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Resolución de las Jornadas «Imperialismo y Coronacrisis»

Los participantes en el encuentro «Imperialismo y coronacrisis», convocado por el FAI y celebrado los días 13 y 14 de junio de 2020, han emitido la siguiente Resolución General como resultado del encuentro:


RESOLUCIÓN JORNADAS JUNIO 2020

El Frente Antiimperialista Internacionalista (FAI) ha celebrado los días 13 y 14 de junio de 2020 unas jornadas antiimperialistas, que debido a las restricciones impuestas a las libertades de circulación y reunión para hacer frente a la pandemia del COVID-19 se han desarrollado de modo telemático.

En estas jornadas se ha llevado a cabo la discusión de una Ponencia central que ofrece un extenso análisis de la Coronacrisis. Se han analizado en detalle los antecedentes económicos, políticos y geoestratégicos significativos, que explican la gravedad y profundidad de la misma; se han enumerado y descrito las tendencias que parecen consolidarse, se transforman o emergen como consecuencia de la Coronacrisis; y se han apuntado previsiones plausibles sobre lo que cabe esperar que ocurra en el futuro próximo.

En todo ese proceso de discusión se ha constatado una vez más que la fragmentación es una estrategia de la dinámica imperialista. La fragmentación crea una imagen parcial fácilmente manipulable de la realidad, debilita el pensamiento dando lugar a reflexiones igualmente parciales e incoherentes. Presenta los escenarios de lucha como espacios inconexos, elimina el vínculo entre los sucesos y las causas que los originan, y dificulta la unidad de acción, ocultando aquellos aspectos clave que estos escenarios tienen en común. En esas condiciones es muy difícil elaborar argumentos a favor de una acción coordinada y unitaria.

La fragmentación opera en dos planos diferentes, porque afecta tanto a los Estados como a los movimientos. Esos dos planos muchas veces se superponen e interactúan, pero en otras ocasiones siguen caminos separados. Lo mismo ocurre con las formas de resistencia que desarrollan tanto los Estados como los movimientos. En todo caso, en gran medida el panorama actual es un mosaico de organizaciones y movimientos que sólo parcialmente piensan y actúan de manera colectiva.

La fragmentación busca disolver las formas organizadas de resistencia, porque la organización es el instrumento que permite sostener las luchas y reforzar la unidad de pensamiento y acción. Para superar la fragmentación necesitamos apostar por la integralidad, un enfoque que contemple todos los elementos que conforman una situación determinada y la relación entre ellos.

Es necesario y urgente este enfoque en el análisis de los acontecimientos que debe ser capaz de interpretar y ordenar una realidad compleja y contradictoria bajo la forma de un diagnóstico que sea sintético y, en la medida de lo posible, fácil de transmitir y de comprender. Este enfoque ha de aplicarse también a la acción, tratando de considerar y articular, bajo criterios de acción comunes, iniciativas de resistencia en escenarios muy diversos. Y lo mismo ocurre también en el caso de la organización, que no puede devenir un fin en sí mismo sino que ha de ser construida y cuidada como el instrumento necesario para dar impulso a un proceso de acumulación de fuerzas, alimentando y manteniendo tanto el análisis como la acción en los términos que se han descrito.

De acuerdo con estos principios, esta resolución expone primero los contenidos del diagnóstico construido en las jornadas, y después propone un plan de acción y organización.

I. Diagnóstico de la fase actual

El mundo estaba ya en una profunda crisis antes de que se desencadenara la pandemia del COVID-19. Una crisis que alcanzaba a todos los elementos estructurantes del sistema-mundo en el que vivimos: el capitalismo. Esa crisis, por tanto, ya se manifestaba en todos los órdenes esenciales de la vida, y ya la estaban sufriendo millones de personas en todo el mundo.

Décadas de políticas neoliberales han dejado tras de sí unas sociedades marcadas por la desigualdad en todas las escalas, mundial, regional, nacional, esto es, explotadas, fragmentadas, segregadas, compartimentadas y jerarquizadas. En todas esas escalas la lógica dominante ha sido la del fascismo social, es decir, la de la guerra del penúltimo contra el último.

