ArtículosCampaña: Crímenes de EEUU contra la humanidadDestacadosVíctimas y Resistencias

Show time!

Que la pandemia va a reconfigurar el mundo, los usos civilizatorios y las correlaciones de poder, ya es un premisa indiscutida. Y en esa categoría de poder, entran tanto las relaciones de clase, como las dinámicas geopolíticas entre las naciones, y por supuesto entre los bloques estratégicos. Sin embargo, no es motivo de este artículo aportar nuevas miradas a estas eventuales metamorfosis ya en ciernes y en pleno –e incierto– desarrollo.

Mucho se ha dicho ya sobre los nuevos escenarios posibles, sobre los cambios más o menos probables referidos al deterioro definitivo –o el rearme bajo la forma de un nuevo Golem devastador– del capitalismo. Casi nadie discute, tras las cifras de la economía global, que esta crisis movió los cimientos de la modernidad como ningún otro evento desde 1789, o  bien 1945, si preferimos ésta última referencia. Y ante tanta incertidumbre, quizás la frase más simple, afortunada y elocuente que escuché por ahí fue la del sociólogo argentino Atilio Boron cuando con muy socrática y eficaz simpleza afirmó: “la moneda está en el aire. Veremos de qué lado cae”.

En esta crisis, cuyos movimientos tectónicos no han acabado –o quizás solo estén comenzando–  y los edificios más sólidos y prometedores del sistema mundial sufren nuevas grietas cada día, nada está dicho. Si será cara –ganan los pueblos– o ceca –ganan los cadavéricos dueños del mundo– está por verse.

El hecho de que en España se haya aprobado el viernes 29 de mayo pasado el Ingreso Mínimo Vital para casi un millón de hogares, sirve como un indicio de que Keynes ha vuelto para quedarse. La soñada Renta Básica Universal Incondicional ya asoma por Europa, aunque le cambien el nombre y las taxonomías para evitar resonancias marxistas que inquietan a más de uno, incluidos los beneficiados. Pues aunque cueste creerlo, para los capitalistas de shopping, los consumistas iletrados que repiten slogans prefabricados y para las shit class (las clases medias) del mundo que defienden el yugo que les dobla la cerviz, estos avances socializantes que impone la pandemia son un peligro. Ese segmento que no piensa más allá de su tarjeta de crédito, y que simplemente es pensado desde afuera (fenómeno maravillosamente  útil a su propia explotación y al pensamiento único), cree que se aproximan los cuatro jinetes del Apocalipsis marxista. A caballo –dicen– vienen Marx, Engels, Saint-Simón, y el más bravo de todos: Stalin. No pueden ni quieren ver que los verdaderos cuatro jinetes de la muerte ya llegaron hace dos siglos y campean a sus anchas en este sistema brutal que margina a miles de millones de seres e infecta la convivencia de las naciones con sus dialécticas necrófilas. Resultan incapaces de razonar que los campos ya fueron devastados, los pueblos oprimidos y las guerras desatadas sin ningún pudor o límite. Hoy el mundo se parece mucho a ese siniestro lienzo pintado hacia 1560 por Pieter Bruegel el viejo, titulado El Triunfo de la Muerte. No alcanzan a discernir que hoy la muerte, la peste, la pandemia, los bloqueos a Estados soberanos, las amenazas de nuevas guerras y las hambrunas evitables, son patrimonio del capitalismo. No de un poco probable comunismo que pregonan los que ni siquiera sabrían decir media palabra sobre Marx o su obra, o al menos ubicarlo cronológicamente. Hablan de comunismo aquellos que no podrían mencionar en un test básico ni a dos de los presidentes de la ex Unión Soviética.

Pero más allá de estas trivialidades, lo cierto y lo que indica cierto buen juicio en esta hora de quietud impuesta, es sentarse a mirar. Pero a mirar contemplativamente, como un ejercicio cotidiano de reflexión profunda. Esto es, utilizando ese poderoso binóculo que es la inteligencia crítica, mal pensante y suspicaz,  y así ver la tragicomedia que se despliega frente a nosotros (y con nosotros). O como dirían los estadounidenses… Show Time!

En este tiempo de raros espectáculos con actores malos, que no nos resulte extraño ver que lo mejor del show esté escenificándose en Estados Unidos. Es allí, en la mayor potencia global, donde ahora se inscriben los índices más nefastos de contagios y muertes y –vaya paradoja– inoperancia del Estado. Que hayan muerto 100.000 personas por falta de respiradores o atención sanitaria primaria en un país que posee 1.700 agencias gubernamentales para controlar, fiscalizar, autorizar o regular, e incluso para espiar y conspirar y “hacer más segura la vida de los estadounidenses” parece un guión sacado de una tragedia de Luigi Pirandello. Un país que lanza a diario bombas y misiles de un millón de dólares cada uno, como si fueran confeti, pero no socorre a sus ciudadanos, es un dato insoslayable de su brutal decadencia. Y al igual que una casa precaria parece segura en tanto no se la ponga a prueba, lo mismo sucede con la sociedad global y las estructuras nacionales. Con la civilización, en síntesis.

