ArtículosDestacadosImperialismo e Internacionalismo

Sobre internacionalismo. Joaquín García Arranz

  1. APROXIMACIÓN AL INTERNACIONALISMO
  2. UN ESTADO REFRACTARIO AL INTERNACIONALISMO
  3. NADIE ESTÁ A SALVO
  4. MULTILATERALISMO, MULTIPOLARIDAD E INTERNACIONALISMO
  5. UNA TAREA INGENTE POR DELANTE: IDEOLOGÍA, ESPIRITUALIDAD, MILITANCIA, RESISTENCIA Y SENTIDO REVOLUCIONARIO
  6. LA SOCIEDAD CIVIL ORGANIZADA COMO CONSTRUCTORA DEL INTERNACIONALISMO

1.- APROXIMACIÓN AL INTERNACIONALISMO

Hablar de internacionalismo es hablar en claves de Humanidad, y hacerlo en un momento histórico en el que en la anglosfera nos hemos encerrado en un sistema egocéntrico y en unas relaciones sociales construidas sobre la suma de intereses individuales.

Es hablar de otra forma de entender las relaciones entre los pueblos y entre los Estados, basadas en el reconocimiento de nuestra interdependencia como individuos y como sociedades; basadas en la necesidad de la cooperación mutua para desarrollarnos de una forma integral; y que se expresan en relaciones de solidaridad estructural, unas relaciones que Fidel sintetizaba al apuntar que el internacionalismo es la forma que tenemos de pagar nuestra deuda con la Humanidad.

Es hablar de un proyecto ético, político, geopolítico, multidimensional cargado de sentido revolucionario que enfrenta las estructuras de dominación imperiales, coloniales, culturales, económicas del capitalismo globalizado, tecnificado y belicista, apostando por un orden mundial alternativo que traspasa los intereses nacionales de la patria chica para situarnos ante los intereses de la patria grande que es la Humanidad.

El reconocimiento del carácter global de los problemas que afrontamos cuando el neoliberalismo, todavía presente, está en una profunda crisis; los conflictos bélicos en alza y con ellos el riesgo de conflicto nuclear; el medio ambiente en deterioro progresivo; la institucionalidad multilateral noqueada; el Sur global reclamando un trato y reconocimiento justos… En este contexto donde se habla de multipolaridad y de los BRICS+ como la punta de lanza que empuja hacia ese nuevo escenario geopolítico, prácticamente nadie hace del internacionalismo antiimperialista el eje central de su discurso, salvo algunos sectores de la resistencia que están pagando un alto precio por hacerlo y que suelen acabar engrosando las listas de estados u organizaciones terroristas.

El Neoliberalismo ya no puede organizar el mundo como antes del 2008 y se transforma, ya no necesita invadir territorios ni establecer colonias, adquiere un carácter multidimensional:

  • Financiero — deuda, FMI, sanciones.
  • Tecnológico — chips, monedas digitales, IA, patentes.
  • Militar — bases, drones, OTAN.
  • Energético — control de rutas y recursos.
  • Informacional — medios, redes sociales, cultura.
  • Jurídico — impunidad, abandono de instituciones internacionales.
  • Corporativo — Big Tech, farmacéuticas, fondos de inversión.

El imperialismo actual, al que algunos denominan globalismo1, está más fragmentado, es más difuso, más competitivo, más tecnológico y más agresivo. ¿Dónde está el Estado?

2.- UN ESTADO REFRACTARIO AL INTERNACIONALISMO

Sería iluso ignorar las relaciones de poder-sumisión que marcan la geopolítica; la dependencia económica global que ha impuesto la fase neoliberal durante estas décadas; lo que podíamos llamar la captura corporativa del Estado que nos ha quedado como resto de aquel llamado Gran Reset; la represión creciente de los Estados que no se someten a los intereses del gran capital… Pero ahondando un poco más, podríamos detenernos en el papel del estado moderno (capitalista, liberal, burgués) que en el contexto imperialista pasa por:

  • insertarse en el sistema‑mundo y competir en los mercados,
  • proteger la propiedad privada
  • facilitar la acumulación,
  • expandir mercados y maximizar exportaciones,
  • proteger intereses nacionales de las élites,
  • reproducir desigualdades globales.
  • organizar la sociedad en torno al mercado
  • disciplinar a la población y en su caso a los estados periféricos
  • dar legitimidad al orden global

El Estado liberal burgués occidental, tal como se constituyó desde el siglo XIX hasta el neoliberalismo, está estructuralmente incapacitado para el internacionalismo, está orientado al globalismo, es decir, coopera, pero con una cooperación jerárquica, asimétrica y orientada a la expansión del capital que desemboca en una integración subordinada.