La crisis profunda que ya se venía desarrollando también tenía repercusiones sobre la lógica imperialista. Durante 75 años EEUU ha hegemonizado la coalición imperialista occidental y dirigido su expansión por todo el planeta, sin embargo, en la última década ha iniciado su declive. En estos momentos EEUU solo es hegemónico en términos ideológico-culturales, que constituyen un elemento clave de su dominación y que acompañan a todo tipo de agresiones en forma de propaganda de guerra. La Unión Europea es uno de los principales aliados de los EEUU, al que se mantiene subordinada, aunque existen contradicciones que nunca llegan a ser antagónicas. Desde hace tiempo es un proyecto estancado y con notables dificultades para superar sus fracturas territoriales y mantenerse a flote.

En este contexto, se dan todas las circunstancias para que EEUU intente la recolonización de América Latina, un espacio que contiene todos los recursos que EEUU necesita para mantener su “modo de vida” y recuperar su hegemonía mundial, pero necesita controlar esta área sin restricciones. Mientras tanto, la agresión imperialista continua por el mundo con zonas especialmente calientes como Oriente Próximo, África y la propia América Latina. Por otro lado, el bloque euroasiático, formado en torno a la alianza ruso-china, emerge avanzando en todos los campos y lo hace con un modelo que no puede asimilarse al del mundo occidental.

En resumen, la crisis del 2007 no ha limitado la guerra sino que la ha intensificado. Una guerra cuyo escenario es todo el planeta, dirigida contra quien dificulte o impida la expansión de la coalición imperialista, que utiliza cualquier medio y no pone límites al ejercicio de la violencia. De forma habitual las acciones de esta guerra se justifican como actuaciones en defensa de la libertad y de la democracia al mismo tiempo que se vulneran flagrantemente los derechos humanos. Dentro de esta guerra-mundo, la guerra económica es la opción de este momento, disfrazada bajo eufemismos como “sanciones”, “embargos” o “incautaciones”; se combina con la guerra mediática y las amenazas e intervenciones militares. Es una guerra oculta porque no produce imágenes cruentas y porque la propaganda se encarga de convertir en responsables a los gobiernos y a los Estados a los que se quiere aniquilar.

Las víctimas que produce el capitalismo y el imperialismo no son solo las que nos muestran los medios: son la mayoría de la población, son las víctimas de la explotación, de la injusticia de la represión, pero también del saqueo y la dominación imperialista. A pesar del bloqueo y de la censura informativa vemos que surgen constantemente focos de resistencia, lo que demuestra que la gran diferencia de fuerzas a favor de los agresores no es suficiente para determinar el resultado. La eficacia de estos focos de resistencia sería mayor si actuasen de forma coordinada.

Desde finales de 2018, y a lo largo de 2019, diferentes instituciones internacionales (FMI, OCDE, UE), ya venían anunciado una crisis inminente, señalando que “los mejores años han quedado atrás” y que “sería un error considerar estos cambios como factores temporales: son estructurales”. Esta crisis inminente era caracterizada por esos mismos organismos como estructural y a largo plazo, pero ha quedado oculta al estallar la pandemia del COVID-19. A partir de ese momento, un hecho fortuito e imprevisible, del que nadie se hace responsable, es el que nos conduce a los cambios que ya estaban anunciados. Se justifica así una reestructuración económica, política y social que ya estaba anunciada y que implica graves consecuencias para la mayor parte de la población.

