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Caracas, el termómetro de la firmeza. Geraldina Colotti

¿Después de veintisiete años de esperanza, movilización y experimentación, realmente ha terminado el impulso propulsor del laboratorio bolivariano? ¿Ha llegado a su fin el experimento socialista, proclamado por Hugo Chávez en 2005 ante los movimientos altermundistas en Porto Alegre como la única alternativa real a la barbarie del capital? ¿De verdad todo se está resolviendo en la ignominia y la traición de sus dirigentes, como gritan los tribunales permanentes de las redes sociales? Y, sobre todo, ¿qué espacios reales le quedan a la alternativa sistémica ante la absoluta ausencia de relaciones de fuerza favorables a nivel continental, mientras el Comando Sur preside de forma estable las aguas del Caribe, asedia a Venezuela y amenaza la existencia de Cuba?

Hay un pasaje decisivo en el ensayo de Lenin de 1904, Un paso adelante y dos pasos atrás, que se proyecta con precisión geométrica sobre la geopolítica contemporánea. El gran estadista revolucionario, al hacer el balance de las fracturas organizativas del socialismo ruso, recordaba que la firmeza de los principios nunca debe transformarse en ceguera dogmática: la táctica exige flexibilidad, capacidad de maniobra y, cuando es necesario, la aceptación consciente de un repliegue temporal para preservar las fuerzas estratégicas. El problema surge cuando el repliegue se prolonga más de lo debido, transformándose en un pantano donde los contornos de la alternativa de sistema se desdibujan ante el chantaje del vencedor y en la defensa de un Estado cualquiera.

Escribir hoy sobre Venezuela significa medirse exactamente con esta resbaladiza dialéctica entre principios y compromisos. El asalto imperial desatado a principios de 2026, que culminó en el inédito secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, su esposa, ha lanzado al proceso bolivariano a una fase defensiva compleja y dramática, de resultados nada evidentes. La elección del grupo dirigente, hoy encabezado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, de no reaccionar militarmente a la ofensiva —a diferencia de lo que hizo Irán en el escenario del Medio Oriente—, evitó una carnicería inmediata pero abrió las puertas a una negociación asimétrica bajo chantaje, exponiendo al país al riesgo de una pérdida irreversible de soberanía nacional.

Para comprender la naturaleza de esta trampa, es necesario analizar la estrategia en tres fases planificada por la administración Trump y sus halcones, empezando por Marco Rubio. Esta estrategia no apunta a la destrucción inmediata y espectacular de las instituciones bolivarianas, sino a desgastarlas a fuego lento. La primera fase se concentró en el aislamiento y la decapitación simbólica, aprovechando el secuestro para privar a la revolución de su eje institucional.

La segunda fase, actualmente en curso, consiste en la apertura de espacios para las derechas de oposición y en garantizarse el terreno apto para la explotación de los inmensos recursos venezolanos, desmontando pieza por pieza la arquitectura socialista del Estado bolivariano. A cambio, Caracas recibe solo las migajas de algunas licencias temporales que permitan a las empresas multinacionales un mayor tráfico petrolero (mientras las medidas coercitivas unilaterales siguen estructuralmente en pie) y el permiso de nombrar una firma legal para la renegociación de la deuda ante el Fondo Monetario Internacional, de cuyos financiamientos el país había sido privado debido a las sanciones.

Estados Unidos dilata las mesas diplomáticas y aprieta los cordones del bloqueo económico con el único fin de exasperar las contradicciones internas del bloque patriótico en miras a la tercera fase. Esta última apunta a la normalización neoliberal: un retorno guiado a las lógicas de mercado, donde la privatización de facto de la renta petrolera se contrabandea como el único precio posible para la paz y el bienestar económico de aquellas clases medias afectadas por las sanciones; esas mismas sanciones que sus representantes políticos habían solicitado a gritos a Washington.