Frente a ese concepto de Estado burgués liberal capitalista cuando nos acercamos a algunas de las experiencias que han tenido una práctica internacionalista, con sus aciertos y limitaciones (Cuba, Vietnam, Argelia revolucionaria (1962–1978), Tanzania de Nyerere, Mozambique y Angola en los 70–80, Nicaragua sandinista, Venezuela bolivariana…) distinguimos otra lógica, otra organización y otra experiencia histórica reciente.

Casi todos estos Estados:

  • surgieron de revoluciones populares o procesos anticoloniales,
  • eran antiimperialistas, no buscaban la hegemonía ni la toma de mercados
  • habían puesto las bases para no estar subordinados al capital global
  • actuaban desde la dignidad y no solo desde una geopolítica de intereses
  • practicaban una solidaridad estructural, apoyaban a los movimientos de liberación y estaban dispuestos a pagar el precio que eso les iba a costar
  • se organizaban para la vida y no para la acumulación,
  • entendían el internacionalismo como deber moral,
  • estaban más allá de la soberanía nacional cuando esta se convertía en un techo de cristal

En buena medida y con todas sus deficiencias nos dejaron una ética pública de la dignidad, una espiritualidad política que debe acompañar al internacionalismo para no perder el norte:

  • universalismo no imperial,
  • solidaridad estructural como principio operativo,
  • defensa de los pueblos oprimidos,
  • antiimperialismo ético,
  • humanismo radical donde el ser humano es el centro.

En coherencia con esto, el Estado internacionalista debe servir a un pueblo organizado en una relación de corresponsabilidad, no a las élites económicas. Esto implica:

  • construcción cultura política crítica
  • participación popular real, tanto en la rendición de cuentas como en la toma de decisiones
  • redistribución de la riqueza que rompa con la desigualdad y la acumulación
  • creación de instituciones que articulen la relación entre Estado y sociedad organizada

El Estado protege a los movimientos y los movimientos orientan al Estado; y viceversa, cuando se requiere.

Otra cosa que nos enseñan esas experiencias es que tuvieron capacidad de asumir costes porque el internacionalismo real no es gratis:

  • sanciones, bloqueos
  • aislamiento,
  • presiones económicas,
  • ataques mediáticos.
  • desestabilización política
  • asesinatos de líderes

Un Estado internacionalista debe estar dispuesto a asumirlos y más aún en un momento histórico como el que vivimos de crisis multidimensional donde el poder actúa desde la impunidad y una agresividad incremental tanto de fronteras hacia fuera como de fronteras hacia dentro; ahí está el ICE o las detenciones en países europeos por manifestarse contra el genocidio en Gaza.

Aunque constatemos la crisis del neoliberalismo (pérdida de legitimidad democrática, desindustrialización, endeudamiento creciente, crisis institucional, polarización social aguda, ausencia de proyectos, desmoronamiento del sistema internacional basado en reglas…) sus estructuras siguen vivas y siguen generando sufrimiento. La crisis del neoliberalismo no ha destruido al Estado burgués, pero sí lo manifiesta como disfuncional para mantener el equilibrio entre acumulación y legitimidad. El Estado globalista no desaparece (desregula, privatiza, intensifica la dependencia financiera, se subordina a las instituciones globales de poder, protege el capital transnacional) pero ha renunciado a su papel de garante de la cohesión social sustituyéndola por más vigilancia, más control, coerción, represión, menos derechos, menos participación, reformas regresivas… en definitiva, más autoritarismo.

Es más, avanzamos hacia un Estado corporativo donde no son pocos los hombres del sistema financiero internacional que ocupan altos cargos: el canciller Mertz, Mario Dragui, De Guindos, el presidente Macron… por no entrar en el poder de las tecnológicas en las administraciones como la norteamericana. Los tecnócratas al servicio de quienes generaron la situación de caos que vivimos aparecen como los gestores que nos pueden guiar en medio de esta niebla, y las ideologías ultraderechistas de mano dura como quienes son capaces de poner orden en el desorden que con tanto ahínco han buscado y promovido.

