Fidel vence al tiempo. Atilio Boron
¡Cómo no escribir unas pocas páginas sobre Fidel en este, su primer centenario! Al sentarme frente a la computadora empeñado en cumplir con eso que yo sentía era un mandato que brotaba de lo más profundo de mi conciencia no pude sino recordar mi profunda desazón cuando, estando en Cuba, me enteré de su muerte. Pero hubo dos momentos. Primero, cerca de la medianoche de aquel 25 de noviembre del 2016 cuando de súbito apareció Raúl en la pantalla de la televisión y escuché que iniciaba su discurso diciendo que “con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo.” En ese momento un relámpago tranquilizador cruzó mi mente y pensé que al Comandante lo habían trasladado a una unidad de terapia intensiva y que de eso nos iba a informar Raúl. Pero ¿morirse Fidel? Imposible, jamás. ¿Cómo se iba a morir si Fidel era la personificación viviente de Nuestra América y de los pueblos que en todo el mundo lucha por su dignidad, justicia y bienestar? Su deceso equivalía a que alguien anunciara que un tremendo cataclismo geológico había arrasado con esta parte del mundo, ahora sumergida para siempre en las profundidades de los dos océanos que la flanqueaban. Pero, en un segundo momento, vino esa tristísima noticia de la partida de Fidel.
Para mí la inmortalidad de Fidel era una premisa tan irracional como inconmovible desde que me tocó en suerte verlo por primera vez en mi vida en Santiago de Chile. La “revelación” ocurrió en una calurosa tarde del 10 de Noviembre de 1971 cuando, parado en un auto descapotable al lado de su amigo y camarada Salvador Allende, lo vi pasar a marcha lenta, por la avenida Costanera, junto a miles y miles de santiaguinos. Y a Fidel “lo tuve allí”, a menos de dos metros saludando a quienes habíamos ido a recibirle con desbordante emoción, y al hacerlo, al dirigir su mirada y su saludo al grupo de estudiantes con quienes compartía ese inolvidable momento, tuve -en realidad todos tuvimos- la sensación de que quien estaba frente a nosotros no era un hombre, un simple mortal, sino uno de aquellos héroes de la mitología griega, un Aquiles o un Odiseo que emergía en el Caribe e irrumpía con su uniforme verde olivo en el Chile de Allende para ver con sus propios ojos lo que luego, en su célebre discurso en la Universidad de Concepción, definiría certeramente como “el inicio de un proceso revolucionario.” Esa percepción juvenil de un Fidel inmortal, un Fidel América Latina y el Caribe, un Fidel Tricontinental, que me marcaría a fuego en mi juventud (y para siempre), se desmoronó pocos segundos después cuando, continuando su alocución, Raúl anunció el fallecimiento del Comandante. Sólo allí tomé conciencia de que este “ser de otro mundo” también lo era de éste, y era mortal. Que había sobrevivido a 638 tentativas de asesinarlo y que sin embargo algún día tendría que morirse. Pese a eso, a su avanzada edad, era una noticia inesperada. Más probable era el anuncio de que Obama había emitido una orden ejecutiva declarando que Cuba era una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos que la noticia de la muerte de Fidel. Claro, todo revuelto en mi cabeza porque mi parte racional y consciente sabía que esto iba a ocurrir, y que noventa años eran muchos y su salud estaba muy quebrantaba. Pero aún así, en esa medianoche habanera del viernes 25 de Noviembre, ni se me ocurría pensar en ello. Pensé en una agresión gringa o en una enésima estratagema para acabar con la revolución. Nunca en la muerte de Fidel.
¿Por qué? Para responder a esto hay que partir de una premisa empíricamente constatable: Fidel era un personaje “de otra galaxia”, como lo dice la canción de Silvio. Tenía más que ver con los grandes héroes de la historia de la humanidad que con el común de los mortales. Sus pares eran Espartaco o los héroes del Olimpo griego, no otros. Fidel era el arquetipo de eso que Hegel llamaba un “personaje histórico-universal”, o sea, alguien que percibe las cosas de este mundo apenas se insinúan en el horizonte; que sabe hacia dónde marcha el devenir histórico y hace del logro de este objetivo su razón de ser. Alejandro, César, Napoleón y entre nosotros Bolívar fueron grandes hombres porque desearon y lograron hacer algo grande, jamás cayendo en nimiedades, fantasías o ilusiones. Asumieron el desafío de su tiempo, sintetizaron magistralmente las luchas sociales de su época y tuvieron éxito en su empeño. Fidel lo asumió en plenitud. Sabía que Martí había dejado un inmenso legado político y doctrinario, del cual se nutrió para comprender cuál sería el destino de Nuestra América si tal como el Apóstol lo expresara en su póstuma e inconclusa carta a Manuel Mercado, no se impidiera “a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Por eso, para Fidel, Martí fue el autor intelectual del asalto al Moncada y sabía que había que seguir haciendo lo que aquél hizo hasta el punto de pagar con su vida ese intento.
Pero asimismo Fidel se sabía heredero de la gesta, también inacabada, de Simón Bolívar, destinada a hacer de los pueblos de Nuestra América “una sola y gran nación”. Fidel emprendió ese proyecto dotado de una rarísima combinación de inteligencia y voluntad. Pocos años más tarde, con el triunfo de la Revolución, su figura tuvo un crecimiento exponencial. No exageramos un ápice si decimos que fue uno de los dos únicos gobernantes de la región (el otro fue Hugo Chávez Frías) que dejaron una impronta indeleble en la política mundial. Producto de las circunstancias históricas, fundamentalmente la Guerra Fría y la enfermiza obstinación que el gobierno y la burguesía de Estados Unidos tienen para apoderarse de Cuba ya desde finales del siglo dieciocho, como aconsejaba John Adams en 1783 desde Londres, donde había sido enviado para recomponer los lazos entre las independizadas trece colonias y la corona británica. Por eso la huella de Fidel caló con más profundidad en el escenario global. Malsana obsesión que hoy revive con Trump 2.0 y la siniestra figura de Marco Rubio, desesperado por convertirse en el “libertador” de Cuba y, de ese modo, allanar su carrera hacia la Casa Blanca. Obsesión de poner de rodillas a Cuba que me parece será la tumba de su carrera política. Téngase en cuenta que Cuba fue protagonista de la mayor crisis militar a lo largo de toda la historia de la Guerra Fría: la así llamada “crisis de los misiles”, en referencia a la instalación de cohetería soviética en Cuba en respuesta a una similar operación que Estados Unidos había realizado en Turquía. Como es bien sabido Fidel se opuso al retiro de los cohetes soviéticos con un argumento impecable: la Unión Soviética tenía derecho a defenderse. Estaba amenazada en su frontera meridional por el despliegue militar norteamericano en Turquía y la Sexta Flota de Estados Unidos apostada en Nápoles, y le asistía toda la legalidad del mundo para contar con una fuerza de disuasión a un centenar de millas de la Florida. Desgraciadamente el Kremlin no lo escuchó.









