Qué hay detrás del retroceso climático de Europa con los coches de combustión. Pedro Barragán
El reciente retroceso de la Unión Europea en su hoja de ruta para eliminar los coches de combustión no puede entenderse sólo como un ajuste técnico ni como una respuesta puntual a las dificultades del mercado. Es, ante todo, una decisión política que implica una renuncia doble: por un lado, rebajar los objetivos de lucha contra el cambio climático; y por otro, limitar el acceso de los consumidores europeos a vehículos eléctricos más baratos, especialmente los procedentes de China, mediante una combinación de aranceles, barreras regulatorias y un enfriamiento deliberado de la transición.
Durante años, la prohibición de vender coches nuevos de combustión a partir de 2035 ha sido uno de los pilares del Pacto Verde Europeo. No solo respondía a la urgencia climática, sino que ofrecía una señal clara a la industria y a los ciudadanos: el futuro del automóvil en Europa sería eléctrico, limpio y progresivamente más accesible. El giro de estos días -que sustituye la prohibición total por objetivos más laxos- rompe esa lógica y revela una prioridad distinta que no es sino una visión de protección cortoplacista de la industria automovilística tradicional, a costa del clima y del consumidor europeo.
Uno de los argumentos más repetidos para justificar el retroceso es que el coche eléctrico sigue siendo caro para muchos ciudadanos europeos. Pero esta afirmación oculta el hecho incómodo de que los coches eléctricos más asequibles ya existen.
Durante los últimos años, las marcas chinas han logrado reducir de forma significativa los costes de producción gracias a economías de escala, control de la cadena de suministro de baterías y una apuesta decidida por la electrificación. El resultado son vehículos eléctricos competitivos en precio, en muchos casos mucho más baratos que los modelos europeos equivalentes, incluso antes de las ayudas públicas.
En lugar de ver esta realidad como una oportunidad para acelerar la electrificación y democratizar el acceso al coche eléctrico, la UE ha optado por dificultar su entrada en el mercado mediante fuertes aranceles y medidas defensivas, con el argumento de proteger a los fabricantes europeos de una “competencia desleal”.
El resultado claro es que los consumidores europeos pagan más por coches eléctricos más caros o, directamente, retrasan su compra, mientras se mantiene artificialmente en el mercado el coche de combustión.
La imposición de aranceles a los vehículos eléctricos chinos se presenta oficialmente como una defensa de la industria europea. Sin embargo, desde el punto de vista del consumidor, el resultado es negativo. Menos competencia significa precios más altos, menos oferta y una transición más lenta.
En la práctica, Europa está diciendo a sus ciudadanos que no pueden acceder a coches eléctricos más baratos porque eso pondría en riesgo a fabricantes que no han logrado adaptarse con la suficiente rapidez. Es una inversión del principio básico del mercado único europeo, que históricamente ha defendido la competencia como mecanismo para mejorar precios y calidad.
Esta política no solo perjudica a quienes quieren comprar un coche eléctrico hoy, sino que debilita la presión competitiva necesaria para que los fabricantes europeos aceleren la innovación y reduzcan costes. Proteger indefinidamente a la industria no la hace más fuerte; la hace más dependiente de decisiones políticas.
La consecuencia directa de esta estrategia es el retroceso deliberado en la lucha contra el cambio climático. Al frenar la electrificación y permitir que los coches de combustión sigan vendiéndose durante más tiempo, la UE acepta más emisiones de CO₂, más contaminación urbana y una mayor dependencia de combustibles fósiles.
Este sacrificio climático se presenta como un mal menor para “ganar tiempo”, pero en realidad encarece la transición. Cada año adicional de retraso obliga a recortes más bruscos en el futuro y aumenta los costes sanitarios y ambientales asociados al transporte por carretera.
El error es tremendo. Mientras Europa frena la electrificación en nombre de la competitividad, el liderazgo industrial del automóvil se está desplazando en el mundo hacia el vehículo eléctrico. Retrasar esa transición lejos de proteger el empleo a largo plazo, lo está poniendo en serio riesgo.
Este giro europeo también tiene una dimensión geoestratégica clara. Bajo la retórica de la “autonomía estratégica”, la UE está adoptando un enfoque de confrontación comercial con China que replica, en gran medida, la política impulsada por Donald Trump. Los aranceles, la desconfianza sistemática y la subordinación de los objetivos climáticos responden a la lógica de bloques norteamericana, una lógica que trágicamente se basa ya en el abandono total de los Acuerdos de París por parte de EEUU y en la negación del cambio climático.
Pero el problema, además, es que Europa no juega con las mismas cartas que Estados Unidos. Washington puede permitirse una política industrial agresiva apoyada en subsidios masivos, energía barata y un mercado interno enorme. Europa, en cambio, depende de la importación de energía, tiene mercados fragmentados y necesita más que nadie acelerar la transición energética.
Imitar esa estrategia debilita a Europa y convierte la política climática en una variable secundaria de una disputa geopolítica que para nada beneficia a los ciudadanos europeos.
La marcha atrás en los objetivos climáticos y el cierre del mercado a vehículos eléctricos más competitivos envían la preocupante señal de que las reglas se pueden cambiar cuando la transición se vuelve incómoda. Y si para los inversores esto genera incertidumbre, para los ciudadanos se traduce en promover el escepticismo hacia la transición verde.
Si el coche eléctrico sigue siendo caro y el de combustión sigue disponible, muchos optarán por posponer el cambio. El resultado es una transición más lenta, más desigual y socialmente más injusta.
El retroceso climático de Europa en el sector del automóvil no responde a una imposibilidad técnica ni a una falta de alternativas. Responde a una decisión política consciente de frenar la electrificación, penalizar la entrada de coches eléctricos chinos más competitivos y aceptar más emisiones a cambio de proteger a corto plazo a una industria que llega tarde.
Esta estrategia sacrifica el clima y los derechos del consumidor europeo, que podría acceder antes a vehículos eléctricos asequibles. Además, reproduce una lógica geoestratégica de confrontación que beneficia poco a Europa y mucho menos a sus ciudadanos.
(Aparecido en Público, el 30 de diciembre de 2025)









