El dólar, y no China, es el problema. Pedro Barragán
Cada vez es más frecuente escuchar que la economía mundial atraviesa problemas debido a un supuesto exceso de producción industrial de China. Gobiernos y organismos norteamericanos y europeos están promocionando el bulo de que la capacidad manufacturera china supera la demanda global y que esa situación estaría alterando el comercio internacional, destruyendo empleo en otros países y agravando los desequilibrios económicos. Sin embargo y como se afirma desde las Noticias Financieras Internacionales de Watcher, esta malintencionada interpretación está confundiendo los síntomas con la enfermedad. La raíz del problema no se encuentra en las fábricas chinas, sino en el funcionamiento del sistema monetario internacional y en el papel privilegiado que ocupa el dólar. Vamos a explicarlo.
Los grandes desequilibrios económicos entre países no aparecen porque unas economías produzcan más que otras. La explicación es mucho más profunda y tiene que ver con la forma en que circula el ahorro mundial y con el papel que desempeña la moneda estadounidense como principal activo de reserva internacional. Mientras este mecanismo permanezca intacto, los superávits y los déficits seguirán reproduciéndose con independencia de qué país concentre la producción manufacturera en cada momento.
La explicación macroeconomía es sencilla de entender. El saldo exterior de un país refleja, en última instancia, la diferencia entre lo que ahorra y lo que invierte. Cuando una economía genera más ahorro del que puede absorber internamente, ese exceso se canaliza hacia el resto del mundo mediante exportaciones de bienes o de capital. Por el contrario, cuando la inversión supera el ahorro disponible, el resultado inevitable es un déficit externo.
Este patrón ha caracterizado la economía internacional durante décadas. Algunas naciones se especializan en producir y acumular ahorro, mientras otras absorben una parte desproporcionada del consumo mundial. No se trata de una anomalía reciente ni de una consecuencia exclusiva del ascenso de China. Es una característica inherente al orden financiero internacional construido alrededor del dólar.
Si lo analizamos desde el lado financiero, la posición del dólar como principal moneda de reserva mundial concede a Estados Unidos una ventaja única. El comercio internacional, las reservas de los bancos centrales y buena parte de las operaciones financieras internacionales dependen de la disponibilidad de activos denominados en dólares. Para satisfacer esa demanda global de liquidez, Estados Unidos necesita emitir continuamente nuevos activos financieros, lo que, en la práctica, implica mantener déficits exteriores de manera permanente.
Esta realidad fue descrita hace décadas por el economista Robert Triffin. Su conocida paradoja señala que el país cuya moneda sirve como reserva internacional debe suministrar liquidez al resto del mundo, pero solo puede hacerlo incurriendo en déficits persistentes. Es decir, el propio funcionamiento del sistema obliga al emisor de la moneda dominante a consumir más de lo que produce durante largos periodos.
El proceso es circular. Estados Unidos compra bienes al resto del mundo y paga con dólares. Posteriormente, buena parte de esos dólares regresan al mercado financiero estadounidense porque gobiernos, bancos centrales e inversores consideran que los bonos del Tesoro y otros activos estadounidenses constituyen el destino más seguro para sus reservas. Ese flujo constante de capital mantiene reducidos los costes de financiación de la economía estadounidense y facilita tanto el elevado gasto público como un nivel de consumo superior al que permitiría únicamente la producción nacional.
Por ello, el déficit comercial estadounidense no puede entenderse simplemente como el resultado de la competencia extranjera. Forma parte del mecanismo que sostiene el papel internacional del dólar. Mientras la economía mundial continúe demandando activos estadounidenses para preservar sus reservas y canalizar sus inversiones, ese desequilibrio seguirá reproduciéndose.
De esta forma, responsabilizar a China de los problemas del comercio internacional resulta una simple manipulación. La expansión de la industria china ha tenido lugar dentro de un sistema que ya generaba fuertes desequilibrios mucho antes de que el país asiático se convirtiera en la mayor potencia manufacturera del planeta.
Además, el debate está marcado por un evidente sesgo ideológico. Cuando países como Alemania mantienen importantes excedentes comerciales gracias a la competitividad de su industria, o cuando Japón domina determinados sectores manufactureros mediante empresas eficientes, nunca se califica como una amenaza para la economía mundial. Del mismo modo, el liderazgo estadounidense en sectores tecnológicos de alto valor añadido se considera una consecuencia natural de la innovación y de la especialización económica.
En cambio, cuando es China quien alcanza posiciones similares en numerosas industrias, la explicación cambia. La competitividad deja de atribuirse a mejoras de productividad, inversión o integración de cadenas de suministro y pasa a describirse como una anomalía que requiere restricciones comerciales. El mismo fenómeno económico recibe valoraciones distintas dependiendo del país que lo protagonice.
Lo primero que podemos pensar es que China es un país socialista, un país que está demostrando que el socialismo es más eficaz que el capitalismo para resolver los problemas de la humanidad. Y que ello lleva al Occidente capitalista a declarar la guerra contra China. Y así es, pero el detonante de la actual situación geopolítica internacional de guerra tecnológica y comercial contra China se debe al sorpasso de la economía china sobre la norteamericana. En el año 2000 el PIB en PPA (Paridad de Poder Adquisitivo) de Estados Unidos representaba el 19,8% del PIB mundial y el de China tan solo el 6,4%; en 2024 el PIB en PPA norteamericano ha bajado al 14,7% del PIB mundial, mientras que el de China asciende al 19,1%. China es socialista desde 1949 y es ahora, cuando ha sobrepasado a Estados Unidos y cuando está abriendo un horizonte de progreso nacional para todo el Sur Global, que Estados Unidos, y desgraciadamente también Europa, se lanzan a intentar quebrar la economía china.
Centrándonos en el equilibrio del comercio internacional, uno de los principales problemas de la economía mundial durante los últimos años ha sido la progresiva debilidad del crecimiento, la desaceleración de la inversión y la pérdida de dinamismo del consumo en numerosas economías desarrolladas. Y el aparente exceso de oferta refleja tanto esta debilidad de la demanda de las economías desarrolladas como los cambios que se están produciendo en las cadenas internacionales de producción con muchas economías emergentes que están acelerando sus propios procesos de industrialización. Estos factores explican buena parte de los desajustes observados sin necesidad de recurrir a la idea de una supuesta distorsión china.
Limitar las importaciones, elevar aranceles o intentar reducir artificialmente la capacidad productiva de determinados países no elimina las causas estructurales de estos desequilibrios. Más bien está encareciendo la producción, fragmentando las cadenas globales de valor y reduciendo la eficiencia de la economía internacional.
Si realmente se pretendiese avanzar hacia un sistema más equilibrado, el foco debería situarse sobre la arquitectura monetaria internacional. Mientras una única moneda nacional siga desempeñando el papel de principal reserva mundial, persistirá un incentivo permanente para que unos países acumulen superávits y otros mantengan déficits estructurales. Ninguna política industrial puede corregir por sí sola una dinámica que nace del propio funcionamiento del sistema financiero global.
Culpar a la industria china puede resultar útil desde el punto de vista político, pero no modifica las fuerzas que generan los desequilibrios. El verdadero debate pasa por revisar un orden monetario que, desde hace décadas, convierte al dólar en el eje sobre el que gira el comercio, las finanzas y los flujos de capital internacionales, sometiendo a los países del Sur Global y condenándolos a un papel subalterno.
(Aparecido en Público, el 10 de agosto de 2026)