La mayoría de los países desarrollados se han mostrado incapaces de afrontar la pandemia: los sistemas sanitarios han colapsado y los mecanismos de cooperación internacional no han funcionado. El caso de la UE es especialmente grave e ilustrativo: ha actuado con descoordinación, con una absoluta falta de cooperación y mostrando que carece de unidad política y social. A su vez, EEUU no ha jugado un rol protagonista, y sus autoridades han actuado con torpeza e insolidaridad; tampoco la OTAN ha facilitado la coordinación sanitaria entre supuestos aliados. La izquierda institucional no ha sido capaz de entrar al fondo de la cuestión ni de plantear una alternativa sólida, y en vez de eso, se ha limitado a ofrecer propuestas de gestión, paliativas y coyunturales, y en las que se aprecian signos de autoritarismo. Por otra parte, algunos países (notablemente Cuba, Venezuela, Nicaragua, Rusia, China, Vietnam, el estado indio de Kerala…) han mostrado una gran capacidad para enfrentar la crisis de forma colectiva al mismo tiempo que han realizado notables esfuerzos para prestar ayuda a otros países.

La Coronacrisis pone una vez más de manifiesto que el sistema capitalista intenta superar sus dificultades a través del aumento de las desigualdades y del recurso a la violencia, y que no renuncia a sacar partido de cualquier situación, por grave o trágica que sea. Por otra parte, también revela que aquellas sociedades que cuestionan con mayor radicalidad la lógica capitalista son precisamente las que están consiguiendo responder a la pandemia no desde el autoritarismo y la desigualdad sino desde el compromiso colectivo, la defensa de lo común y la protección de los más débiles.

Por eso, de cara a un futuro próximo, lo más probable es que se siga aprovechando la actual situación para acelerar y llevar aún más lejos de lo inicialmente imaginable el proceso de reconfiguración del orden global.

Esa reconfiguración profundizará la tendencia ya iniciada de vaciamiento de las instituciones, debilitándolas y destruyéndolas. El orden internacional, más allá de ser vulnerado, será ignorado, imponiéndose paso a paso una forma de ejercicio del poder basada en el autoritarismo y el empleo de la fuerza, reforzando todos los mecanismos necesarios para ello. La guerra imperialista se recrudecerá, también en su dimensión militar, para dar continuidad e intensificar las dinámicas de acumulación por desposesión. De otra parte, el bloque euroasiático verá reforzado su prestigio e influencia y tendrá la oportunidad de seguir su propio camino.

La articulación y el aumento de los discursos que buscan contrarrestar las aspiraciones de quienes resisten, o de quienes podrían incorporarse a procesos de resistencia, no ha cesado de producirse durante la Coronacrisis. Entre ellos es especialmente significativo el que habla de la vuelta a la (nueva) normalidad. Aunque el discurso del retorno a la normalidad trate de inducir en nosotros la visión nostálgica sobre lo que ha quedado atrás, lo cierto es que no hay razones para añorar un pasado marcado por la desigualdad y la violencia y que es causa fundamental de la dramática situación actual. Tampoco tienen fundamento real los intentos de construir un horizonte de esperanza basado en la nueva normalidad para pasar el trago y que se acepte la nueva situación.

Tal y como sucedió ya en la crisis de 2007-9, la nueva normalidad está marcada por la necesidad de garantizar e incrementar la rentabilidad de las inversiones, es decir, proteger e incrementar la tasa de ganancia. El resultado será una regresión social global, en la que la imposibilidad de recurrir solo a mecanismos económicos tradicionales se compensará con políticas de endeudamiento que serán cada vez más agresivas contra la clase trabajadora y que supondrán una enorme limitación para la implementación de políticas de apoyo social.

Para quienes no se dejen seducir por el discurso de una nueva normalidad el sistema reserva una tercera opción: el conformismo atomizado, servil e impotente que se resume en la frase “es lo que hay”. La normalidad se convierte entonces en un estándar de lo cotidiano que distingue a los “triunfadores” de los “fracasados”, convirtiendo las situaciones sociales en efecto de las buenas o malas decisiones, el esfuerzo o la desidia, de los individuos, ocultando los factores estructurales.

