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La fábrica de venenos digitales: deconstrucción delas narrativas tóxicas sobre Venezuela y la industria de la manipulación. Geraldina Colotti

Analizar la situación venezolana requiere mantener una mirada crítica sobre la complejidad de los procesos reales: las renegociaciones con los gigantes energéticos, las sanciones internacionales, los nudos de la economía rentista y las contradicciones de una gestión estatal condicionada por el chantaje de EE.UU. Sin embargo, existe  una diferencia sustancial entre la crítica política basada en los hechos y la asimilación pasiva de las fábulas de inteligencia. Aceptar, así, la fábula de los «87 oficiales vendidos» o de los «miles de millones sombra» enviados por Washington a la presidenta encargada significa convertirse en caja de resonancia de las mismas redes de intoxicación digital desveladas por la detención de operadores de extrema derecha como Cerimedo. La defensa de la información independiente pasa, ante todo, por el rechazo al sensacionalismo y por el desmantelamiento sistemático de las fábricas de trolls.

En las últimas semanas se ha asistido en cambio, también en Italia, al reimpulso agresivo de un rumor que retrata a la dirigencia venezolana empeñada en una presunta «negociación de remate del país»: una compleja narrativa según la cual figuras clave del Estado, entre ellas la presidenta encargada Delcy Rodríguez y 87 altos oficiales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), habrían intocado sumas de 1 a 50 millones de dólares enviados por Estados Unidos para simular la cesión de los recursos petroleros.

Esta tesis es alimentada por sectores de la oposición radical, analistas de inteligencia de «teclado» y circuitos sensacionalistas, abarcando desde las reconstrucciones de Sebastiana Barráez hasta los formatos de YouTube dedicados al clickbaiting. Para quien se ocupa de análisis político e información de clase, ceder a estos cantos de sirena significa caer en una trampa cognitiva científicamente orquestada. Una deconstrucción rigurosa requiere separar los datos materiales de la crónica de las operaciones de guerra psicológica, mostrando los mecanismos concretos con los que se contamina el debate público.

El «modelo Cerimedo» y la mecánica industrial de las granjas de bots

Para comprender cómo una hipótesis carente de pruebas puede transformarse en una evidencia en el imaginario colectivo, es necesario mirar la estructura tecnológica de las campañas de desinformación en América Latina. La detención del experto en comunicación digital Fernando Cerimedo en Bolivia dejó al descubierto el funcionamiento de verdaderas «minas de bots» gestionadas por empresas privadas al servicio de la derecha continental, desde el clan Milei hasta los sectores vinculados a Bolsonaro. La misma a la que pertenece la política de extrema derecha venezolana, María Corina Machado, que se ha servido de ellas para provocar la invasión armada de su país. Estas infraestructuras no son simples perfiles falsos, sino complejos entramados de guerra de información que operan a través de una precisa cadena técnica de automatización. El proceso se activa cuando un script o software de automatización envía instrucciones a un servidor proxy con IP rotativas, una configuración fundamental para eludir los filtros anti-spam de las principales plataformas. A continuación, estos servidores mueven cientos de cuentas troll falsas y personas gestionadas por inteligencia artificial que comienzan a generar publicaciones y comentarios de forma masiva. El último eslabón de la cadena aprovecha los algoritmos de plataformas como X, Meta o YouTube para impulsar artificialmente el contenido entre las tendencias, generando una reacción de pánico o indignación en la audiencia real. A través de este mecanismo de astroturfing y tendencias artificiales, el centro de control lanza una indiscreción de alto contenido emotivo —como los diversos titulares que gritan «Se filtró la traición»— y en pocos minutos la red sintetizada genera un enorme volumen de interacciones. Los algoritmos de las redes sociales, diseñados para premiar la velocidad de interacción, promueven la noticia en los muros de las personas reales, creando la ilusión óptica de que «todo el mundo está hablando del tema» e impulsando incluso a observadores de buena fe a considerarlo creíble. El objetivo primario de estas granjas digitales nunca es informar, sino inocular el virus de la sospecha permanente para desestructurar la cohesión política del campo adverso.