Esta fase prevé el retorno a la democracia de fachada de la IV República e implica el desmantelamiento de la Constitución bolivariana, fundada en la democracia participativa y protagónica. El mecanismo se apoya en una precisa y despiadada lectura del contexto geopolítico. El progresivo retorno a la derecha de América Latina, donde ya doce gobiernos están alineados con los dictados trumpistas, priva a Venezuela de ese cinturón de seguridad continental que en su momento la protegía, y que ha protegido a la revolución cubana.

En este aislamiento surge una pregunta cruda que los defensores de la ortodoxia revolucionaria de teclado tienden a eludir: ¿cuántos, tanto dentro como fuera de las fronteras venezolanas, habrían apoyado y sostenido concretamente una revuelta armada abierta contra el aparato militar y tecnológico de Estados Unidos, la primera potencia nuclear del planeta? ¿Cuántos manifestaron su rechazo ante la escalada de agresión de los EE. UU. que durante meses continuaron matando impunemente a pescadores en el Caribe? ¿Cuántos de los que, en Europa, gritan ahora en las redes sociales creyendo saberlo todo, levantaron la voz durante esos meses de agresión y amenazas? ¿Cuántos lo hicieron a lo largo de los años y del largo proceso de estrangulamiento de la Venezuela bolivariana?

El ataque del 3 de enero indudablemente mostró una debilidad interna a nivel tecnológico-militar debida, probablemente, también a una traición en el aparato de defensa: una grieta, por lo tanto, en el archivo maestro del proceso bolivariano, la unión cívico-militar-policial. Siendo así las cosas, la ilusión de una guerra de pueblo inmediata —aunque prevista por Maduro con la distribución de armas a los obreros y con la consigna de quemar los pozos en caso de una invasión enemiga por tierra—, en un país agotado por años de bloqueo económico y guerra cognitiva, corría el riesgo de transformarse en un trágico ejercicio de aventurerismo.

Al menos, esta fue la vía adoptada por el grupo dirigente encargado frente al ultimátum estadounidense y ante la prueba de que el presidente y Cilia Flores seguían con vida, pero prisioneros. «Tienen 15 minutos para decidir antes de que bombardeemos a alfombra», fue el chantaje de Trump. Los efectos de los ataques anteriores, en cuatro estados del país, ya habían mostrado su nivel de letalidad con más de doscientos muertos entre soldados y civiles.

Los dirigentes aceptaron, razonando más como estadistas de escuela post-novecentista, criados en el signo de la legalidad, que como bolcheviques: pensando, ante todo, en preservar la vida de la población. Y, ahora, empeñados en un pulso que busca incrustarse en las contradicciones del enemigo y ganar tiempo, declaran prioritarios estos objetivos: “preservar la paz de la Patria; mantener el poder político para continuar construyendo la revolución; fortalecer el poder popular a pesar de las dificultades, pausas, contradicciones y elecciones no explícitas debidas al repliegue táctico; traer de vuelta a casa a Maduro y a Cilia Flores”.

Por otra parte —explican muchos analistas, decididos a cohabitar con la duda o al menos a suspender el juicio—, tanto Simón Bolívar como la tradición marxista, en particular en la praxis leninista, consideran el repliegue estratégico no como un acto de capitulación, sino como un arte fundamental de la guerra y de la política para reorganizarse cuando la relación de fuerzas es desfavorable.

La trayectoria del Libertador —recuerdan— no fue una marcha triunfal continua, sino una alternancia dramática de ofensivas fulminantes y retiradas profundas. Tras la pérdida de Puerto Cabello y la posterior rendición de Miranda ante las tropas realistas de Monteverde, Bolívar huyó a Cartagena. Aquella retirada no fue un momento de pasividad: fue allí donde escribió el célebre Manifiesto de Cartagena (1812), analizando con spietato materialismo las causas doctrinarias y federalistas que habían llevado al colapso de la Primera República, antes de lanzar la Campaña Admirable.