3.- NADIE ESTÁ A SALVO

Todo está en disputa: el poder, las reglas, las instituciones, las narrativas, la seguridad, la economía y la legitimidad del orden internacional. El hecho de que vivamos un pico histórico de conflictos armados activos desde la Segunda Guerra Mundial, (61 de ellos entre estados, la cifra más alta desde 1945, 30 de ellos en África; el doble que hace una década, de modo que el África subsahariana es la región con más conflictos simultáneos, más actores armados y más muertes por violencia organizada, seguida por Oriente Medio, Asia meridional y sudoriental y Europa del Este) lo que evidencia es la incapacidad del sistema actual para gestionarlos.

Nadie está a salvo en un momento histórico en el que los riesgos globales se acumulan y la intensificación de la arbitrariedad nos refiere al caos. No en vano, en 2024, el lema de Davos fue “Reconstruir la confianza” centrada en las instituciones, la cooperación internacional, la tecnología y la economía global. Dos años después los resultados alcanzados en estos cuatro hitos es penoso. En lo que a confianza se refiere, todos hacen aguas y quería detenerme especialmente en el último, ya que ha acentuado sus rasgos neocoloniales con un sistema financiero atrapado en el binomio deuda-necesidad de colaterales (garantías).

Golpear Irak, Irán, Venezuela, desestabilizar Bolivia o alzar a Milei, lo relacionamos a nivel económico con el control del gas, del petróleo, del litio; y además con ser países del Sur global o cercanos; pero querer comprar Groenlandia a un aliado de la OTAN o anexionarse Canadá, ¿no es ir demasiado lejos?

Estamos en un sistema financiero que se sostiene a golpe de deuda y la confianza en la maquinita de imprimir billetes se está desgastando día a día (el interés del bono a 30 años a pagar por el Tesoro USA tocó máximos desde 2008 a finales de mayo). La venta de bonos norteamericanos por parte de China y del sumiso Japón, al mismo tiempo que los bancos centrales están comprando oro como si no hubiera un mañana, ponen de manifiesto que hay una desconfianza progresiva.

El bloqueo del estrecho de Ormuz no ha ayudado a relajar la situación precisamente. Se ha reducido la oferta de gas y petróleo a nivel global entre un 8 y 12%, por no mencionar la escasez de helio para la fabricación de chips, o la producción de fertilizantes. Rápidamente pensamos en que la energía se va a encarecer, el coste de la producción en las fábricas va a ser mayor y todo va subir de precio y eso es verdad, pero y el sistema financiero ¿cómo respira con todo esto?

Vemos las intervenciones militares, los golpes de estado, CEOs de la gran banca norteamericana apoyando campañas electorales en Argentina, las grandes corporaciones occidentales haciendo negocios sustanciosos, pero no vemos el funcionamiento del sistema financiero. Vamos a acercarnos un poco:

EEUU toma el control de un país y convierte la riqueza que éste tiene, tanto en recursos naturales como en infraestructuras, en la garantía del sistema financiero y bancario norteamericano. El mecanismo, tras la jugada político-militar que desactiva las defensas gubernamentales de esos países, suele funcionar así: Los grandes fondos de inversión como Blackrock son los primeros en entrar y lo hacen con inversiones en acciones o en bonos corporativos de las empresas que consideran no solo rentables, sino fuertes en la producción de recursos naturales valorados por el mercado.

Progresivamente hacen crecer su participación en esas empresas hasta que colocan a su gente en el consejo de administración. En esas partes del mundo esas empresas normalmente son muy rentables si se invierte en su tecnificación, tienen poca deuda y además lo que producen sirve de garantía, cumplen todo para cargarlas de deudas y con ellas, a sus gobiernos.

Endeudamiento requerido para mejorar la productividad o para desarrollar ciertos sectores de ese país como el energético o el agrícola, proceso que se asigna a corporaciones occidentales que son clientes del JP Morgan, Goldman Sachs o City Group y otras. Por ejemplo: Ucrania tiene firmados acuerdos para construir varios reactores nucleares; podría haberlos contratado en su momento con China o antes de la guerra con la estatal rusa Rosatom que está en más de 50 países, pero no ha sido así. Ahora están firmados con la empresa privada que domina el mercado de combustible nuclear de la OTAN, Westinghouse, que es mucho más cara que la opción de la China National Nuclear Corporation; pero si controlas el gobierno de Ucrania eso no importa, te aseguras de que Westinghouse consiga el contrato. El gobierno ucraniano pedirá un préstamo de 1000 o 2000M$ a los bancos occidentales para construir esas centrales nucleares con la garantía de sus recursos naturales, y así se crea una gran cinta transportadora de flujos de dinero que van desde la nueva conquista colonial hacia la City, Wall Street o las instituciones bancarias de París.

