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Proyecto IIRSA y la Amazonía como obstáculo del saqueo latinoamericano

El reciente y apocalíptico suceso del incendio forestal amazónico, no solo debe verse desde una perspectiva medioambiental de profunda significación y terribles consecuencias para una humanidad, sino también desde el prisma estratégico global. Todos sabemos que el proyecto arancelario y de integración jurídica ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) fue derrotado en la IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata (Argentina) en noviembre de 2005. Gracias a la cohesión de gobiernos bolivarianos, con Hugo Chávez a la cabeza, y la oportuna ingeniería diplomática llevada a cabo por los presidentes Néstor Kirchner, Inácio Lula da Silva, y el propio Chávez, el mandatario estadounidense George W. Bush vio frustradas sus expectativas de que los países latinoamericanos firmaran un acuerdo de integración totalmente asimétrico, desigual y esencialmente colonial para las economías al sur del río Bravo. Famosa fue la frase del comandante Chávez al respecto: “ALCA… Al carajo”.

Pero también sabemos que lo países industrializados, y sobre todo una potencia tóxica para el derecho internacional como es Estados Unidos, no abandonan fácilmente sus metas estratégicas. La historia nos dice que aquello que no consiguen por la vía diplomática luego es intentado por atajos alternativos: la penetración maquillada de cooperación internacional, las relaciones bilaterales ad hoc, y por último, la vía militar como última ratio ante otras opciones fracasadas.

Por eso ante el sonado rechazo regional al ALCA, Estado Unidos y los países centrales siempre dependientes de nuestros recursos naturales para mantener sus esquemas de desarrollo sumergente (sumergen al resto para mantener a flote sus estándares de consumo y bienestar), han apostado por consolidar la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana, (IIRSA), un megaproyecto de infraestructuras regionales –caminos, tendidos de fibra óptica, oleoductos, cordones ferroviarios, puentes, túneles transcordilleranos, y un largo etcétera– destinado a facilitar el flujo de mercancías desde los puntos de extracción-producción, hacia puertos y puntos de salida del continente. Y es bajo estos datos concretos que luego analizaremos, en donde la destrucción de los millones de hectáreas del Amazonas cobran una lógica perdida que terminará favoreciendo –precisamente– a los sectores extractivistas trasnacionales, y no solo al sector agropecuario brasileño como pretenden las noticias y ciertos informes que hoy circulan por doquier. Según datos oficiales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y diversas agencias para la cooperación dependientes de Naciones Unidas, el presupuesto inicial del proyecto IIRSA fue 70.000 millones de dólares en el año 2000 –cifra que se duplicará al finalizar las obras– otorgados, entre otros, por el propio BID. Cabe recordar que este organismo crediticio fundado en 1959 y con sede en Washington, a lo largo de su historia fue siempre funcional a las estrategias de sometimiento financiero de nuestra región y al llamado Consenso de Washington, disponiendo sus créditos y su financiamiento según las directrices estadounidenses y no según las genuinas necesidades de crecimiento soberano de los diferentes Estados regionales.

“El proyecto IIRSA fue de 70.000 millones de dólares en el año 2000, cifra que se duplicará al finalizar las obras”

El proyecto IIRSA resulta de esta manera una ambiciosa planificación continental pensada para satisfacer las necesidades del capital industrial-corporativo internacional para este siglo XXI. No hay en el megaproyecto atisbos de intenciones integradoras para las economías latinoamericanas. En términos concretos, la iniciativa une infraestructuras y diluye fronteras, pero no integra. Por un lado incorpora nuevas instalaciones necesarias en la región, pero haciéndolo bajo premisas geopolíticas exógenas, funcionales al expolio y  no a la generación de riqueza nacional y estratégica. El IIRSA intenta –entre otras finalidades– facilitar que los commodities (las riquezas primarias sin valor agregado) y los recursos indispensables para las industrias de los países centrales, puedan ser transportados con los menores costos y la mayor rapidez posibles. No en vano esta Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana es llamada por diversas plataformas refractarias a su realización, como “el ALCA invisible” o “el ALCA silencioso”, pues reproduce, de facto, lo que no se pudo obtener mediante los acuerdos fallidos en el plano jurídico.

