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La batalla por el relato sobre China. Pedro Barragán

La información sobre China que recibe la sociedad española está condicionada por simplificaciones, prejuicios y marcos ideológicos importados. La mayor parte del ecosistema mediático, académico y político español analiza al país asiático desde una perspectiva occidental y, en particular, desde las categorías establecidas por la guerra estratégica de Estados Unidos contra China. El resultado es una imagen deformada donde China convive con exageraciones, sospechas presentadas como hechos y noticias descontextualizadas que contribuyen a consolidar una percepción negativa del país.

Sería ingenuo explicar este fenómeno únicamente por el hecho de que China sea un país socialista. El componente ideológico es indudable, pero la actual confrontación tiene una dimensión mucho más actual: China ha experimentado en apenas cuatro décadas una transformación sin precedentes que la ha convertido en la principal potencia manufacturera mundial, que ha sobrepasado a la economía estadounidense y que cuestiona una supremacía occidental que durante décadas parecía incontestable.

Ese cambio explica la guerra desatada contra China en sectores decisivos para el futuro como son los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, las infraestructuras digitales y las tecnologías avanzadas. A esta guerra tecnológica se suma una batalla política y cultural por denigrar el ascenso chino y para imponer un modelo de relaciones internacionales que bloquee a China.

España y Europa no permanecen al margen de esa guerra. Buena parte de la información internacional consumida en nuestro país procede directa o indirectamente de agencias, medios, centros de análisis y fuentes anglosajonas. Esto no invalida automáticamente sus informaciones, pero sí debería obligarnos a preguntarnos hasta qué punto España dispone de una mirada verdaderamente autónoma sobre China. Cuando las mismas fuentes y conceptos ideologizados se reproducen una y otra vez, el pluralismo es aniquilado y sólo nos queda la uniformidad interpretativa antichina.

El caso de la proyectada fábrica de automóviles de SAIC Motor en Ferrol constituye un buen ejemplo. La posibilidad de instalar una planta vinculada al fabricante chino propietario de MG, con una importante inversión y capacidad para generar empleo, ha quedado rápidamente asociada en el debate público al espionaje y a la seguridad nacional debido a su proximidad al Arsenal de Ferrol y a instalaciones de Navantia.

Es perfectamente legítimo que los servicios de inteligencia y el Ministerio de Defensa analicen los riesgos derivados de cualquier inversión extranjera situada cerca de instalaciones militares estratégicas. Lo tendencioso comienza cuando una evaluación interna de seguridad se transforma, filtrándola de forma abrumadora en los medios, en una insinuación de espionaje chino. El apoyo final de Defensa a la inversión se ha producido cuando el marco narrativo de la “amenaza china” ya había ocupado los titulares. La sospecha viaja más rápido que la rectificación y ha dejado una huella mucho más profunda en la opinión pública.

Este mecanismo se repite con demasiada frecuencia. Una hipótesis se convierte en alerta; una alerta, en sospecha; y la sospecha termina instalada en el imaginario colectivo como si fuera un hecho probado. No hace falta inventar completamente una noticia para desinformar. También se desinforma seleccionando datos, suprimiendo contexto, exagerando riesgos o utilizando sistemáticamente un lenguaje destinado a conducir al lector hacia una conclusión determinada.

China puede ser sometida a crítica, como Estados Unidos, la Unión Europea o cualquier otro país. Pero crítica no significa demonización, como tampoco resulta intelectualmente aceptable aplicar criterios diferentes dependiendo del país analizado. Si las inversiones, las tecnologías o las empresas chinas se consideran potencialmente peligrosas por su nacionalidad, deberían explicarse las evidencias concretas que justificarían cada acusación, en lugar de convertir el origen chino en una prueba implícita de culpabilidad.

España necesita construir un conocimiento propio sobre China, con más fuentes directas y menos dependencia de interpretaciones producidas en el contexto de la guerra de Washington contra Pekín. De lo contrario, quedará patente que estamos asumiendo como propios los intereses estratégicos norteamericanos y confundiendo información con propaganda política.

El ascenso de China está modificando el equilibrio económico, tecnológico y político mundial. Precisamente por eso existe una intensa batalla por construir el relato sobre ese ascenso. España debería evitar convertirse en un consumidor pasivo de esa manipulación narrativa norteamericana . En estos tiempos de guerra tecnológica, económica y cultural, esa independencia de criterio sería una condición básica para disponer de una política exterior verdaderamente autónoma.

(Publicado en el sitio web de Unión Proletaria, el 28 de agosto de 2026)

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