¿Qué pasa si esos flujos se interrumpen y, por ejemplo, Qatar deja de exportar gas natural? Eso significa que esos flujos de efectivo ya no están llegando a la banca occidental y si la situación se prolonga, esos préstamos se convierten en deuda incobrable y algún banco podría venirse abajo. Pero ya no hay quiebras bancarias como antes, como ocurrió con Lehman Brothers porque desde 2008 los banqueros han tomado el control en EE.UU. amparándose en situaciones de excepcionalidad y ya no tienen que pasar por el Congreso para pedir un rescate, amparados en la urgencia que ese tipo de operaciones requiere.

La guerra de USA e Israel contra Irán ha interrumpido muchos de esos flujos, probablemente miles de M$/día. Ahora los bancos occidentales están faltos de garantías (gas y petróleo) y en riesgo, pero no se les permitirá quebrar porque los bancos centrales siempre cubrirán sus pérdidas, imprimiendo toda la liquidez que haga falta para mantenerlos a flote.

Pero este mecanismo de la patada adelante a base de deuda, emitiendo bonos que se supone respalda el gobierno de EE.UU. o de la UE, está haciendo aguas poco a poco, y necesitan hacerse con garantías tangibles para mantener la confianza. Cuando EE.UU. salió de Afganistán, sus bonos empezaron a entrar en un fuerte mercado bajista y unos meses después empezó la guerra en Ucrania; los bonos subieron algo porque se pensaba que Rusia se derrumbaría y como eso no ocurrió, el mercado de bonos siguió cayendo y tuvo lugar la mayor caída del mercado de bonos de los últimos 240 años. Perdieron buena parte de las garantías de Ucrania cuando Rusia declaró los territorios del Donbás y Crimea como parte de la Federación, garantías que representaban más del 15% del PIB de Ucrania. Cuando se pierden esas garantías se va a por Venezuela y luego a por Irán, y se tiene en el punto de mira a Bolivia y no se olvidan de Groenlandia, ni de Canadá porque hay demasiada deuda y poco respaldo para sostenerla. La joya de la corona de todo esto pasaría por conseguir cambiar de régimen en el Kremlin y dividir Rusia.

A los financieros de EE.UU. no les importa que China tenga accesos a recursos naturales siempre que sean ellos quienes controlan los flujos financieros que se generan a partir de la explotación de los mismos. Si las empresas chinas se convierten en clientes de JP Morgan, Goldman Sachs, City Bank, etc y se deja que Blackrock y Vanguard entren en sus consejos de administración no habría problemas, pero China dejaría de poder decidir cómo asignar la riqueza, el crédito de su sociedad y hacia donde orientar el desarrollo futuro.

Hoy la inmensa mayoría de esas garantías que necesita el sistema financiero están en el Sur global, aunque no todas. Si para un país africano tener diamantes se convertía en una desgracia hoy eso se extiende para otros muchos recursos de forma global. Hoy el expolio no necesita colonias ni ocupaciones, pero sí del respaldo militar de sus mecanismos de acumulación por desposesión.

El arancel mínimo universal del 10% impuesto por Trump nos recuerda que antes de caer la metrópoli van a caer las colonias y a continuación los socios, si es que todavía se puede hacer la distinción entre unos y otros.

4.- MULTILATERALISMO, MULTIPOLARIDAD E INTERNACIONALISMO

El desmoronamiento del orden internacional multilateral basado en reglas, las reglas del hegemón norteamericano, parece imparable. Su distanciamiento con el internacionalismo ha sido evidente desde su implantación.

El multilateralismo ha representado la relación entre Estados dentro del orden de dominación existente durante décadas. Su objetivo era gestionar el sistema de relaciones internacionales, no transformarlo. Representaba una lógica de equilibrio, estabilidad y consenso que mantenía el status quo de los poderosos, mientras el Sur global era saqueado y condenado a la dependencia externa; no cuestionaba las desigualdades globales, sino que las administraba. El multilateralismo refleja aquello para lo que se construyó: preservar la correlación de fuerzas del capitalismo global, y ha sido útil hasta que esa correlación de fuerzas está cambiando.