El problema añadido del IIRSA es que promueve una arquitectura normativa, legal y administrativa que no son solo de economía política, sino que introduce problemáticas sociales y ecológicas muy severas, pues en su planificación no entran consideraciones de respeto a patrimonios naturales ni a pueblos originarios. Ante el actual panorama incendiario y sin respuestas efectivas por parte del mundo rico (más que unos hipócritas 20 millones de dólares cedidos por el G7), resulta fácil inferir las complicidades ocultas entre un gobierno alucinado y necrófilo como el de Bolsonaro (auténtico mandadero de las corporaciones) y aquellos intereses descritos.

Debemos, por tanto, comprender que la Iniciativa es una proyección neocolonial para asegurar la transferencia de nuestras riquezas en este siglo XXI y más allá, pues no surge como una respuesta planificada a los desafíos socioeconómicos de América Latina. Más bien sitúa a nuestra región como una zona extractiva que debe ser dotada de vías eficaces y mecanismos eficientes que agilicen ese expolio. Una planificación que es, en consecuencia, vertical y exótica a nuestras propias necesidades geopolíticas y económicas.

Tampoco debemos obviar dos datos relevantes de este megaproyecto ya afianzado en algunas zonas. El primero es que de esta arquitectura se beneficiarán grandes consorcios mineros, petroleros, y agropecuarios de Europa y Estados Unidos, además de las oligarquías internas. Las grandes extensiones amazónicas fungen así como un escudo indeseado que imposibilita hurgar en las entrañas continentales. Algo análogo a lo que sucede con el casquete polar ártico y Groenlandia (hoy bajo la mirada desembozada de las pretensiones estadounidenses). Aquellas grandes extensiones de hielo impiden las prospecciones de su valioso subsuelo para diversas industrias. De allí que la teoría del calentamiento global y el cambio climático tengan grandes detractores entre las élites comunicacionales y políticas del mundo rico. La falta de suscripción de acuerdos ambientales por parte de EE.UU resulta así una señal clara de esta irracional y criminal postura. Hoy el capitalismo ha entrado en una fase aceleracionista (poscapitalista dirían Peter Drucker y otros) y destructiva en grado sumo, que no se pregunta por la supervivencia del mañana, sino solo cuánto es la plusvalía de hoy. Y es bajo esta lente dismorfa en donde encajan los actuales eventos, el Apocalypse Now del Amazonas que estamos presenciando en las noticias y las redes.

“Las grandes extensiones amazónicas fungen como un escudo indeseado que imposibilita hurgar en las entrañas continentales”

El segundo dato preocupante y que desnuda la verdadera naturaleza lesiva del proyecto IIRSA, es que carece de consenso con las comunidades de cada locación o territorio. Incluso las instancias legislativas que los lobbies internacionales logran introducir, se realizan bajo un muy antidemocrático hermetismo que tampoco los medios de comunicación informan o impugnan. Eso es debido a que el potencial destructivo de muchos de nuestros ecosistemas y de comunidades humanas será altísimo. Jair Bolsonaro está dando así un doble golpe magistral de estrategia corporativa: desplaza o aniquila pueblos aborígenes mediante el fuego, a la vez que libera millones de hectáreas de densa e inoportuna selva.

Por supuesto este esquema que plantea la Iniciativa resulta simbiótico con otras planificaciones proyectadas en silencio en toda América Latina, en donde en la última década ha habido un incremento llamativo de bases estadounidenses –hoy cerca de 80– en toda la región, las cuales fueron asentadas en torno a yacimientos claves, zonas extractivas y territorios ricos en minerales necesarios para la industria estadounidense, altamente dependiente de insumos externos para su continuidad económica y el sostenimiento de su supremacía militar.

América Latina se halla en la mira de nuevos expansionismos brutales hacia el sur que Washington ya tiene en su agenda para este siglo XXI. Pero antes del paso militar, las usinas estratégicas del complejo militar-industrial saben que deben generar las infraestructuras necesarias para poder efectuar el expolio programático y crear las condiciones para su aplicación. Fuego, muerte y destrucción global incluidos.

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