Anatomía de una Fake News: la fantasmagórica lista de los 87 oficiales

La narrativa que acusa a la presidenta encargada Delcy Rodríguez y a la cúpula militar de haber «vendido la soberanía nacional» por sobresueldos millonarios estadounidenses se desmorona tan pronto como se la somete a una verificación factual. El desvío se sostiene sobre tres pilares engañosos. En primer lugar, existe la total inexistencia de fuentes primarias: no existe ningún documento, reportaje de investigación “independiente” —ni siquiera Armando.info, El Pitazo o Transparencia Venezuela— ni ningún informe de organismos internacionales que confirme la existencia de esta lista o de presuntas transferencias de dinero. En segundo lugar, cabe destacar el origen puramente informal de la “noticia”, nacida en el seno de círculos de opinión reservados y cadenas de mensajería privada, para luego ser progresivamente enriquecida con detalles inventados hasta asumir la forma de una revelación bomba. El tercer pilar concierne a la inversión semántica de los datos reales, una operación en la que los ideólogos de la narrativa tomaron elementos efectivos de la actualidad venezolana para ensamblarlos de forma distorsionada. Aislaron la investigación judicial PDVSA-Cripto dirigida por el ex Fiscal Tarek William Saab, la cual desveló esquemas de corrupción basados en monederos de criptomonedas y llevó al uso de la colaboración procesal de la delación. A esto unieron las concesiones operativas y las licencias OFAC autorizadas para compañías extranjeras como Chevron, Repsol y Eni gestionadas a través de cuentas de garantía escrow. Por último, tomaron las recompensas millonarias —de 15 a 50 millones de dólares— que el Departamento de Justicia estadounidense impuso sobre dirigentes bolivarianos. Con un vuelco propagandístico, las recompensas sufridas por la dirigencia venezolana fueron invertidas y recomputadas ante el público como la prueba de presuntos pagos secretos realizados por Washington para ceder el petróleo nacional.

Guerra Cognitiva: Los vectores de ataque contra la izquierda

Como han señalado analistas de la comunicación y teóricos de la batalla por el sentido, el bombardeo de información tóxica responde a precisos manuales de guerra psicológica. Los diversos vectores de manipulación producen efectos bien definidos sobre la militancia y la opinión pública. El primer vector está representado por el clickbait sensacionalista, difundido sobre todo a través de canales de YouTube como Testigo Directo y perfiles de TikTok. Utilizando titulares en mayúsculas y gráficas alarmistas, esta técnica sustituye el análisis material y socioeconómico por la búsqueda del chisme emotivo. El segundo vector es la narrativa del «caballo de troya», impulsada por opinadores y cuentas de la oposición que se aprovechan de temas compartidos por la izquierda —como la transparencia o la lucha contra la corrupción— para introducir subrepticiamente argumentos fabricados por los aparatos de inteligencia adversarios. A estos se suma la técnica del purity test, es decir, la caza del traidor alimentada directamente por las minas de bots. Las cuentas sintéticas exasperan las discusiones internas para inducir a la militancia a la sospecha mutua, paralizando la acción política en infinitas disputas sobre el grado de «pureza ideológica».

Por último, el vector de la demoralización estratégica opera lanzando continuos titulares catastrofistas sobre inminentes cesiones de soberanía, infundiendo la convicción de que todos están corruptos y anulando de raíz cualquier principio de defensa del proceso revolucionario. Desvelar la naturaleza de estas operaciones de intoxicación informativa permite trazar un límite claro entre el legítimo análisis de las contradicciones internas de un proceso político y la complicidad con las estrategias de inteligencia dirigidas por Washington. Reconocer la arquitectura de las minas de bots y la distorsión sistemática de los hechos materiales no significa negar los problemas reales de Venezuela, sino reivindicar la independencia de criterio y el rechazo a dejarse condicionar por los constructos de la guerra cognitiva.

(Publicado en Resumen Latinoamericno, el 24 de agosto de 2026)

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