El internacionalismo por su parte es en buena medida antagónico con el multilateralismo ya que busca una cooperación justa y libre entre pueblos y Estados para transformar el orden de dominación existente. Es antiimperialista, anticapitalista, busca la justicia global, enfrenta las desigualdades estructurales y articula resistencias globales. Es una propuesta que no sólo no colabora con el poder existente, sino que le hace frente.

La apuesta internacionalista ya clásica trata de unir a los oprimidos, de romper los aislamientos y de crear redes de apoyo mutuo, funciona como un contrapoder que debilita la hegemonía existente, redefiniendo quien tiene el poder y cómo se ejerce, pasando de una relación de sometimiento a una de emancipación. Lo hemos visto:

  • alterando el curso de guerras (nuestros 35.000 brigadistas internacionales de más de 50 países defendiendo un pueblo que no era el suyo, apoyo a independencias coloniales)
  • salvando vidas en epidemias (brigada médica cubana “Henry Reeve”)
  • derrotando sistemas racistas (apartheid sudafricano)
  • protegiendo territorios (luchas internacionalistas en favor de la Amazonía)
  • creando alternativas económicas (ALBA, Petrocaribe)
  • inspirando movimientos globales (el 8M, el zapatismo)
  • solidarizándose y haciendo boicots (campaña BDS impulsada por la sociedad civil palestina desde 2025)

Cuba ha sido probablemente el actor internacionalista más destacado por su coherencia, su permanencia, por incorporarlo como parte de su identidad y por enseñarnos que el internacionalismo puede ser una fuente de poder político y moral, incluso para un país pequeño, bloqueado, y sin apenas recursos naturales. Su poder no proviene de su riqueza en recursos naturales, de ser una potencia nuclear, o de su influencia económica sino de su sentido revolucionario, sus brigadas médicas, su apoyo a movimientos de liberación, su cooperación Sur‑Sur, su prestigio moral. Han convertido su solidaridad estructural en fuerza política y su proyecto socialista en un instrumento de resistencia, lo que le da valor simbólico que EE.UU, con Marcos Rubio al frente, no puede soportar, escalando un bloqueo que tiene tintes genocidas.

El multilateralismo puede convivir con el imperialismo, el internacionalismo, claramente no.

Pero entre el multilateralismo y el internacionalismo, hay otros escenarios, como la reforma del multilateralismo o la multipolaridad. Hay quienes se declaran internacionalistas, pero no lo proponen, abogan por una reforma del multilateralismo argumentando que la distancia para llegar al Internacionalismo desde la actual situación es tan grande que, hoy por hoy, debemos empezar por reformar lo que hay. ¿Va aceptar EE.UU. una ONU vinculante sin derecho de veto? ¿Van a aceptar el desmantelamiento del Consejo de Seguridad en pos de un nuevo órgano de seguridad colectiva? ¿Esto no está también lejos? No sabemos exactamente en qué consiste eso de reformar las instituciones multilaterales, pero no parece que vaya a servir para resolver los problemas estructurales que tenemos.

Otro escenario que ya es una realidad incipiente es la multipolaridad. Un escenario geopolítico que despierta esperanzas, especialmente en el Sur global, a través de los BRICS+, pero que todavía está lejos del internacionalismo.

El proyecto de los BRICS+ todavía no es universalista, se queda en relaciones intergubernamentales, no es anticapitalista, ni apuesta por una integración supranacional por temor a comprometer su soberanía. Son estados muy heterogéneos que no comparten ideología, tan solo intereses comunes; que no quieren ceder soberanía; que buscan reformar el sistema, no sustituirlo; pero que trabajan en:

  • alternativas al FMI y Banco Mundial (BRICS Bank sin condicionalidad)
  • comercio sin dólar (monedas locales)
  • infraestructura sin condicionalidad neoliberal alternativas al SWIFT
  • cooperación energética
  • transferencia tecnológica (tecnología agraria Brasil-África)
  • fortalecimiento de la soberanía
  • reducción de la dependencia occidental (vacunas India-África)

Aspectos todos ellos que debilitan el poder hegemónico y que, por tanto, aunque la multipolaridad no es internacionalismo, sin embargo, crea condiciones para que el internacionalismo pueda desarrollarse. Pero viendo el escenario actual, si los BRICS+ no hacen una apuesta hacia el internacionalismo, la multipolaridad puede desembocar en una nueva confrontación de bloques 2.0.

