La guerra en Ucrania como parte de una guerra centenaria. Montserrat de Luna
La guerra en suelo ucraniano se puede considerar de diversas maneras. La propaganda occidental, los medios de comunicación masivos y dominantes en los países del bloque occidental dominado por EE UU suelen dar por hecho que es un conflicto iniciado por la Operación Militar rusa del 24 de febrero de 2022, ignorando todos sus antecedentes, incluyendo los más inmediatos ocurridos desde febrero de 2014. Es la misma propaganda, intoxicada de rusofobia, de montajes como el de Bucha en 2022, al poco tiempo de iniciada la Operación Militar rusa en Ucrania, o de las narrativas dominantes sobre los envenenamientos con el agente nervioso Novichok (Navalni y antes Skripal), y también sobre el derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines en suelo ucraniano (julio 2014), por poner algunos ejemplos. Es la misma propaganda que alienta actualmente el fantasma de una agresión rusa cerniéndose en dirección oeste sobre los países aledaños de una Europa que pretende no haber roto un plato en su vida. Sin embargo, la infiltrada revuelta del Maidan (que se lo digan a Victoria Nuland), sucedida por el golpe de estado que derrocó al expresidente ucraniano Yanukovich en febrero de 2014, tendría también sus antecedentes en la evidencia, puesta de manifiesto por Vladimir Putin en su famoso discurso de la Conferencia de Munich 2007, de que Rusia no estaba dispuesta a ser una parte más del coro de vasallos de EE UU, y de que era capaz de alzar su voz y marcar sus límites. Magnífico Putin poniendo en cuestión delante del mismísimo senador estadounidense John McCain el llamado ‘orden unipolar’. Y, antes de ese discurso en Munich, tenemos los sucesos de la llamada Revolución Naranja ucraniana en 2004, pocos años después de la independencia de la exrepública soviética, una Ucrania que pasó a estar situada estratégicamente entre Europa Occidental y la nueva Federación Rusa. Y aquí resuenan los ecos de las conversaciones de líderes occidentales con Gorbachov, y la frase de «ni una pulgada más hacia el este» del secretario de Estado estadounidense James Baker, de la que queda constancia escrita, pero que duró en la práctica lo que un caramelo a la salida del colegio. Y, mucho antes en el tiempo, cabe reconsiderar lo que fue la llamada Guerra Fría, una vez desechada la Operación Impensable de Churchill al final de la Segunda Guerra Mundial. Y reconsiderar sobre todo lo que fue la Segunda Guerra Mundial en su conjunto, el «que se maten entre ellos [Alemania nazi y la Unión Soviética]» de Truman en 1941. Reconsiderarla como una continuación de la guerra permanente contra la revolución bolchevique y la Unión Soviética surgida después. Todo ello hablaría de una guerra de unos 100 años al igual que se denomina a la guerra europea entre Inglaterra y Francia que tuvo lugar entre mayo de 1337 y octubre de 1453, una guerra con arremetidas, parones y peste negra de por medio. Sin embargo, a tener en cuenta que, antes de noviembre de 1917, las frías tierras del Imperio Ruso fueron un indudable bocado apetitoso que se atragantó en las gargantas de franceses y británicos durante el siglo XIX. En este sentido, la guerra actual entre Ucrania-OTAN y Rusia, sería la guerra corta dentro de la guerra larga, como lo repite una y otra vez el periodista australiano John Helmer. Una guerra larga que no sólo se retrotrae al pasado sino que puede extender sus tentáculos hacia el futuro a pesar de que la plataforma bélica que es Ucrania para las élites occidentales termine siendo derrotada por el ejército ruso en las líneas del frente de batalla. Baste tener en cuenta que la Federación Rusa está rodeada por Japón en el este, por Groenlandia en el norte, por Europa occidental/OTAN en el oeste, y por la volatilidad de la región del Caspio hacia el sur, sin olvidar lo que pueda deparar el futuro a la República Islámica de Irán en la guerra que EE UU e Israel llevan planificando y desarrollando desde décadas atrás contra ella.









