asesinando a Patrice Lumumba, las potencias occidentales han ejercido el control sobre esa riqueza mediante toda la violencia que haya sido necesaria. En las últimas décadas, China ha llegado como nuevo socio comercial y hoy en día es uno de los principales exportadores de recursos naturales del Congo, aunque el gigante asiático no emplea la violencia para extraer materias primas, como tradicionalmente hace Occidente.

No es la RDC, ni la UE, ni China, ni Rusia quien se ha tomado la molestia de calcular cuánto vale (en dólares) el subsuelo todavía por explotar de la RDC, ha sido Estados Unidos. Según la US Geological Survey, el valor de las reservas minerales estratégicas del Congo sin explotar todavía, es decir, no se contabilizan aquí las inmensas materias primas congoleñas que abastecen ya los mercados internacionales, es de 24 billones de dólares. Para comparar podemos poner esta cifra al lado del Producto Interior Bruto de toda la Unión Europea, que es de 17.7 billones de dólares. La “molestia” de hacer estos cálculos ya nos dan una idea de quién anda detrás de qué.

Desde Davos hasta Goma

Entre los pasado días 20 y 24 de enero, se celebró el Foro Económico Mundial en Davos. El presidente de la RDC, Felix Tshisekedi, acudió a este foro a firmar con inversores para un nuevo megaproyecto de infraestructura al servicio de las potencias exteriores: la ampliación del “corredor de Lobito”, con una nueva línea de ferrocarril de 2.600 kilómetros, que unirá directamente las provincias Kivu Norte y Kivu Sur con los puertos de la costa Atlántica. La línea “verde” atravesaría zonas de biodiversidad protegida como el parque nacional de Virunga y los bosques de la cuenca del Río Congo. Pero es “verde” porque así lo ha decidido el G20, o mejor dicho su core: el G7, (Estados Unidos, Reino Unido, Canada, Francia, Alemania, Italia y Japón).

En 2023, Estados Unidos y la UE, en el marco del G7, decidieron competir contra China en la extracción de materias primas congoleñas, activando el viejo corredor colonial belga de Lobito, para extraer directamente las materias primas esenciales para los mercados verdes del momento, cobalto, cobre, coltán, litio y otros, desde los Kivus hasta el Atlántico. Los primeros barcos cargados con toneladas de estos preciados minerales ya salieron de Lobito, en Angola, a finales de 2024. Ahora, Tshisekedi fue encargado de presentar la nueva mega-inversión público privada de occidente en la RDC: el “Corredor Verde”. Una inversión combinada de 150.000 millones de euros, entre EEUU, la UE, compañías privadas y el Banco Africano de Desarrollo, que pondrá 500 millones.

Las materias primas con que cuenta la RDC son tan estratégicas para la nueva revolución tecnológica verde que el Foro de Davos declara abiertamente que “la escasez de recursos está en primer lugar en la lista de mayores riesgos para los próximo 10 años”.

Ruanda, el mediador que ve peligrar su puesto

Ruanda firmó un acuerdo con la Unión Europea en febrero de 2024, para la exportación de minerales estratégicos (que no posee en su suelo, pero saquea en el este del Congo) a las potencias europeas, que cierran intencionadamente los ojos ante la ocupación y crímenes horrendos que comente el régimen ruandés en Congo desde que lo invadiera por primera vez en 1996.

Pudiera temerse que la reactivación del corredor de Lobito, con la ampliación que ya han empezado a poner en marcha las grandes compañías y potencias occidentales (a las que el régimen de Ruanda sirve desde su llegada al poder en 1994), van a mermar el tránsito de todo lo robado del Congo a través de los tradicionales mediadores de Kigali.

Muchos pensamos que por eso las masacres y crímenes cometidos por sus soldados destacados en Congo, que ahora se hacen llamar M23, se intensificaron durante el Foro de Davos, para mandar el mensaje de que no se les va a echar del tablero geoestratégico de los recursos congoleños tan fácilmente. Ya hacía dos años que ocupan ciudades congoleñas fronterizas como Bunagana, y el gobierno central ni se dignó a reaccionar, por supuesto, la comunidad internacional, ni caso. Desde esa semana del 20 al 24 de enero hasta hoy, el M23, y unos 5.000 militares ruandeses en su apoyo, han intensificado sus crímenes horrendos como la violación masiva de unas 170 mujeres encarceladas a las que después quemaron vivas, o la ejecución de niños que portaban armas robadas a soldados muertos, decapitaciones de civiles y combatientes y mucho más.

30 años de invasión y crímenes

Hace 30 años que los grupos rebeldes al servicio del régimen ruandés masacran y expolian al Congo, causando millones de muertos, desplazados, violaciones masivas como arma de guerra y otros crímenes de lesa humanidad… perfectamente documentados por la ONU y otros organismos. Lo han hecho bajo diferentes siglas: en 1996 llegaron con las AFDL, en 1998 se hicieron llamar RCD-Goma; después pasaron a ser CNDP en 2007, y por último, en 2012, cambiaron a M23. Siempre bajo el mando de las Fuerzas Armadas Ruandesas, pero haciéndose pasar por congoleños. Lo sabe todo el mundo.

Este pequeño país y su socio en el crimen, el régimen ugandés de Yoweri Museveni, no podrían haber llegado hasta aquí sin el respaldo y apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea.

Aunque el gobierno congoleño ha actuado en estos 30 años como aliado de los agresores, o al servicio de todos ellos, como en el caso actual, el pueblo congoleño sabe muy bien quién es su agresor: Occidente, a través de los delegados en la región, los regímenes de Ruanda y Uganda. Por eso, mientras Tshisekedi vendía su país en Davos y el M23 atacaba Goma, los manifestantes en Kinshasa quemaban las embajadas de las potencias implicadas en todo esto: Estados Unidos, Francia, Bélgica, Uganda, Ruanda y ¿Japón? ¿Por qué Japón? Me preguntó mucha gente, porque de las potencias asiáticas, Japón es el aliado de Occidente, no de los nuevos socios chinos que compran materias sin masacrar al pueblo. Japón es un sigiloso miembro del G7. La quema de su embajada es un mensaje claro de que el pueblo conoce demasiado bien lo que le pasa, hasta el último detalle.

El ejército congoleño está mal equipado y pagado, lleva años sufriendo infiltración en sus filas de “rebeldes” ruandeses bajo todas esas siglas mencionadas antes, con cada maldito acuerdo de paz impulsado por la comunidad internacional. Estos militares en el ejército congoleño al servicio de sus agresores vecinos, han asesinado a cada alto mando dispuesto a cumplir con su deber de combatir la agresión exterior, el último, el asesinato del General Chirimwami, el 23 de enero. La RDC no puede contar con su propio ejército.

Los agresores han ocupado los aeropuertos y las capitales de Kivu Norte y Kivu Sur, Goma y Bukavu respectivamente, además de otras ciudades mineras, con lo que la cadena de suministro no se ha detenido. Los muertos y desplazados se cuentan por miles. Los movimientos de autodefensa mal equipados y asistidos, se enfrentan en sangrientos combates contra el M23, equipado con tecnología y entrenamiento de alto nivel. El genocidio continúa en Congo y de momento no parece que los enésimos acuerdos de paz, como los de Luanda, vayan a detenerlo. Lo mismo ocurre con la enésima misión de paz, nada cambiará mientras no cambie el sistema al que sirve todo este infierno.

Rosa Moro

Madrid, 20 de febrero de 2025

 

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