5.- UNA TAREA INGENTE POR DELANTE: IDEOLOGÍA, ESPIRITUALIDAD, MILITANCIA, RESISTENCIA Y SENTIDO REVOLUCIONARIO

El internacionalismo tiene distintas funciones, unas transformadoras, que plantean un sistema para la humanidad alternativo al existente; otras, de protección de quienes resisten; y otras de carácter constituyente, poniendo en marcha nuevas institucionalidades y haciendo posible nuevas experiencias de lucha.

La tarea es ingente porque el daño que provoca el imperialismo también lo es: deforma identidades construyendo enemigos, rompe lazos convivenciales, desestabiliza institucionalidades, sanciona y aisla, golpea militarmente y acaba haciendo negocio con la reconstrucción. Todo un ciclo de destrucción y saqueo del que hemos hablado otras veces y que nos sitúa ante la necesidad de un internacionalismo que revierta ese proceso y lo haga fortaleciendo identidades abiertas, generando proyectos colectivos que superen las fronteras nacionales, poniendo en marcha nuevas institucionalidades donde las personas son el centro, y construyendo un nuevo orden internacional que pivota sobre la solidaridad estructural.

Necesitamos nuevas estructuras económicas, nuevos ordenamientos políticos, un nuevo orden jurídico, una nueva lectura de la seguridad humana, de la estrategia de defensa basada en la defensa popular en el plano interno y en la defensa mutua en el externo… y al mismo tiempo, arropar y defender a quienes resisten.

Dentro de la agresión que sufrimos hay una dimensión cognitiva-cultural, una agresión callada pero donde nos la jugamos porque horada los cimientos desde los que construir la propuesta internacionalista. Hoy es imperativo articular ideología, espiritualidad, militancia, resistencia y sentido revolucionario. Lo es no sólo porque puede desactivar las propuestas alternativas, sino porque también las puede reconducir; no olvidemos que se puede ser anticapitalista y no ser internacionalista.

A través de los medios de comunicación, del sistema educativo, de las redes sociales, de la conformación de creencias, de los modelos de éxito, de las artes, de la implantación de las modas y de las formas de vida, van modelando nuestra memoria, entendimiento y voluntad que decían los clásicos. Y en ese proceso acabamos dando nuestro consentimiento a situaciones y mecanismos generadores y multiplicadores de sufrimiento.

Tan solo apunto algunos rasgos muy básicos de cada uno de esos cinco elementos para ayudar a recordar su importancia:

La ideología convierte la resistencia en política y en conciencia. Sin ideología, la resistencia es instintiva y necesitamos que sea histórica, que nos permita comprender el mundo en que vivimos, identificar al adversario estructural y no solo al inmediato, que explique por qué resistimos y no solo contra qué, que nos dé un marco con el que conectar luchas, que nos permita pasar de la denuncia a un proyecto.

La espiritualidad es la raíz interior de la acción, aporta sentido, ética, horizonte, humanidad a nuestras luchas. Esa espiritualidad hace que la resistencia no se alimente del enemigo, sino del sentido. Nos ayuda a situar el enemigo en la dominación, no en los pueblos. Sostiene los vínculos humanos entre tanto caos, reafirmando la necesidad de una visión de la humanidad no imperial, de la puesta en práctica de una ética de la solidaridad estructural y del reconocimiento del otro como igual en dignidad.

Necesitamos una militancia para concretar y convertir en experiencia lo que la ideología y la espiritualidad nos requieren en cada momento histórico. La militancia aporta organización, acción colectiva, resistencia sostenida, coherencia, transformación. Una militancia que transforma no solo la sociedad, también a las personas y que cuando se asume, se acaba convirtiendo en un estilo de vida.

Las resistencias necesitan no sólo armas para frenar al agresor, protestas para visibilizar la injusticia, discursos para extender principios, un sostén material básico para poder continuar… cosas que son muy importantes. También necesitan:

  • ideología crítica para comprender el mundo en claves estructurales,
  • espiritualidad profundamente humana para sostener la dignidad,
  • militancia organizada para transformar la realidad,
  • internacionalismo de los pueblos para articular esas resistencias

La emancipación hoy ha de ser económica y política; integral y comunitaria; estatal – popular e internacionalista.