En 1814, cuando la ferocidad de Boves desbarató nuevamente a los patriotas y Caracas se perdió, Bolívar realizó un repliegue aún más radical hacia Jamaica y Haití. En ese exilio forzado nació la Carta de Jamaica (1815), y fue bajo la protección del presidente haitiano Alexandre Pétion —quien le proporcionó armas a cambio de la promesa de liberar a los esclavos— que Bolívar transformó el exilio en el punto de partida para una nueva estrategia centrada en la alianza con las clases populares.

En el marxismo, este repliegue se eleva a categoría científica. La paz de Brest-Litovsk de marzo de 1918 es el ejemplo de manual. Ante el avance alemán y con el ejército en disolución, Lenin impuso la firma de un tratado humillante contra la fracción de los comunistas de izquierda liderada por Bujarin, que invocaba la guerra revolucionaria a ultranza. La lógica de Lenin era diáfana: la revolución necesita un respiro, una peredyška. Es mejor ceder espacio geográfico para salvar al Estado obrero que dejarse destruir en nombre del orgullo abstracto. Pocos meses después, con el colapso del Imperio alemán, aquel tratado se convirtió en papel mojado.

Es completamente lícito comparar las decisiones obligadas tomadas hoy por el gobierno bolivariano, a los límites de la Constitución, con aquel desenlace histórico: si Venezuela logra mantener vigente su propia estructura constitucional, las concesiones de hoy, arrancadas bajo chantaje, podrán ser revocadas algún día.

Lo mismo ocurre con la Nueva Política Económica (NEP) de 1921. Lenin no ocultó la naturaleza de aquel repliegue, definiéndolo como un paso atrás temporal hacia el capitalismo de Estado para reconstruir las fuerzas productivas antes de retomar la ofensiva. Por supuesto, y aquí radica el punto de ruptura teórico y práctico, las aperturas decididas por los bolcheviques partían del control férreo del Estado y de la abolición de la propiedad privada determinada por el octubre de 1917. Muy diferentes son las concesiones de un Estado como el bolivariano, que conquistó el gobierno por vía electoral, no tiene en su programa la dictadura del proletariado, ni posee el martirio como cultura nacional. El socialismo bolivariano transformó la consigna cubana «patria o muerte» en «viviremos y venceremos», precisamente a petición de los movimientos altermundistas, elaborando en esta clave la lección de Salvador Allende.

«Chávez, no te inmoles, no hagas como Allende, habrá otra oportunidad», aconsejó Fidel Castro al Comandante prisionero en Miraflores durante el golpe de Estado de 2002. Y Chávez regresó, con la cruz en una mano y la Constitución en la otra, amnistiando a los golpistas. Y Maduro no murió con las armas en la mano, evitando la “prueba suprema”, y hoy, con Cilia, son prisioneros de guerra.

La historia del siglo XX —la última de ellas, la sandinista— nos muestra cómo los procesos revolucionarios aislados de los flujos de la economía mundial se enfrentaron a los límites estructurales de un contexto global huérfano de revoluciones en Occidente. Venezuela encarna la figura de la revolución inconclusa: una experiencia que ha descoyuntado los mecanismos tradicionales de la democracia burguesa sin lograr, sin embargo, realizar la transición definitiva más allá del modo de producción capitalista.

Esta compleja herencia emergió con fuerza durante un reciente encuentro con intelectuales internacionales en Caracas, celebrado para la conmemoración del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado originalmente por Bolívar en 1826. Aquel congreso fue el gran intento de edificar un escudo colectivo frente a las potencias coloniales y al naciente expansionismo estadounidense de la Doctrina Monroe, un proyecto que tuvo que lidiar con traiciones, retrocesos y repliegues tácticos desgastantes.

En este marco, Delcy Rodríguez pronunció un discurso denso, destinado a explicar que el repliegue forma parte de la gramática histórica bolivariana y sirve para enfrentar la nueva fase asimétrica. A casi seis meses del doble secuestro del 3 de enero, la presidenta encargada ha reivindicado con pragmatismo que el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos ha sido una ruta acertada para la política nacional, una inflexión política necesaria para gestionar las controversias mediante el diálogo y garantizar la paz, definiendo la estrategia como un medio de cooperación para mitigar las diferencias sin sacrificar la identidad nacional. Y en una entrevista concedida a un periódico conservador reiteró que el presidente de Venezuela sigue siendo Nicolás Maduro.

