EEUU convierte su fracaso militar en un ultimátum económico al mundo. Pedro Barragán
La denominada Operación «Paria Económico» contra Irán se ha presentado desde Washington como una demostración de poder. Pero en realidad, muestra justamente lo contrario, la admisión de que, después de casi seis meses de guerra, la enorme superioridad militar estadounidense no ha conseguido ganar en Irán. Incapaz de obtener mediante las armas la capitulación iraní, Estados Unidos pretende ahora conseguirla estrangulando su economía y amenazando, además, a los países que se nieguen a participar en ese cerco.
No estamos, por tanto, ante una estrategia nueva y tan sólo cambia el arma de la agresión, tratando de conseguir lo que las bombas no han logrado.
La información de Público evidencia el estancamiento estadounidense tras casi seis meses de guerra, con las conversaciones «estancadas, sin visos de un acuerdo de paz definitivo». Estados Unidos no ha conseguido una victoria capaz de obligar a Irán a aceptar sus condiciones.
El lenguaje empleado ahora por la Administración estadounidense intenta transformar ese fracaso en una exhibición de fuerza. Donald Trump ha bautizado la nueva ofensiva como la operación económica «más devastadora jamás emprendida contra cualquier país», mientras el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anuncia un «Día D económico». La grandilocuencia resulta evidente de que cuanto peor ha sido el resultado militar, más apocalíptica tiene que volverse la retórica económica.
La nueva ofensiva se dirige contra cinco sectores -activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo-, pero su característica más preocupante son las sanciones secundarias. Estados Unidos ya no pretende decidir únicamente qué relaciones mantiene con Irán y pretende decidir también qué relaciones pueden mantener los demás países con Teherán.
Bessent lo ha expresado sin demasiados matices. Según recoge Público, Washington sostiene que «nadie está exento» de convertirse en objetivo de sanciones indirectas por mantener negocios con Irán. Y todavía resulta más clara la advertencia del secretario del Tesoro de que «cualquier tipo de relación económica con este régimen asesino expondrá a los responsables a todo el peso del poder estadounidense». (Público)
Es difícil encontrar una expresión más clara de unilateralismo económico cuando Washington convierte su acceso al dólar y al sistema financiero estadounidense en un instrumento para exigir obediencia a terceros Estados. La elección se plantea en términos humillantes de o aceptan la política exterior de Estados Unidos o se arriesgan a sufrir represalias económicas.
Y ésta es la gran debilidad de la estrategia norteamericana. Para convertir verdaderamente a Irán en un «paria económico», Estados Unidos necesita que grandes economías renuncien voluntariamente a sus relaciones con Teherán. Y entre ellas China es el principal comprador del petróleo iraní.
Una escalada de este tipo puede transformar la guerra económica contra Irán en un conflicto económico mucho más amplio, con consecuencias sobre el comercio internacional, el precio de la energía y el propio sistema financiero occidental. La estrategia estadounidense contiene así la contradicción de que para que las amenazas sean eficaces debe estar dispuesto a ejecutarlas (algo que aún no está claro), pero ejecutarlas contra China puede resultar extraordinariamente costoso para el propio Estados Unidos. Es muy probable que estemos tan sólo ante una nueva bravuconada.
Frente a esta retórica de ultimátums destaca la respuesta de Pekín que no ha anunciado una campaña de represalias ni ha respondido con amenazas militares. El portavoz de Exteriores Lin Jian ha afirmado que su país hará «lo que sea necesario para proteger nuestros derechos e intereses legítimos», pero inmediatamente ha recordado que «las sanciones y las tácticas de presión no ayudan a resolver los problemas». (Global Times)
Pekín ha insistido, además, en pedir a las partes que actúen racionalmente, ejerzan moderación y regresen a la solución política mediante el diálogo y la negociación. Esa respuesta pacífica contrasta con el vocabulario elegido por Washington: «Día D», «ofensiva», «hecatombe económica», «nadie está exento». Un país habla de negociación mientras el otro amenaza con castigar económicamente incluso a quienes no participan directamente en la guerra.
Existe además la realidad histórica, que Washington parece empeñado en ignorar, de que Irán lleva décadas sometido a sanciones estadounidenses. Ya durante la campaña de «máxima presión» iniciada en 2018 su economía sufrió duramente sin que Estados Unidos consiguiera arrancar las grandes concesiones políticas que buscaba. Insistir ahora en la misma medicina, administrada en dosis todavía mayores, no garantiza un resultado diferente.
Más aún, las sanciones secundarias pueden acelerar una tendencia perjudicial para los propios intereses estadounidenses. Cuanto más utilice Washington el dólar, los bancos y el acceso a su mercado como armas políticas contra terceros países, mayores serán los incentivos para desarrollar mecanismos comerciales capaces de reducir esa dependencia.
La Operación «Paria Económico» puede terminar siendo, por ello, la continuación de un fracaso por otro fracaso. Primero Washington confió en su abrumadora superioridad militar para doblegar a Irán. Al no conseguirlo, pretende ahora utilizar su superioridad financiera para obtener la rendición que las armas no han logrado.
China parece comprenderlo mejor cuando reclama moderación, negociación y una solución política. Washington, en cambio, sigue atrapado en la idea de que cualquier problema internacional puede resolverse aumentando suficientemente el castigo. Después de seis meses de guerra, el paso de las bombas al bloqueo financiero no demuestra que Estados Unidos haya encontrado una salida. Demuestra, más bien, que todavía no sabe cómo salir del agujero al que su propia estrategia le ha metido.
(Aparecido en Público, el 25 de agosto de 2026)