Estamos en una fase de resistencia, pero se trata de resistir transformando, es decir, alimentando el sentido revolucionario del internacionalismo real (Cuba, Vietnam, Argelia, Tanzania, Nicaragua, Venezuela…) que:

  • rompe la lógica del capital global
  • desafía el imperialismo
  • redistribuye poder
  • crea soberanía con base popular
  • asume costes por otros pueblos
  • transforma la escala de las luchas
  • aunque nace en territorios concretos, asume causas globales

Hoy todo eso exige un nuevo orden internacional y una reorganización de la vida social, económica y política:

  • desmercantilizando lo esencial (salud, educación, cuidados, energía)
  • descolonizando la subjetividad (romper el individualismo, la alienación y el nihilismo) reconstruyendo un sentido de comunidad
  • articulando un concepto de Estado que rompe con el estado burgués-capitalista y que comparte poder con un pueblo al que no ha colaborado en extirpar su conciencia política
  • sosteniendo un internacionalismo real

Articular todo esto es fundamental y seguramente ha sido una parte importante que ha tenido que abordar todo proceso revolucionario, sobre todo cuando se llega al poder, porque entonces hay que optar; y no todo es blanco o negro, llegan las limitaciones, la táctica y la estrategia, la gestión del tiempo… y hay que abordar muchas tensiones:

  1. Tu gente vs capital global
  2. Pueblo vs élites internas
  3. Soberanía vs interdependencia
  4. Radicalidad vs gobernabilidad
  5. Pluralidad vs uniformidad
  6. Ética vs realpolitik
  7. Mística vs rutina y desgaste
  8. Internacionalismo vs interés nacional
  9. Cooperación Sur–Sur vs bloques geopolíticos

Estas tensiones no destruyen la revolución, pero en buena medida la definen desde la práctica.

6.- LA SOCIEDAD CIVIL ORGANIZADA COMO CONSTRUCTORA DEL INTERNACIONALISMO

A diferencia del globalismo (cuyo sujeto es el capital transnacional) y del imperialismo (cuyo sujeto es la potencia dominante), el internacionalismo tiene dos sujetos políticos macro que lo convierten en una realidad plural, no homogénea:

  • Los Estados, especialmente en algunos países del Sur global
  • Los pueblos y movimientos transnacionales, en clave poscolonial o socialista.

Sin el papel de estos últimos la mayoría de los procesos revolucionarios no hubieran tenido recorrido y, además, son la realidad social directa, y, por tanto, también fuente de una sensibilidad que la institucionalidad no llega a captar en toda su dimensión: la importancia de los cuidados, la igualdad de la mujer, el cuidado de la casa común, la discriminación hacia el migrante…

No se trata de hacer una línea divisoria entre la participación en la vida institucional y la no institucional porque eso no se puede hacer en realidades como Hezbolá o el Frente Polisario o los hutíes que gobiernan en el norte y oeste de Yemen, aunque no son reconocidos por la ONU. Ni tampoco hay una continuidad temporal, como en Siria que de estado del Eje de la Resistencia pasa a pequeños grupos de resistencia. Se trata de poner en valor la respuesta de los pueblos dentro de las categorías de análisis que la geopolítica sensacionalista deja de lado.

Son los pueblos los que cargan sobre sus espaldas y su memoria el castigo que el imperialismo ha impuesto sobre sus países durante demasiado tiempo. El bloqueo, las sanciones, el apartheid, el genocidio, la violencia militar, las estructuras coloniales nos recuerdan al pueblo cubano, al palestino, el yemení, al sirio, a los pueblos de Mali, Burkina y Níger, al libanés, al congoleño, al sudanés…

Son pueblos muy capaces para salir adelante por sí mismos, pero se cercenan sus derechos, recursos y su capacidad de autoorganización. Y se da algo en apariencia contradictorio: precisamente esos pueblos, sumidos en condiciones durísimas y precarias, son fuente de esperanza y abren lazos con otras causas y pueblos que el poder institucional no es capaz de establecer.

Y son fuente de esperanza probada, de esa que ha traspasado el ámbito individual para convertirse en una decisión colectiva de actuar con dignidad en medio de la injusticia que padecen. Es una esperanza que no solo es emotiva, es práctica y fuerza histórica; no espera, hace y resiste; no es optimismo, es lucidez organizada; no es certeza, es apuesta cargada de sentido.

En el fondo su esperanza nos cuestiona, nos golpea en ese sentido común que los talleres de chapa y pintura de la conciencia han ido forjando poco a poco, y nos golpea hasta movilizarnos y adherirnos a su causa. Su esperanza les permite resistir, crear, cuidar, seguir caminando, tercamente agarrados a la vida, incluso cuando el horizonte se tiñe de genocidio. Su esperanza es, en última instancia, la forma más profunda de la libertad, aun cuando se vive en una cárcel al aire libre; es apuesta porque la transformación es posible; es resistencia frente al destino impuesto; es iniciar lo que aún no existe; es creer que la victoria llegará.