Estas tres vías de legitimación ideológica (la normalidad, la nueva normalidad y el conformismo) están sustituyendo a los discursos que evocaban el “cambio” y la “novedad”. Esos discursos ya no sirven para legitimar el poder porque en la situación actual la gente teme las consecuencias de los cambios que se vislumbran. Paradójicamente, durante las últimas décadas, era frecuente que las oligarquías enarbolaran la bandera del “cambio” para conseguir que todo se mantuviera inmóvil, y, ahora que las cosas cambian, apuestan por presentar esos cambios como “normales” para encubrir que sus efectos serán devastadores.

La Coronacrisis, y la nueva fase que inaugura, ponen de manifiesto con más fuerza la necesidad de construir un frente internacional antiimperialista que integre al conjunto de movimientos de resistencia, tanto a los que tienen una trayectoria de décadas como a los nuevos que van surgiendo. La actual situación de la lucha de estos movimientos, en muchas ocasiones invisibilizados o desconocidos, continúa manteniendo rasgos de fragmentación y no puede sostenerse indefinidamente en un contexto tan adverso.

En diferentes lugares del mundo se desarrollan luchas de resistencia antiimperialista; países, gobiernos, Estados, pero también pueblos originarios y comunidades oprimidas, se han enfrentado y se enfrentan al descomunal poder de la coalición imperial occidental. A pesar de la existencia de alianzas, estas continúan siendo parciales y en muchos casos coyunturales. Frente a ellas se sitúa un enemigo fuertemente cohesionado en sus principios, sus objetivos, su organización y su unidad de acción; elementos todos ellos de los que todavía carecen la mayoría de las luchas de resistencia.

La resistencia en una situación como la que estamos describiendo puede parecer imposible, pero no debemos olvidar que lo que es posible y lo que es imposible es una construcción político-ideológica que se nos transmite desde el poder. Del mismo modo que el miedo se alimenta de la ignorancia pero se contrarresta con conocimiento, conciencia política y acción colectiva; es necesario que la movilización política esté ideológicamente vertebrada y sustentada en un diagnóstico político para poder avanzar.

En un contexto tan hostil es tarea irrenunciable la construcción de formas de organización popular que desemboquen en procesos revolucionarios cuyo objetivo último sea la ruptura radical con la lógica del sistema y la apertura de nuevos horizontes colectivos. Esa tarea tiene dos vertientes simultáneas, pues además de impulsar procesos de organización popular, hay que dotarlos de los medios necesarios para su defensa.

La evidencia histórica señala que permanecer y triunfar frente al imperialismo necesita ineludiblemente de la participación y el compromiso masivo de los pueblos. En los procesos de construcción de organización popular la participación es determinante y, para que podamos hablar realmente de participación, ésta ha de ser: colectiva, organizada, con tareas propias y capacidad de decisión. La participación que cumple estas características surge de la conciencia de que participar políticamente supone asumir un riesgo, y de que ese riesgo tiene una contrapartida: al tener tareas propias y capacidad de decisión, la organización popular estructura una nueva relación con el poder.

Se debe tener en cuenta que toda forma organizativa determina a su vez una forma de comportamiento. Por eso, no hay proceso de organización popular que se pueda construir desde la neutralidad ideológica, y que carezca de un pensamiento político-ideológico propio. Romper con la neutralidad ideológica no es una cuestión de radicalidad discursiva ni de consignas vacías, sino que tiene que ver con la adopción de criterios de intervención política, con el desarrollo de una estrategia de acción coherente con esos criterios, y con mantener un compromiso de lucha para defender esa posición.

Como se plantea en los “principios políticos” del FAI, “es imprescindible que el antiimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio, recuperando la noción del socialismo como el horizonte a conquistar”, porque la explotación y el dominio, imperialismo y capitalismo, no son realidades autónomas sino realidades interdependientes, son las dos caras de una misma moneda. La idea de “frente” se caracteriza precisamente por concebir la unidad de quienes siendo diferentes tienen un objetivo común y comparten unos mismos principios.

Por eso mismo, romper con la neutralidad ideológica nos conduce a emplear un término inequívoco, sin ambivalencias fácilmente manipublables, y por tanto a asumir el internacionalismo como criterio esencial de actuación política. Esto implica el compromiso activo con la defensa de la igualdad política de todos los pueblos, con la aceptación de las diferencias, con el fomento de la cooperación y con el desarrollo de la solidaridad de clase.