Sin embargo, la base socialista presiona para seguir otro camino, el camino antimperialista: tanto más cuanto que la crónica política y el debate interno permanecen contaminados por la categoría analítica de la traición, evocada por sectores del chavismo crítico para explicar las concesiones económicas y los silencios de esta compleja fase de negociación. El materialismo histórico enseña, sin embargo, que la traición es una categoría idealista y moralista, del todo insuficiente para explicar los movimientos de las clases y de las estructuras estatales.

Si miramos la figura y el rol de Delcy Rodríguez, aparece la inutilidad de semejante clave de lectura. Una dirigente de su calibre, dotada de un poder real adquirido en el terreno y en la cúspide del Estado, no tendría ninguna necesidad lógica o política de traicionar en el sentido vulgar del término, y a este precio tan privado de garantías. En Venezuela existen palancas legales incluso más eficaces que una invasión armada para derrotar a los adversarios políticos.

La explicación de la postura actual del gobierno venezolano reside, más bien, en el estado de debilidad objetiva en el que se encuentra el país. Años de sanciones criminales han disgregado el tejido productivo y logístico, provocando una pérdida parcial de motivación y de movilización ideológica también en los sectores populares, cansados de una heroica resistencia cotidiana que no siempre se traduce en bienestar material. No por casualidad, Rodríguez pertenece a esa sensibilidad política que encontró expresión también en el Movimiento Futuro, la plataforma social fundada para ampliar las bases del chavismo más allá de los confines del Partido Socialista Unido de Venezuela (el PSUV), interceptando las nuevas demandas de una sociedad desgastada por la crisis. No hay, por lo tanto, un complot de palacio, sino la toma de conciencia de una relación de fuerzas desfavorable. Y, de todos modos, lo que debería importar a los internacionalistas fuera de Venezuela es que las garras del imperialismo no se cierren sobre esta alternativa.

En este mes en el que se recuerda el nacimiento de José Carlos Mariátegui, el padre del marxismo latinoamericano, su lección resuena con extraordinaria claridad. Mariátegui advertía que el socialismo en América Latina no debía ser ni calco ni copia, sino una creación heroica de los pueblos, capaz de integrar la especificidad indígena, campesina y comunitaria con la crítica científica del capital. Venezuela ha intentado esta creación heroica, pero hoy se encuentra ante las preguntas inevitables de este siglo: ¿qué espacio real subsiste para una alternativa de sistema dentro de un mercado mundial totalmente interconectado y dominado por los algoritmos del capitalismo financiero?

La debilidad mostrada por Venezuela no es una culpa subjetiva, sino el reflejo de una contradicción global. La propuesta de la Internacional Antifascista, lanzada desde Caracas como espacio de coordinación contra el fascismo corporativo y la alianza entre el imperialismo y el sionismo que vemos deflagrar en el genocidio en Palestina, sigue siendo la única vía de escape estratégica a largo plazo. Pero en lo inmediato, la mesa de negociación con los Estados Unidos se presenta como una cornisa sumamente resbaladiza.

Para no transformar la flexibilidad leniniana en una capitulación definitiva, la izquierda internacional debe dejar de mirar a Venezuela con los ojos del romanticismo abstracto o de la condena dogmática. Es necesario comprender que la defensa de la soberanía bolivariana es el eslabón de una cadena global. Solo reactivando la solidaridad de clase y reconociendo las asimetrías estructurales del capital sobre el trabajo, del imperialismo sobre los pueblos y del patriarcado sobre la reproducción de la vida, se podrá impedir que los sepultureros de la memoria celebren otro funeral más sobre el cuerpo de una revolución que se atrevió a desafiar al imperio.

(Publicado en Resumen Latinoamericano, el 23 de junio de 2026)

 

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