Decíamos que el internacionalismo era reciprocidad ¿cómo podemos devolver como sociedad esta aportación que nos hacen estos pueblos?, ¿con envío de mantas y medicinas o se nos pide algo más?, ¿cómo no hacer nuestra su causa en la medida de nuestras posibilidades?

Finalmente, y mirando a nuestra sociedad en relación al internacionalismo, hay muchos retos que abordar. Empiezo por el de no valorar lo pequeño, hacer del internacionalismo algo tan grande que es inabarcable y que han de resolver los que están en el poder; eso es aceptar la impotencia y menospreciar el trabajo de quienes desde abajo dan pasos con denuncias estructurales, campañas de boicot, tribunales populares, construcción y difusión de un pensamiento crítico antiimperialista e internacionalista, y hasta la organización y asistencia a manifestaciones que Alemania en 2023, en 10 días, supusieron 600 detenciones por denunciar públicamente la acción genocida del gobierno israelí, o que en Reino Unido desde 2023, y por la misma causa, se acercan ya a las 4000 detenciones verificadas.

Crece la diversidad de sujetos políticos: el feminismo, el ecologismo, el llamado bloque sindical combativo, movimientos panafricanistas, iniciativas antimperialistas… Cada uno tiene su propia agenda, y todos chocan de una u otra manera con las estructuras de dominación global, pero ¿cómo hacerlos converger?, ¿qué claves pueden ser aglutinadoras, más allá de que la guerra traspase nuestras fronteras?, ¿cómo avanzar del antiimperialismo al internacionalismo?

Con una “izquierda” como la que tenemos, fragmentada, sin discurso internacionalista, volcada hacia el ámbito institucional, formando parte de la OTAN y de la UE ¿Quiénes son los compañeros y compañeras de camino?


  1. ANEXO SOBRE TERMINOLOGÍA

    GLOBALISMO

    El imperialismo es la estructura histórica de dominación; el globalismo es su versión neoliberal, financiera y tecnificada. El globalismo no sustituye al imperialismo: lo moderniza y lo hace más eficiente. Su punta de lanza ya no pasa por la implantación de colonias, ni de ocupaciones militares, pero no elimina en ningún caso el imperialismo, mantiene las jerarquías globales, desigualdad estructural, el control cultural, la dependencia financiera, el poder militar como respaldo…

    SOLIDARIDAD

    La propuesta de solidaridad que se nos hace, especialmente durante la fase neoliberal, reproduce jerarquías, mantiene dependencias, lava la imagen del Estado, refuerza la “buena conciencia” individual de forma que los grandes “filántropos” de nuestro tiempo son los que mayores fortunas amasan, y no enfrenta las causas estructurales del sufrimiento y la desigualdad.

    Ha habido diversos enfoques que vienen reiterando la necesidad de distinguir solidaridad de asistencialismo. Gente como Jon Sobrino planteaba hace ya un largo tiempo 3 pasos en eso de la solidaridad: cargar con la realidad (no evadirse del sufrimiento ajeno: conciencia antiimperialista); encargarse de la realidad (actuar para aliviar ese sufrimiento hasta que el otro se vale por sí mismo: solidaridad operativa) y hacerse cargo de la realidad (transformar las estructuras que lo provocan: Internacionalismo político).

    El internacionalismo transforma la solidaridad en acción consciente entre iguales basada en la dignidad, no en la ayuda vertical desde quien “tiene” hacia quien “no tiene”, ni en la condescendencia de quien realiza un gesto humanitario. Acción consciente implica: organizada, estratégica, sostenida en el tiempo y orientada hacia objetivos políticos que en último término buscan transformar las relaciones existentes y no solo mitigar el sufrimiento que éstas provocan. La solidaridad pasa de ser un acto moral individual a una acción colectiva que nos habla de unidad política, lucha compartida, compromiso antiimperialista y de una corresponsabilidad histórica que implica reparar, redistribuir y transformar, no solo acompañar. (Internacionalismo es pagar nuestra deuda con la humanidad, una humanidad de la que hemos recibido más de lo que le podamos devolver, y eso implica aceptar que tenemos una responsabilidad hacia el conjunto humano; el internacionalismo asume esa responsabilidad y la afronta como proyecto político 

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