En esta nueva fase los objetivos estratégicos del FAI mantienen su vigencia, y por tanto mantenemos nuestros planes de acción para seguir avanzando en esa dirección.

II. Plan de acción y organización

El FAI, siendo consecuente con los principios políticos que condujeron a su creación y con este diagnóstico actualizado, propone una estrategia política que articulará dos objetivos:

1.- el desarrollo y sostenimiento de una conciencia antiimperialista en los espacios a los que tiene acceso;

2.- el impulso a una unidad antiimperalista que mejore las condiciones de resistencia.

Por lo tanto, los elementos fundamentales del plan de acción tienen que ver con el desarrollo de un enfoque integral que contemple, en el plano del conocimiento y el análisis, todos los elementos esenciales de los acontecimientos y su interrelación. Tienen que ver también con el fomento de una unidad de acción y no solo de pensamiento, y con la contribución a construir las herramientas organizativas necesarias para asegurar que el análisis y la acción se sostienen en el tiempo y se ven reforzados.

Esos elementos fundamentales del plan de acción se concretan en las siguientes líneas de actuación:

1. Línea de acción centrada en la construcción de espacios de unidad antiimperialista

Se prevé desarrollar un trabajo continuado para la unidad antiimperialista en colaboración, ante todo, con personas y organizaciones ubicadas en el entorno del FAI.

2. Línea de actuación centrada en la integralidad de la acción

2.1. Acciones articuladas a través de Campañas. Con el fin de contribuir a una visión integral que articule acciones concretas se propone actuar mediante campañas cuyos objetivos están claramente definidos por los principios políticos. Las campañas implican una acción continuada de análisis, debate y acción sobre aquellos temas que constituyan el eje de cada campaña; implican asimismo la selección de cada una de ellas, y su seguimiento. Las campañas se podrán realizar por iniciativa propia o incorporándonos a las que lleven otras organizaciones.

Primero: Las campañas concretan los principios políticos.

Segundo: Tienen que ser coherentes con los objetivos de desarrollar y consolidar conciencia antiimperialista, así como su conexión entre todas las luchas de resistencia antiimperialista.

Tercero: Se activan y priorizan las acciones de cada campaña en función de los criterios de jerarquización que se hayan establecido en el momento.

Cuarto: Las Campañas se coordinan y refuerzan entre sí para fortalecerse.

2.2. Respuestas internacionalistas.

Primero: Desarrollar vías de comunicación y coordinación en el campo antiimperialista para mejorar la capacidad de acción y reacción.

Segundo: En coherencia con lo anterior, es preciso seguir trabajando en la articulación con espacios antiimperialistas en el ámbito internacional, y simultáneamente reforzar la coordinación con movimientos sociales, locales e internacionales, en la doble vertiente de fomentar la conciencia antiimperialista y desarrollar espacios de acción común.

3. Línea de actuación centrada en la integralidad del análisis: Desarrollo de herramientas de formación, análisis y debate que alimenten la unidad antiimperialista e internacionalista

Primero: Potenciar herramientas que ya se han puesto en marcha como conversatorios, tertulias, materiales pedagógicos. Y diseñar y desarrollar un programa de conversatorios telemáticos con los mismos criterios.

Segundo: Desarrollar un programa de debates internos sobre aquellos temas en los que el FAI no ha establecido criterios comunes o no los ha desarrollado.

Tercero: Las herramientas tienen que ser coherentes con los criterios de participación: elaboración colectiva, organizada, asumiendo tareas y capacidad de decisión. También se tiene que buscar coherencia entre las herramientas y los principios políticos.

Cuarto: Uno de los objetivos de las herramientas que se construyan será alimentar las Campañas de resistencia.

Quinto: Se coincide en la conveniencia de desarrollar, en unos meses, unas nuevas jornadas internacionalistas, continuidad de las recién realizadas.


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