En este momento crucial no se me ocurre mejor metáfora que la historia de los tres cerditos acosados por un peligro externo: un lobo que sopla y derriba lo que parecía inamovible. Nuestro lobo actual es uno cuyo aliento infecto mata vidas y derrumba seguridades. Y según vemos, en esta fábula Estados Unidos ocupa el lugar del cerdito más displicente, confiado y candidato a perecer.

¿Es eso posible?

Evidentemente sí. La sociedad estadounidense tiene características únicas que la fueron moldeando a través de su historia social, científica, artística y cultural, pero también sus racismos, sus intolerancias doctrinales, su militarismo y sus mitos históricos. Sobre todo, porque algunos de  ellos terminaron en la letra impresa de su Carta Magna, heredera del derecho consuetudinario inglés. Hoy en Estados Unidos, por gracia de su Segunda Enmienda, sus ciudadanos pueden guardar, poseer y portar armas y formar milicias paramilitares, lo cual convierte a esa nación en un país con severo riesgo de implosión interna en momentos de crisis global.

En el territorio estadounidense actualmente operan 77 milicias civiles bien organizadas, fanatizadas y armadas hasta los dientes, diseminadas en toda su geografía. Su principal eje vertebrador es un supremacismo blanco enfocado en un odio orgánico contra el Gobierno Federal. Estos grupos entrenados, sin duda alucinados en su propia espiral conspiranoica (no por ello carente de fundamento en muchos casos) esperan desde hace décadas tener una oportunidad para saltarle al cuello a un sistema que consideran opresivo, vigilante y aliado del sionismo internacional, cuyas mayores expresiones serían la Reserva Federal y la propia Casa Blanca.

Como muestra de su potencial poder, bastaría recordar el atentado en 1995 contra un edificio federal de Oklahoma perpetrado por Timothy McVeigh, un ultraderechista de 27 años, ex combatiente de la Primera Guerra del Golfo y que con un coche-bomba mató a 168 personas, hirió a 800 y produjo daños por casi 700 millones de dólares en 260 edificios circundantes. Muchos como Timothy son lo que esperan que la mecha se encienda y comience el American Chaos. Ellos y también los afroamericanos, aunque por razones muy diferentes.

La reciente muerte de un hombre negro, George Floyd, en Minesota, a manos de un policía que lo dejó agonizar durante minutos mientras lo ahorcaba con su rodilla en el cuello (ver video adjunto), ha desatado la ira racial en todo el país una vez más. Al momento de escribir este artículo, la capital del Estado, Minneapolis, se ha convertido en una zona de guerra con su Departamento de Policía incendiado, dos grandes superficies de la cadena Wall Mart totalmente quemadas y las calles tomadas por norteamericanos de todas las razas para pedir justicia. Algo similar ocurre en otras muchas ciudades del Medio Oeste, en donde incluso las pequeñas fuerzas policiales condales confrontan y desobedecen al Gobierno Federal por razones relacionadas con la pandemia.

Los focos de tensión son múltiples en EE.UU, país que ha ido arrinconando a sus ciudadanos y ciudadanas para beneficiar a sus élites, configurándose con los años como una verdadera plutocracia ateniense que ha pervertido su democracia, tal como hace 2.500 años sucedió en Grecia. De aquella crisis republicana, en donde los ricos eupátridas secuestraron las instituciones atenienses en su propio beneficio, surgió un reformador. Fue Solón el que devolvió al pueblo sus prerrogativas y amplió los horizontes de la República. Proceso que en los Estados Unidos está aún pendiente, acaso desde su fundación, esperando su hora para irrumpir.

Mientras tanto, pensemos que es un buen momento para buscar asiento y mirar lo que sucede en el epicentro mundial de esta modernidad decadente. Veamos cómo un país peligroso para el resto de las naciones puede implosionar por un virus que ha inmovilizado sus fábricas. Una epidemia que ha comprometido sus flotas de guerra y sus bases en todo el mundo. Que logró ralentizar sus ejércitos y lesionar su militarismo psicótico. Un país donde mueren miles cada semana y que comienza a ser mordido en sus talones por hordas furiosas de fanáticos armados, de oprimidos, de marginados violentamente y también de aburridos indecisos con ganas de disparar al aire.

Show Time!


Los videos que siguen son las grabaciones del momento en que dos afroamericanos son detenido y asesinados por la policía de manera similar: Eric Garner (video superior) en 2014 y más abajo la reciente muerte de George Floyd en Minesota.  

(Publicado en el blog del Capítulo Argentina de la Red en Defensa de la Humanidad, el 31 de mayo de 2020)

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